"Silfidian y Elfenion" |
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—A veces me hago visible
a un humano, más a menudo a un elfo. Algunos me confunden
con un hada, otros con una hechicera elfo. ¡Qué
tontería! Las Hadas son muy pequeñas, aunque
es verdad que nos parecemos. También es cierto que
soy hechicera, y que mi estatura es la de una mujer, humana
o elfo, pero ninguna de ellas es capaz de levitar, como nosotras.
Cuando esos bobos dejan de admirar mi rostro, se percatan
de que tengo tenues alas y que levito…
»¡No soy hada, no soy una elfo, no soy humana!...
¿qué soy?
»¿Qué me contó mi madre hace casi
un siglo, antes de separarnos? ¡Ah, sí! Hace
muchas edades, Lorien —el Vala de los sueños—
se unió a una Maia voladora y tuvieron una hija, Silfidien.
De ella y un Alto Elfo de Valimar procedemos el resto de las
Sílfides. Mi madre me advirtió antes de dejarme
que, si tengo una hija, saldrá de un huevo perlado
que pondré sola, sin ayuda.
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»¡Sola, sin amigas!; por eso hablo tanto conmigo
misma, como ahora… hasta que un varón conquiste
mi corazón, hombre o elfo, y me dé conversación.
Talvez nunca encuentre a un varón con quien compartir
mi existencia. Entonces, con el paso de los años, de
los siglos, mi belleza siempre juvenil se marchitará
y mi luz se debilitará poco a poco, creciendo la tristeza.
Su monólogo era en voz alta,
en su lengua musical,
que es como un canto,
levitando a unos palmos del suelo,
junto a un árbol,
en la cumbre de la Colina del Sur.
Era de noche.
Fue entonces cuando percibió algo, aunque no oyó
ruido alguno. Se dio media vuelta y vio a un elfo que la
atravesaba con la vista; notó en su cara que detectaba
algo en el aire: a ella, aunque él no sabía
qué. Su porte era impresionante, y más aún
la belleza de su rostro. No temió nada de él,
por eso se hizo visible. El elfo apenas se sobresaltó
al verla aparecer. Sus cuerpos se veían con más
claridad en la noche que a la luz del sol, pues los Elfos
irradian una luz parecida a la de la luna, y las Sílfides,
cuando se hacen visibles, emiten una perenne luz que semeja
a la del crepúsculo.
—¿Qué hace una sílfide levitando
en la cumbre de la colina; perceptible, en vez de permanecer
invisible sobre la copa de un árbol, como acostumbran
las Sílfides?… —le producía gran
placer escuchar la voz de ese elfo, y se deleitaba con su
belleza. Ella le contestó en lengua élfica:
—Veo que no me confundes con una mujer elfo, como
ha ocurrido con otros de tu pueblo; eso también me
agrada.
—¿También? —Ella se ruborizó.
Para cambiar de tema y por curiosidad, preguntó al
desconocido:
—¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es Elfenion, hijo de Elfrondil, Rey Bajo
la Colina. ¿Cómo te llamas tú?
—Silfidian, una de tantas Sílfides.
—Pero ¿qué hace de noche y en la cumbre
un príncipe del pueblo de los Elfos Bajo la Colina?
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—Me aburre estar
demasiado tiempo en la Caverna Bajo la Colina, a pesar de
ser muy grande: profundiza bajo las raíces de esta
pequeña montaña, cuya cumbre casi coincide con
el techo. Necesito tomar el aire de vez en cuando. A veces
paseo de día, a veces durante el crepúsculo,
como hoy. Anduve largo rato por el bosque al pie de la colina,
después subí a la cumbre, y aquí me tienes.
Mi paseo se ha prolongado hoy, ¡de lo cual me alegro!
—Sonrió a la sílfide. Esta vez las mejillas
de la bellísima Silfidian no se sonrojaron. Sus ojos
se acercaron a los de Elfenion y los de él a los suyos:
se atraían el uno al otro, despacio…
Un búho ululó en la noche, y el encanto se rompió.
El elfo se detuvo, la sílfide batió sus alas
y aceleró una rápida levitación hacia
atrás para alejarse un poco del príncipe.
—¡Lo siento, bella sílfide! Apenas nos
conocemos y… ¡me he propasado!
