"Iai Tom salva a su maestro"
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Xing Pan Zen limpiaba su
vieja bicicleta en el amplio jardín de su casa, en
el campo... por fin comentó a su discípulo:
—Hace un año que se ha marchado. Iai Tom es buen
chico, Mo Nin: discreto, callado, inteligente y muy diestro
con la catana. Nunca servirá a propósitos perversos
y socorrerá a quien esté en peligro y le pida
ayuda. Pero todavía tiene cosas que aprender, no debió
irse de mi lado.
»Tú has salido ganando, Mo Nin, pues tengo por
norma no enseñar a más de un discípulo…
Pero ahora soy yo quien tengo que dedicarme a hacer estos
arreglos.
—Yo te ayudo, maestro: cuido del pequeño huerto
y pinto lo que me mandas. —El anciano samurái
meneó la cabeza y se limitó a decir:
—He terminado. Píntala de negro.
—Sí, maestro, pero ¿cuándo practicamos?
—¡Obedece! Algún día verás
la aplicación de tu trabajo en nuestro arte, y hasta
puede que detectes los insectos sin verlos, cosa que aún
no he logrado.
»Cuando termines, sube a la colina y practica lo que
has aprendido hasta ahora. No regreses hasta que pasen muchos
días.
—Sí, maestro. |
Xing Pan Zen estaba acurrucado bajo la mesa. Era el segundo
día que le pegaban esos indeseables; ahora le tiraban
piedras.
—¿Qué te ocurre, samurái de pacotilla?
¿No sabes defenderte sin tus catanas? —Los monos
rieron a carcajadas.
—Deberíamos venderlas, Mal Va Mon. Por la grande
nos darán mucho dinero, y no poco por la pequeña.
—¡Es cierto, Man Dril! Don los últimos
objetos de valor que le quedan.
»¡Volveremos, viejo! —En cuanto se marcharon,
salió de debajo de la mesa y contempló, dolorido,
los muchos desperfectos de la casa… y de su cuerpo.
—¡Malvados cobardes! Estaba solo junto al lago
y me atacaron por la espalda —se dijo, llorando—.
Ya sé lo que haré…
Xing Pan Zen subía a un ciprés enorme situado
entre la cerca de su jardín y el pequeño lago,
caminando por la pasarela que Iai Tom había construido,
la cual rodeaba el árbol y ascendía en espiral.
Con mucho esfuerzo, el anciano llegó al magnífico
mirador que rodeaba la guía del ciprés, donde
ató una venda. |
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Iai Tom caminaba con armonía,
lejos del pueblo. Vestía su elegante kimono y transportaba
sus catanas grande y pequeña cruzadas en la espalda.
Era consciente de todo lo que le rodeaba. De repente percibió
algo, se detuvo y sonrió; miró a su derecha
y vio el saltamontes. El insecto se adentró de un salto
en la floresta. Su maestro le había enseñado
la relajación consciente, y él la había
desarrollado hasta el extremo de percibir todo lo que acontecía
a su alrededor, superando en ello a su mentor.
De improviso giró a la izquierda y miró, esta
vez con más atención, el lejano ciprés.
Su guía tenía atado un trapo blanco, que ondeaba
al viento. Sin perder la calma y raudo, Iai Tom se puso en
camino.
El viejo samurái
lavaba sus heridas en el pequeño lago junto al ciprés.
De pronto quedó inmóvil, pues vio reflejada
en el agua la imagen de su antiguo discípulo.
—¡¡Iai Tom!! ¡Por fin has vuelto!
—Si, maestro. ¿Quién te ha herido? ¿Dónde
están tus catanas?
—Unos malvados me las robaron. Han estado pegándome
durante días. Se han marchado al pueblo a venderlas,
pero volverán.
—Los esperaremos en tu casa.
—El cabecilla se llama Mal Va Mon, el otro Man Dril.
—Los conozco.
Al día siguiente:
—¿¡Qué haces ahí, viejo!?
—se burló Mal Va Mon. Man Dril rió y preguntó
al samurái:
—¿Esperas la paliza de hoy sentado ante la puerta
de tu casa?
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—¡Desde
aquí veré cómo salís corriendo!
—Los indeseables rieron a carcajadas, apoyados en los
largos palos que habían traído. Mal Va Mon le
espetó:
—¡Nos iremos cuando queramos! ¡¡Nos
verás marchar molido a palos y tendido en el suelo!!
