Primer
capítulo de ...
"El guardián de mi corazón"
|
Ian mantenía su concentración
en el combate, pero era por completo consciente de un enorme
par de ojos que lo observaban. Unos hermosos ojos pardos,
bordeados de largas y espesas pestañas. Los sentía
clavados en su nuca; podía percibir con claridad la
fuerza y el calor de aquella mirada posada sobre él.
Sabía que ella estaba allí, escondida detrás
del cobertizo. Tal como ocurría cada mañana,
cuando él entrenaba, ella se había escondido
en ese lugar para observarlo.
|
 |
|
Una sonrisa pugnó por dibujársele en los labios
cuando dejó que su mente vagara por la dueña
de aquellos ojos… Kate, la pequeña Katherine;
esa diablilla que era tan revoltosa como hermosa.
Katherine se había convertido en su sombra casi desde
que ella había aprendido a caminar, y lo había
hecho bastante rápido además. Cualquier intento
de privacidad se veía truncado con aquella muchachita
y, en más de una ocasión, él y Cameron
habían tenido que hacer acopio de toda su paciencia
para no echar a empujones a la pequeña entrometida.
Cuando eran niños de once o doce años y Kate
solo tenía dos o tres, claro que les molestaba ser
perseguidos por una bebé que insistía en querer
participar de los mismos juegos que ellos; pero ni hablar
de lo fastidiosa que se había tornado aquella situación,
cuando ellos se habían convertido en muchachitos de
dieciséis o diecisiete años. Ellos habían
tenido que hacer toda clase de trucos para escapar, sin ser
vistos por Katherine, para ir en busca de diversión
en los brazos de alguna aldeana bien dispuesta.
Los años habían pasado; Cameron e Ian se habían
convertido en hombres, y la molesta muchachita se había
transformado en una bonita mujer de dieciocho años.
Los hábitos no habían cambiado y allí
estaba ella, a unos cuantos metros de él, observándolo,
tal como siempre había hecho.
Al parecer, las cosas no cambian, pensó Ian. Aunque
de inmediato se preguntó si esa afirmación era
completamente cierta, puesto que presentía que en el
último tiempo algo había cambiado, pero en él…
La presencia de Katherine lo perturbaba, tal vez más
que antes todavía porque, de alguna manera, ahora se
sentía increíblemente feliz de saber que ella
estaba cerca para mirarlo a él; pero al mismo tiempo,
ese sentimiento lo inquietaba.
—¡Maldición! —masculló Ian,
al sentir la hoja de Cam demasiado cerca de su oreja. El incidente
lo obligó a apartar sus pensamientos de un plumazo.
—Estás muy distraído, Ian. Será
mejor que por hoy dejemos el entrenamiento; no quiero ser
el responsable de que pierdas un pedazo, querido amigo —dijo
Cameron. Bajó la espada con cautela hasta clavar la
punta en el suelo, para luego apoyarse, con despreocupación,
en la empuñadura de hierro labrado con intrincados
diseños.
—Creo que estás en lo cierto, hoy, eh…
—prefirió no dar más explicaciones—.
Vamos por un buen desayuno, ¿quieres? —sugirió
con intenciones de que su amigo no indagara en las razones
de su estado de ánimo.
—Vamos —asintió Cameron, aunque de inmediato
añadió—: mientras damos cuenta a unos
huevos revueltos con tocino y abundantes panecillos, podrás
decirme qué es lo que tanto te preocupa.
—No me sucede nada —mintió Ian. Carraspeó
antes de soltar la primera excusa que cruzó por su
mente—: Tal vez se deba a que me siento cansado —al
decir aquello, miró distraídamente hacia otro
lado. Podría haberse dado golpes contra la pared. Su
amigo, que muy bien lo conocía, jamás creería
semejante bobada.
Tal como Ian imaginaba que sucedería, Cameron soltó
una estruendosa carcajada.
