Llegabas a mi asombro
con aires infantiles
y rebasaste noches y me bañaste en luces
y tu hermosura alada se alzaba sobre cruces,
cada ardiente palabra cegaba mil fusiles.
Invisible alimento que tapizaba abriles,
tesoro en abundancia que mis horas conduces;
entre el placer y el canto el dolor lo reduces.
Hoy bebo en tu milagro de lenguajes sutiles.
Entre sendas de espinas y paisajes que asombran,
levantas tus castillos en soledad umbría;
ya gozosa, o serena, los confines te nombran.
Te descubrí en silencio, cual flor que se perdía;
se acuestan a mi lado imágenes que alfombran
las eternas auroras despiertas… ¡POESÍA!
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