—Nunca supieron por dónde vino. Escucharon el
zumbido de sus hojas de acero cortando el viento. Ambos monos
se volvieron y gritaron al unísono, asustados:
—¡¡Iai Tom!! —El joven samurái
les dijo, con calma:
—Esta vez estoy muy enfadado con vosotros. —Los
monos se miraron, después se apartaron uno de otro
y le atacaron a un tiempo. Con certeros y rápidos movimientos,
las catanas de Iai Tom cercenaron ambos palos.
Mal Va Mon dijo:
—No te enfades, Iai Tom. Nos vamos ya.
—¡Quietos! Antes me quedaré con un recuerdo
de cada uno. —De nuevo las catanas cortaron el viento…
y las coletas de los malhechores. Ambos huyeron, corriendo.
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—¡Magnífico, Iai Tom! Muchas gracias.
—De nada, maestro.
—Entra, haré té. —Iai Tom quedó
inmóvil y en calma, ante la puerta. El anciano sonrió,
entró en casa y se puso a preparar el té.
Cuando salió, Iai Tom ya no estaba.
—Talvez regrese —pensó—, si vuelvo
a necesitar ayuda.
Terminado el repaso en solitario de las técnicas
de IaiDo aprendidas con su maestro, el joven Mo Nin bajó
de la colina. Vino con el otoño, cuando las hojas
de los cerezos comenzaban a adornar el jardín de
su maestro, Xing Pan Zen. Entre la cerca de ese jardín
y el lago próximo, el gran ciprés se mecía
en el viento, con la venda atada a su guía. El viejo
samurái prefirió dejarla allí, pues
le recordaba la visita de Iai Tom, hace unos días.
Recordó cómo su antiguo y aventajado alumno
lo había librado de Mal Va Mon y Man Dril.
—Quizá un día vea la venda a lo lejos,
atada en lo más alto del ciprés —se
dijo en voz alta—, y ante la duda de si su antiguo
maestro está en peligro, o si talvez no ha subido
a desatarla, me haga otra visita. —Mo Nin quería
dar una sorpresa a Xing Pan Zen, asomándose a la
ventana de repente. Iba a hacerlo, pero escuchó ese
comentario de su maestro, y se llenó de celos y envidia:
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—¿Qué tiene de especial ese Iai Tom? —pensó—.
Él fue alumno de la misma persona que ahora es mi maestro…
Presiento que no anda lejos, y que regresará en cuanto
vuelva a divisar la venda atada al ciprés. ¡Veremos
entonces cuál de los dos es mejor con la catana!
Mo Nin se alojó como pudo en el bosque cercano al pequeño
lago, cerca del ciprés.
Al día siguiente, lo vio venir con el alba. Mo Nin
Salió a su encuentro, colérico:
—¡¿A qué vienes, Iai Tom?! El maestro
no necesita ayuda, solo quiere verte de nuevo.
—¿Te ocurre algo, Mo Nin? Tranquilízate,
un verdadero samurái no debe alterarse por nada en
exceso.
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—¡Solo
recibo lecciones de mi maestro! Pero si quieres, te daré
yo una. —Mo Nin desenvainó su catana grande,
suspiró y logró calmarse, sin dejar de apuntar
con ella a su oponente, quien le replicó:
—¡No hagas tonterías, Mo Nin! Sé
que buscas demostrarte y demostrarme que manejas la catana
mejor que yo. Es vano empeño, que te hace mal practicante
de IaiDo e indigno alumno de nuestro maestro.
—¡Calla y desenfunda! —Iai Tom permaneció
tranquilo, inmóvil y alerta. Mo Nin elevó la
catana sobre su cabeza, dispuesto a partir en dos la cabeza
de Iai Tom. Éste desenfundó como un rayo. La
catana de Mo Nin resbaló en la de Iai Tom, hacia el
hombro izquierdo de éste, quien contraatacó
de inmediato, posando su lado cortante en el cuello del agresor:
—Has perdido. —El muchacho tiró al suelo
la catana, su peludo rostro rojo de ira. Después se
llevó las manos a la cara, rojo de vergüenza:
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—Has ganado —reconoció Mo Nin, llorando—.
¡He sido un imbécil! Eres mejor que yo en todo.
Te pido disculpas. —Disculpas aceptadas... ¿saludamos
al maestro?
—¡Oh, ¿pero venís los dos?! ¡Qué
alegría! —Se hicieron profundas reverencias.
—Buenos días, maestro.
—Buenos días, Iai Tom.
—Buenos días, maestro.
—Buenos días, Mo Nin; te veo triste.
—No es nada —dijo Iai Tom, con sonrisa amable—.
Recuerda una pena.
—¡Pasad! Prepararé el té.
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| Obra
con derechos de Autor original de José Enrique Serrano
Expósito. Catalogada en el registro de la Propiedad
intelectual de Safe Creative.
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