—¿Cansado tú? —preguntó con
tono irónico, mientras lo observaba con una ceja enarcada—.
¡No, hombre! —negó con la cabeza—.
Deberías haber buscado una excusa mejor si tenías
pensado evadirme. Ahora solo has logrado despertar más
mi curiosidad. |
|
|
—¡Demonios!
—gruñó Ian entre dientes, mientras se
encaminaba a paso vivo hacia el castillo.
Ian había elegido muy mal las palabras, solo que se
había percatado demasiado tarde. Él jamás
se había quejado de estar cansado, ni aún, cuando
lo había estado. Tenía una fuerza de voluntad
y un espíritu tan aguerrido y orgulloso, que le impedían
mostrar alguna debilidad; ni siquiera algo tan humano como
el cansancio físico después de horas de trabajo,
y eso, Cam lo conocía de sobra.
Otra carcajada, más estruendosa que la anterior, resonó
a sus espaldas. Ian no se giró, y eso alentó
más a su amigo, quien se moría de ganas de saber
qué era lo que le sucedía.
Cam, sin dejar de reír, corrió hasta acercarse
a su lado y le pasó un brazo sobre los hombros. Ian
se sacudió para sacárselo de encima, y le echó
una mirada furiosa.
|
—¡Uy!
¡Esto debe ser muy, pero muy bueno! ¿Algún
lío de faldas, tal vez? —arriesgó—.
¿Alguien que yo conozca? —intentó ahora.
—¡Ya, Cam! Déjalo de una buena vez —masculló—.
No voy a decirte nada —declaró Ian con decisión;
luego añadió en un murmullo—: Si ni siquiera
yo sé qué demonios es lo que me sucede.
Ante esas palabras, Cameron solo pudo sorprenderse. Notó
que Ian, de verdad, parecía bastante desconcertado;
entonces decidió ya no molestarlo. O por lo menos durante
un rato, pensó.
No obstante, Cameron se dijo que se dedicaría a observar
a su amigo. Suponía que si Ian bajaba la guardia, en
algún momento dejaría ver qué era lo
que tanto lo intranquilizaba. Por lo pronto lo dejaría
refrescarse, y él iría a hacer lo mismo. |
—Está bien, Ian. Si no quieres hablar —se
alzó de hombros—, no hables. Iré a cambiarme
de ropa —anunció. Se había alejado unos
pasos, se volvió hacia su compañero, y agregó—:
No hace falta que te diga que si quieres hablar, aquí
estoy.
Ian asintió con la cabeza, entonces Cameron lo dejó
en el patio, y se encaminó hacia la entrada de la enorme
fortaleza de piedra gris.
Una vez que estuvo solo, Mc Dubh se lavó bruscamente
las manos y el rostro en el pozo que estaba en el patio.
Quería dejar de pensar.
Introdujo la cabeza en el agua fría; deseaba que aquello
lo despejara.
Quizás debería enfriar otras partes, pensó.
¡Idiota, idiota, y mil veces idiota! Se recriminó
a sí mismo, mientras contenía la respiración
bajo el agua.
Tengo que dejar de pensar en ella. ¿Será que
estoy enloqueciendo? Levantó la cabeza para tomar otra
bocanada de aire, y luego la volvió a hundir en el
agua. ¡Maldito estúpido!
Ian sabía que estaba sintiendo cosas por Kate. Hacía
ya un tiempo que había dejado de verla como a una niña.
Esa mujercita le erizaba la piel tan solo al estar cerca de
él, ¡y qué decir de ciertas partes de
su anatomía que con solo pensar en aquel cuerpo voluptuoso
cambiaban de tamaño dolorosamente!
¡Será mejor que vaya a descargarme con alguna
mujer, o explotaré! refunfuñó mentalmente;
pero antes de terminar de elaborar esa idea, la descartó
de plano. Ya lo había intentado varias veces en los
últimos meses, y siempre con el mismo resultado frustrante.