—También yo me propasé, hermoso elfo.
»Supongo que habrá al menos una chica elfo que
pretenda conquistar el corazón del hijo del Rey Bajo
la Colina…
—Una lo pretende.
—¡No seré yo su rival! El Rey Bajo la Colina
no vería con buenos ojos que uno de sus hijos se uniera
a una sílfide…
—Además soy su primogénito… No,
no lo vería bien, hermosa Silfidian.
—¡No me hables así!… no juegues con
mi corazón, príncipe.
—Perdóname. Somos imprudentes permaneciendo juntos,
diciéndonos cosas bonitas… debemos despedirnos
ahora y limitarnos a ser amigos. —Ella se giró:
de repente estaba de espaldas a él; dos lágrimas
asomaron a sus ojos. Entonces dijo al príncipe, con
ternura:
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—Tienes razón, amigo. Ven a verme una mañana,
dentro de muchos días…
—Hasta la vista, amiga. —Ella deseaba estar con
él, al menos volver a verlo cuanto antes, por eso se
contradijo:
—¡Hasta pronto, amigo! —Sin mirar atrás,
levitó rauda a la copa del árbol, ayudando con
sus alas a su poder de levitación. Elfenion la siguió
con la vista, por si volvía su rostro hacia él
y podía admirar de nuevo su bellísima cara…
pero ella se tornó invisible.
Entonces él dio media vuelta y dijo, en un susurro:
—Siempre seré tu amigo. —Al mismo tiempo,
levitando invisible sobre la copa del árbol, ella cantó
en su lengua:
—Siempre seré tu amiga. —Él bajó
la cumbre, triste, dudando si hacía lo correcto…
desapareció en la espesura, comenzando la ladera, dentro
de una grieta entre las rocas.
Todas las mañanas, ella se hacía visible y lo
esperaba largo rato. Si quería visitarla, la encontraría
junto al mismo árbol que fue testigo de su encuentro...
pero él no volvió.
Un año después, una nublada mañana de
otoño en la que no se distinguía desde la cumbre
de la colina la playa sur de la Isla Encantada, un elfo silvestre
del Bosque del Sur —situado al pie de la colina, que
se encuentra junto a su linde suroeste— subió
a la cumbre dando un paseo. Para su sorpresa, vio una sílfide
llorando junto al tronco de un árbol.
—¿Por qué lloras, hermosa sílfide?
¿Qué ha pasado con tu luz?
—Mi luz se apaga poco a poco, pues mi corazón
sufre desde hace tiempo.
—Las penas se alivian compartiéndolas, cuéntame
la tuya.
—Todas las mañanas espero aquí a un amigo,
pero ha pasado un año y él no me visita.
—La amistad no es excluyente. Si te agrada mi compañía,
también seré tu amigo. Yo te visitaré
siempre que quieras. —Ella secó las lágrimas
con sus delicadas manos, sintiendo alivio en el corazón.
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—Me llamo Silfidian. ¿Cómo te llamas tú?
—Mi nombre es Elvetrion.
—Los Elfos Silvestres sois impulsivos, más dados
a actuar que a razonar, aunque me parece que tú eres
una excepción. En cambio los del Pueblo Bajo la Colina
suelen ser mesurados en el hablar y el actuar. Vuestro aspecto
es también diferente… dime, ¿os lleváis
bien ambos pueblos élficos?
—Durante mis escasos dos siglos de vida, no he sido
testigo de más conflictos entre ellos y nosotros que
el ocurrido hace tres años. Nos declaramos la guerra,
sí… pero aquello pasó y se curaron las
heridas de nuestros corazones, gracias a la intervención
de unos Pegasos enviados por Elborendil. En adelante solo
será un tema más para nuestros cantos y poemas
en la noche, junto al fuego.
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—Me alegro por ello…
»Dime, Elvetrion, ¿sabes algo del príncipe
Elfenion?
—Se unió a una noble dama elfo de su pueblo.
Son muy felices; tienen un hijo muy vigoroso, quien con solo
nueve meses juega ya con niños mayores. —Silfidian
se enfadó, algo celosa; pero se sobrepuso, y dijo con
sinceridad:
—¡Cuánto me alegro!
