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He suprimido los gritos y los gemidos de los presos políticos,
porque todos debemos aprender a pelear de alguna forma nuestras
guerras; nadie debe pelear las nuestras y solo los idiotas
pelean las guerras de otros. Se me hizo absurdo escuchar testimonios
de soldados que habían sido llevados casi como mercenarios
a Irak, y no sabían ni hacia adonde iban a pelear,
ni porque estaban peleando allí. ¿Será
por eso, que ahora agonizan sin sueños los caminantes?
Escribo con la ilusión de ver algún día
un sueño hecho realidad, aunque no veo a ninguno sobre
la berma de mi camino.
Agonizo descalzo, pisando de piedra
en piedra, citando con el pecho a la cornamenta y a los ojos
de las lanzas; por miedo a perderte, me aferro a los cabellos
de tu recuerdo; así como otros lo hacen al miedo, cuando
escuchan las trompetas de la guerra.
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A
LOS BESOS DE UNA AMANTE (III) |
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¡Me marcho a navegar la tierra! ¡Quizás
vuelva después de conocer la muerte! Detrás
del burladero se esconde el miedo o la capa que nos conducirá
a la suerte de varas y después, hacia la muerte. Eres
un incansable río, una tontilla que no se fatiga de
morir en el mar.
Yo soy aquel: ¡mar y alba! He llenado cuadernos con
adefesios, transcribiendo desvelos y ejercicios e la lengua;
adorada fiera, enamorada y amante de la rosa. ¡Nunca
dejaré de buscar al mar, hasta encontrarlo! He escrito
tantos versos, que ahora pienso que no vale la pena peder
tiempo, pensando o seleccionando los válidos. Todos
los versos son buenos o malos, según el momento. Para
mí, los mejores versos fueron engendrados en los grandes
amores; los otros pueden ser hermosos, pero siempre serán
ligeros.
El miedo no siempre es un buen amigo; ayer me aculillé
y no me fui a conocer la vida de la mano de una de esas mujeres
de mundo, que el silencio de las madres tilda de tener demasiado
mundo o kilometraje. He vivido una vida aburrida e infame.
Nunca recibí una carta para ir a buscarla o nunca supe,
si me las escondieron. Ella quería enseñarme
que la vida es poesía y que los días se pueden
convertir en estrofas. Me encantan los versos claroscuros,
porque intentan restaurar la belleza límpida de los
sentimientos primarios; la metamorfosis depende de los reactivos
o de los acelerantes del tiempo. |
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Hay mujeres guapísimas que nos obligan a pasar por
pruebas de fuego, como los deshumanizados morteros que le
mezclan azul de metileno al azufre, para que aprendamos a
distinguir las precipitaciones que nos pueden conducir al
infierno.
Me burlo de las ínfulas de los narcisos y de las narcisas,
que se corren como toros en las noches de riñas de
gallos, cuando se arrodillan a adorar al dinero. La metamorfosis
embarca en naves de fuego, a nuestros corazones de sandia.
Una coma o un punto aparte, pudo salvar mi vida. |
La palabra madrigal no me suena futurista, pero una carta
de amor, si se puede transformar en una rosa. Se me olvidó
hablar como los enamorados por teléfono y la última
vez que lo hice, sentí vergüenza, porque no pude
evitar el masturbarme, cuando me sentí comunicado con
tu alma, con tu cuerpo, con tu piel. Me siento como un monigote
confundido por la pasión y las formas del amor moderno.
Las imágenes son más directas y menos poéticas;
es como si las piernas no tuvieran que dejarle algo a la imaginación.
Me fascinan los locos versos sinrazón de los tontos
enamorados; esa sutil ingenuidad espiritual con la que se
indispone la cordura lo los ohs y de las ahs, en el canto
de las aleluyas de los dedos y de los besos. Conocí
jovencitas suicidando lo mejor de su juventud, bajo mantos
negros o sin atreverse a regalarle un minuto al amor.
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