Sí, claro que lograba encontrar alivio a su cuerpo
desesperado, pero eso no hacía más que acrecentar
su deseo insatisfecho por ella.
Ian empezaba a odiarse a sí mismo por tener la osadía
de profesar sentimientos de toda naturaleza hacia Kate. Era
dolorosamente consciente de que haber vivido gran parte de
su vida en el castillo, haber sido acogido por los McInnes
y haber sido criado como un hijo más, no cambiaba sus
orígenes humildes. Él seguía siendo lo
que era al momento de su nacimiento; un plebeyo.
Sentía que él no era digno, siquiera, de tocar
el dobladillo de la falda de Kate, porque de ninguna manera
estaba a la altura de la hija del laird. Comprendía,
más que bien, que ella estaba destinada a casarse con
algún hombre poderoso y con fortuna, y él no
tenía absolutamente nada para ofrecerle.
Amor. Claro que podía ofrecerle amor, tan solo si él
fuese alguien de su mismo nivel. Pero por respeto a la familia
que lo había protegido, y por respeto y cariño
a ella… un cariño demasiado profundo, en realidad;
Ian jamás sería capaz de condenar a Kate a atarse
al simple hijo de un carpintero cuando ella podía tener
a un gran señor; a un laird, que le ofreciese todo
cuanto él no le podía dar.
—¿Acaso piensas ahogarte? —susurró,
divertida, una dulce voz femenina a su lado.
|
 |
Ian, no sin sentirse avergonzado, sacó la cabeza
del pozo, y echó su cabello hacia atrás. Ese
movimiento envió una cortina de agua helada a su
espalda que le provocó una sucesión de escalofríos
a través de la espina. Entrecerró los ojos
un instante, mientras se reprochaba mentalmente que justo
fuera ella quien lo encontrara en tales condiciones; como
un completo idiota.
|
—Solo estaba lavándome un poco —intentó
justificarse—. Cameron y yo estuvimos entrenando y,
bueno, me había sudado y… —se alzó
de hombros, y volvió a reprocharse. ¿Desde cuándo
él daba tantas explicaciones?
Ian emitió un gruñido de frustración
y ella, preocupada, de inmediato alzó una ceja.
—¿Ian, te sientes mal? —le preguntó.
Avanzó los pocos pasos que la separaban de él,
y acercó su mano a la frente masculina para tocar la
piel aún húmeda—. ¿No tendrás
fiebre, verdad?
Ian bufó.
No sé si tengo fiebre o no, ¡pero maldición
que estoy ardiendo! pensó ofuscado, y se apartó
de ella sin más; no sin antes percibir aquella corriente
que los había atravesado a ambos cuando habían
estado en contacto.
—Estoy bien —su voz sonó más brusca
de lo que él hubiese querido, pero en ese momento nada
parecía funcionar de la manera deseada; ni su cerebro,
ni su anatomía.
—Lo siento. No quería molestarte, Ian —se
disculpó ella, con voz herida, y bajó la mirada
hacia el suelo polvoriento.
Ian se arrepintió al instante de haberle hablado a
Kate con brusquedad. Él siempre había intentado
hablarle a ella con suavidad, aún en esos momentos
en los cuales hubiese deseado ahorcar a la muy entrometida.
Podía recordar varias de aquellas situaciones embarazosas,
por ejemplo, cuando hacía aproximadamente cuatro años
atrás, Kate lo había seguido hasta el bosque.
Él estaba muy meloso con una de las muchachas de la
cocina, cuando ella apareció.
Ian de inmediato se había dado cuenta de que Katherine
había llegado, aunque ella no había hecho ningún
ruido, o tal vez sí, pero Ian no lo registraba en sus
recuerdos. Lo que Ian recordaba, era el percibir con claridad
la presencia de la muchacha. Había sentido la fuerza
de su mirada parda posada en su espalda y, con eso, una sensación
extraña… ¡Qué lo tildaran de loco!,
pero Ian podía jurar que ese día había
sido capaz de sentir en su alma, el dolor de Kate.