—Yo también, Silfidian…
»¿Somos amigos? —Ambos se miraron a los
ojos.
—Tú no eres mi amigo, eres mi amor… —Silfidian
y Elvetrion se acercaron poco a poco, mirándose con
dulzura y un brillo nuevo en los ojos…
El sabio búho continuaba despierto a pesar de ser mediodía,
vigilándolos oculto en la fronda; pero esta vez no
ululó… Silfidian y Elvetrion se abrazaron; el
búho cerró sus ojos y durmió hasta el
anochecer.
Transcurrieron dos años. Era una hermosa mañana
otoñal, diáfana. La playa sur de la Isla Encantada
se podía admirar con nitidez en la lejanía,
desde la cumbre de la colina. Una bellísima niña
sílfide jugaba con las hojas caídas de otro
árbol. Creía que estaba sola. Sus incipientes
alas y pequeño cuerpo apenas lograban mover el aire
lo suficiente para hacer volar algunas hojas secas.
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De pronto vio
un hermoso niño elfo, muy fuerte para su corta edad,
alrededor de un año mayor que ella, que tenía
solo nueve meses.
Aunque era de día, el búho sabio abrió
los ojos, oculto en la fronda, y los observaba.
Se pusieron a jugar, sin mediar palabra, riendo felices. El
niño fingía que intentaba capturar a la niña,
profiriendo feroces gritos, sus manos simulando garras. Ella
chillaba aparentando horror, huyendo despavorida —ayudando
la levitación con sus delicadas alas—. Luego
se acercaba a él y revoloteaba a su alrededor, mientras
el niño fingía intentar atraparla de nuevo.
Así varias veces, con ágiles y veloces movimientos
que arremolinaban las hojas secas entorno a ellos.
El padre del niño elfo los sorprendió jugando:
—¿Qué haces, hijo? ¿Por qué
juegas con una sílfide?
—¿¡Por qué no!? ¡Es una niña
muy bonita, papá!; nos divertimos mucho.
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—¡Y tú eres muy lindo, como tu padre! —intervino
la mamá sílfide, al tiempo que se hacía
visible.
—¡Silfidian!... han pasado los años…
yo no he venido a verte… perdóname.
—Hiciste lo correcto, Elfenion.
—También tu hija es preciosa.
—El pasado año me uní a Elvetrion, un
elfo silvestre; nos queremos, somos felices y deseamos tener
muchas Sílfides. Elborendil se alegrará de que
jueguen más niños en su isla.
—Desde hace casi dos años estoy unido a una dama
de mi pueblo; también nos queremos, somos felices y
queremos tener muchos Elfos, para nuestra alegría y
la de Elborendil.
»¡Ah, y un pequeño detalle!: Elvetrion
es el primogénito de Elfestron, Rey del Bosque del
Sur.
—¡No me lo ha dicho!... bueno, a decir verdad
no le pregunto por su familia cuando me visita…
»¡Oh, hija mía, eres una princesa!
—¡Porque tú eres una princesa, dama Silfidian,
porque tu marido es un príncipe!
—Te pido disculpas, príncipe Elfenion. Los niños
juegan siempre que pueden, sin más consideraciones…
¡ven, princesita, debemos irnos!
—¡No, que los pequeños príncipes
jueguen el tiempo que quieran! —Silfidian y Elfenion
se miraron a los ojos y sonrieron, felicísimos. Ambos
habían encontrado el amor de su vida, tenían
unos hijos maravillosos… y por fin eran solo amigos.
Elfenion miró a los niños —que lo observaban
con mucho respeto—; dio media vuelta y se marchó
dichoso, colina abajo. Al igual que Silfidian, se sentía
más ligero que nunca, pues había desaparecido
el peso que ambos llevaban en su corazón…
Cuando los matorrales ocultaron al príncipe, ella miró
a los niños, radiante de luz y de alegría:
—¡Seguid jugando! —Volvió a hacerse
invisible y continuó observándolos, embelesada.
El búho cerró sus ojos y durmió, complacido,
hasta el anochecer. |
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| Obra
con derechos de Autor original de José Enrique Serrano
Expósito. Catalogada en el registro de la Propiedad
intelectual de Safe Creative.
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