Prólogo
de ...
"El guardián de mi corazón"
Highlands - Escocia
Año de Nuestro Señor de 1616 |
Los
primeros rayos del sol de la mañana se refractaban
sobre la hoja afilada de la espada de Ian Mc Dubh, lanzando
cegadores destellos de plata. Los músculos de sus poderosos
brazos se contraían con cada movimiento de embestida
y defensa, y se realzaban así sus formas y contornos,
cada vez que las armas chocaban entre sí. |
A pesar de la brisa fresca, el duro ejercicio físico
había cubierto de sudor la dorada piel del guerrero,
haciéndolo ver como una escultura viviente de bronce…
Una muy bella escultura, con su rústica camisa húmeda
adherida a su torso y su plaid[1]ondeando por el viento alrededor
de sus fuertes muslos, lo cual contribuía a resaltar
la magnificencia de sus piernas.
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Aquella contienda no era una batalla a muerte, pero sí
un duro ejercicio de entrenamiento. Ni Ian, ni Cameron McInnes,
su contrincante y mejor amigo, daban un segundo de tregua.
Ambos lanzaban estocadas rápidas y certeras, no con
la intención de herir al otro, pero sí, de
mantener una lucha casi real.
Los dos amigos disfrutaban al máximo de aquellos
enfrentamientos a los cuales se habían aficionado
desde que tenían poco más de cinco años.
Habían comenzado con rústicas espadas de madera
que John Mc Dubh, el antiguo carpintero de la aldea y padre
de Ian, les había tallado a los niños. Con
el correr de los años, las espadas habían
ido cambiando de tamaño y de material, hasta llegar
a ser las que ahora portaban los guerreros; poderosas Claymore.
Espadas de un metro cuarenta de largo y poco más
de kilo y medio de peso. Armas que solo espadachines experimentados
y con un arduo adiestramiento en su haber, tal como lo eran
Ian y Cam, eran capaces de portar y maniobrar a la perfección.
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Gracias al incansable entrenamiento al cual los amigos
se habían sometido cada día de sus vidas en
los últimos veintidós años, habían
obtenido sus cuerpos musculosos y esculpidos. Cuerpos que
eran dignos de ser contemplados. De porte similar, con alturas
que en ambos casos superaban el metro noventa; de torsos
amplios y brazos fuertes y bien torneados. Con sus cabellos
sueltos ondeando al viento; los de Cameron, de un dorado
perfecto herencia de su ascendencia vikinga; los de Ian,
de un color castaño oscuro que destellaba cobrizo
al recibir la luz del sol.
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Los hombres se plantaban
con firmeza en el campo de batalla, y no vacilaban al momento
de atacar. Sostenían sus espadas con ambas manos, sin
que el pulso les temblara, y posaban la mirada con fijeza
en el oponente. Los ojos pardos de McInnes y los azules de
Mc Dubh, se enfrascaban en un duelo imperturbable; observando
hasta la más mínima reacción del otro…
estudiándose. Caminaban en círculos en un estado
absoluto de alerta; tal como dos tigres esperando la oportunidad
justa de abalanzarse implacables sobre su oponente…
Cualquiera que pasara por la liza en ese momento, podría
jurar que aquellos dos magníficos highlanders estaban
a punto de matarse; sin embargo, ellos jamás serían
capaces de hacerse daño el uno al otro adrede. Claro
que de tanto en tanto resultaban con alguna herida producto
de esos ejercicios, eso era inevitable, pero jamás
era porque esa había sido la intención.
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Ian y Cam eran los mejores amigos; el afecto que sentía
el uno por el otro era tan grande, que bien podrían
haber sido hermanos. Además, Ian era un agradecido
del gran privilegio que le otorgaba Cameron McInnes al ser
su amigo. Cam era el primogénito del Laird, mientras
que él, solo era el hijo de un humilde carpintero;
aún así, el joven heredero siempre lo había
tratado como a un igual.
Cameron había intercedido, hacía ya muchos
años, por su amigo ante su padre, y el laird McInnes
había accedido a sus peticiones. Desde ese entonces,
le había concedido a Ian el permiso para estudiar
y entrenar a la par de su hijo. Más tarde, cuando
el padre de Ian había muerto, y él había
quedado solo en el mundo a la corta edad de catorce años,
sin ninguna otra familia, el laird lo había llevado
a vivir al castillo.
El tiempo había pasado, y ahora Ian y Cameron eran
dos hombres hechos y derechos de veintisiete años.
Eran hombres cultos que podían hablar a la perfección
el inglés y el francés, además del
gaélico escocés. Ambos podían mantener
una conversación relacionada con cualquier tema importante,
como cualquier par de caballeros y, al mismo tiempo, eran
los guerreros más feroces del clan.
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Ian, a causa de la generosidad que tuvieran para con él
el laird McInnes y Cameron, sentía que estaba en
deuda con los señores del castillo, tanto, que nunca
dudaría en dar su vida por ellos, o por cualquier
miembro de la familia. En su juventud había hecho
un juramento de lealtad a McInnes y seguía sosteniéndolo
y honrándolo con firmeza cada día, y así
lo haría hasta el final de sus días.
[1] Plaid: Manta de tartán. Vestimenta típica
de los Highlanders. Consistía en una larga tira de
tela que los hombres usaban alrededor del cuerpo sujetando
el restante sobre el hombro ajustado con un broche. La colocación
del tartán se consideraba un arte, en el que los
pliegues quedaban perfectamente colocados. / El tartán,
es un tejido típico escocés. Los colores de
los tartanes representaba los colores del clan al que pertenecían.
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| Continuar leyendo el primer capítulo
de la novela "El guardián
de mi corazón", original de Brianna Callum |
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