Ian se había apartado de su casi ocasional amante,
ya que no había sido capaz de acabar lo que había
iniciado y, después de ayudar a la muchacha a acomodarse
las ropas, le había pedido que regresara al castillo.
Él había permanecido en el lugar, recostado
contra un serbal y con los ojos cerrados; se encontraba apabullado
por las cosas nuevas que había empezado a sentir por
Katherine, y por la extraordinaria conexión que su
alma tenía con la de ella.
Su sexto sentido no debía sorprenderle en realidad,
puesto que le había sido legado el don de la percepción
gracias a su herencia celta… tal como lo poseyeran los
antiguos druidas. Y si bien Mc Dubh no era un hombre que practicara
la magia, el don estaba presente en su esencia, y se había
manifestado ante él en diferentes situaciones a lo
largo de su vida, como en esa situación en particular…
|
Ian había
podido imaginar a Kate, tal como si en realidad ella hubiese
estado frente a sus ojos. En su mente la vio escondida detrás
de unos arbustos tupidos, con el rostro cubierto de lágrimas
y su cuerpo agitándose por el llanto, mientras ella
hacía un esfuerzo descomunal por no ser oída.
Había sido tal la conexión que sus almas experimentaron,
que él mismo había derramado algunas lágrimas
también.
—¡Soy un bruto! Lo siento. Pero de verdad Kate,
no me sucede nada —dijo, ahora más tranquilo,
una vez que había apartado aquellos recuerdos de su
mente.
Al oír sus palabras, Kate pareció recuperar
un poco la alegría, al menos, había levantado
la cabeza y lo miraba con esos enormes ojos de color extraño:
una mezcla de marrones con algo de verde y una pizquita de
gris. Ojos que a él, últimamente, lo atormentaban
demasiado; durante el día en sus pensamientos, y durante
la noche en cada uno de sus sueños. |
|
—Iré a las cocinas a tomar un desayuno, ¿vienes
conmigo? —Le preguntó él para cambiar
de tema, y a sabiendas de que debería procurar alejarse
de ella, pero siendo totalmente consciente de que eso a él,
le resultaba cada vez más difícil.
—¡Claro! —exclamó Kate, ilusionada—.
Aunque... —le dedicó una mirada significativa
a su camisa húmeda y le sonrió con dulzura—:
Creo que primero deberías cambiarte, porque te has
hecho un lío en esa ropa, y podrías enfermar.
Ian también se echó un rápido vistazo,
y comprobó que tenía un aspecto horroroso. Estaba
mojado, sucio, sudado, y sospechaba que con el cabello bastante
revuelto.
A pesar de su aspecto, a Kate le pareció que Ian se
veía increíblemente apuesto.
—¡Demonios, estoy hecho un asco! —exclamó,
e hizo un gesto de disgusto—. Iré a ponerme más
presentable. Lamento no poder escoltarte hasta el castillo
en estas condiciones, pero ¿me esperarás en
las cocinas?
—Sí —fue la única respuesta de ella,
cuando en realidad, hubiese deseado decirle que aún
con esas fachas, él era el hombre más guapo
que pisaba esas tierras. El corazón bombeaba como loco
dentro de su pecho al contemplarlo.
Ian asintió con la cabeza, y se alejó hacia
la parte trasera del castillo.
Kate permaneció en el patio. Tomó asiento en
el borde del pozo de agua, y se permitió observar la
imponente figura masculina hasta que desapareció de
su vista, aunque de su mente, él jamás se alejaba…
|
|
| Obra
con derechos de Autor original de Karina Costa Ferreyra (Brianna
Callum)
Hecho el depósito que marca la ley en la Dirección
Nacional de Derechos de Autor.
Queda Prohibida y será penada legalmente, toda copia,
reproducción y/o distribución total o parcial,
literal o imitativa, de esta obra.
|
|
|
|
|
|