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Hace muchos años,
rondaba yo mis treinta años, regresaba con mi familia
del carnaval de Humahuaca. Un bello y centenario pueblo, arriba
de los cerros “de
siete colores” cerca de las cumbres de las
montañas de Jujuy, a más de tres mil metros
del nivel del mar, ya cerca de la frontera con Bolivia. Es
un lugar muy especial, donde en cada casa, cada rincón,
cada espacio, se respetan con fervor religioso las ancestrales
costumbres de los Incas. Se respira el aire y los olores de
los pueblos ancestrales de la vida precolombina, con sus aromas,
sus comidas, su bebida milenaria, la “chicha”
o la “aloja”,
rubia, de color oro, fabricada con el antiguo proceso de la
fermentación del maíz. Lo mejor, aunque sea
muy rica, es no entusiasmarse con ella, es más agarradora
que el mismo diablo de la comparsa.
Habíamos estado allí por qué quise que
mi familia conociera el carnaval Cuzqueño, un espectáculo
inolvidable de nuestros pueblos originarios, que en alguna
medida, los nacidos en estas latitudes, transportamos sus
genes.
Ésta se prolonga por varios días hasta su entierro,
momentos donde se escucha el lamento y los pedidos de las
chayera, donde todo el mundo se divierte con sus trajes típicos,
en un total respeto.
Vi a mi bella mujer, en ése entonces tenía veintiocho
años, bailar entre las mujeres y los hombres disfrazados
de guerreros incas, contagiada de la ceremonia y la alegría
del baile, cubierta de harina y un ramo de albahaca en la
mano.
Allí conocí "la
noche de las antorchas”, ceremonia maravillosa,
antes de desenterrar y homenajear a nuestra Madre Tierra,
la Pacha Mama. Se me terminaban las vacaciones, así
que decidí partir después de ver el formidable
espectáculo de cientos de aborígenes descendiendo
de las cumbres de las sierras altas, en una caminata que se
prolonga casi toda la noche, hasta el amanecer, por los seguros
senderos de las cabras, con las antorchas encendidas, hasta
el pueblo, llevando cada uno una ofrenda a su Madre Tierra.
Y luego, partimos.
Tenía un buen auto, casi nuevo, con buena luz. Cuando
joven, me gustaba viajar de noche, tenía muy buena
vista y buenos reflejos. En los caminos de las montañas,
en cada curva, y son muchas, se divisan perfectamente las
luces de los autos que avanzan de frente, en la total noche
negra de los tortuosos caminos. En la noche oscura y fría,
aun en verano, la temperatura baja mucho en la noche en las
montañas, ya en marcha por el camino de piedra dinamitada
y triturada, (en la actualidad, este mismo camino es una autopista
maravillosa) veo a alguien que me hace señas para detenerme.
Momento riesgoso por el lugar, pero decido detenerme. Era
un hombre preocupado, comprovinciano él, y vivía
cerca de casa, que se le detuvo el auto con toda su familia
y varios niños pequeños. Conozco del asunto
y utilizando algún material que llevaba para auxilio,
en la profunda negrura de la noche, ayudado por un par de
linternas, consigo repararle el auto en menos de una hora.
Muy agradecido, me preguntó que le debía, a
lo que le respondí que me daría por bien pagado
si hacía lo mismo que yo hice por él con alguien
que lo necesitara. Estrechó mi mano con fuerza para
despedirse y decía "gracias
amigo”, y me alcanzaba una tarjeta suya,”para
lo que necesite” me dijo, a la que retribuí
con una mía. Una niña pequeña que estaba
a su lado, se acercó espontáneamente se agarró
de mi mano, ya melosa por un enorme chupetín de caramelo,
e inmediatamente la alcé. Me estampó un dulce
beso de caramelo en la mejilla, diciéndome, con el
arrojo de la más pura inocencia “quiero
ser tu amiga", mientras depositaba con torpeza
angelical su chupetín en mi boca.
"Cómo te llamas?", preguntó. "Manuel
Francisco”, respondí "yo también
quiero ser tu amigo", mientras le besaba su carita piel
de durazno con un rizo color miel pegado con caramelo.”OOOH,
te llamas igual que yo, yo me llamo Francisca". Ella
fue mi pura y primera amiga del corazón, y perdurará
siempre en mi memoria, hasta mi último atardecer.
Mi hija adoptiva (me dice papá, con la sonrisa cómplice
de su padre) ya que afirma a los cuatro vientos que yo soy
su segundo papá, se casó hace algunos cuantos
años, y ya tiene tres hermosos retoños. El último
de ellos, se llama Manuel Francisco, como su abuelo, su padre,
y yo. Somos todos muy amigos con mis hijos desde hace más
de 30 años. Francisco es médico cirujano especialista
en corazón, él formó parte del equipo
que me operó del corazón hace tres años.
Esperó hasta operarme y luego se acogió a la
jubilación.
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