Como le
contaba, antes de leer este documento - denuncia de Julia,
abandoné su casa con una rabia contenida a punto de
salir y provocar un desenlace fatídico. No sabía
adónde ir, me puse a caminar y llegué al casco
viejo, sin darme cuenta estaba en las puertas de la catedral,
entré y miré desafiante la figura de Jesús
en la Cruz. Le pregunté qué quería de
mí ¿Por qué tanto castigo con quién
era inocente? Las lágrimas caían de mis ojos
como torrentes, al igual que estos se forman ante un aluvión
de agua por una tormenta no esperada.
Un sacerdote se me acercó y me pidió que me
sosegara, me invitó a confesarme y así mi alma
se limpiaría y me iría feliz y tranquilo de
la casa de Dios. Lo miré y le dije que no había
lugar para el perdón para quien ningún delito
había cometido.
—Mis pecados son heredados, padre.
—Hijo mío, Dios lo ve todo y en su infinito amor
está su perdón.
—Yo no busco su perdón, sino su luz para mi venganza,
su fortaleza para mi brazo.
—Pero eso que pides, Dios no lo puede hacer.
—Entonces buscaré mi camino por otra senda.
Me marché dejándolo pensativo y,...
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