"Tínfaniel y las dos mellizas"
| —¿Qué
se oye a lo lejos, Carmen?
—Es una flauta, Marta.
—¿Por qué no vamos a ver quién
la toca, y lo escuchamos un rato?
—No sé… A lo mejor nos alejamos mucho de
donde han acampado papá y mamá.
—¡Qué va!, solo será un rato. Quien
está tocando no puede estar muy lejos.
—¡Vamos!
—Riendo y saltando entre jaras y romeros, se dirigieron
hacia la melodía. De repente la escucharon en otra
dirección.
—¿No se escuchaba por allí? ¿Cómo
es que…?
—No sé, Carmen. Pero ahora la oigo más
cerca. Vamos por aquí. —Caminaban por un sendero
estrecho, ligeras, para no tardar mucho en regresar. De pronto
una melodía diferente se escuchó cerca, detrás
de ellas.
—¡Qué raro! —dijeron al mismo tiempo
ambas mellizas.
—¡Rápido! —urgió Carmen a
su hermana—, antes de que se aleje otra vez.
De repente una nueva y hermosa melodía las deleitó;
se detuvieron. La escuchaban más próxima que
antes, pero en otra dirección. Se pararon a escucharla
porque pensaban que el travieso flautista las volvería
a engañar y por tanto ya no sabían adónde
ir a buscarlo. Las bellísimas notas cesaron.
—Nunca he escuchado una música tan hermosa.
—Yo tampoco.
»Pero ¿por qué nos evita? |
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—No lo sé, Marta. Unas veces está en un
sitio y otras en otro. Debe correr mucho. —Marta se
atrevió a llamarlo:
—¡¡Eh, flautista, ¿dónde estás?!!
¡¡Ven, queremos verte!!
—¡Marta, ¿dónde está nuestra
tienda de campaña?!
—¡Oh! Hemos dado tantas vueltas que me he perdido.
—Yo también.
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—¡¡Flautista
ven, por favor!! ¡¡Ayúdanos, que nos hemos
perdido!! —Un joven salió de detrás de
un pino. Vestía un elegante traje verde oscuro, ajustado
a su cuerpo. Un sombrero de tirolés color ocre con
pluma de color verde claro adornaba su cabeza. En la mano
derecha tenía una bonita flauta de madera. Su cara
era hermosa y su cuerpo atlético. Aparentaba tener
unos veinte años, bastantes más que las mellizas.
—¡Oh! ¿Quién eres tú?
—En esta parte del ancho mundo, Marta, me llaman Tínfaniel.
—La niña calló, extasiada.
—¿Cómo sabes el nombre de mi hermana?
—Muy fácil, Carmen: os he escuchado hablar.
—¿Sabes nuestros nombres porque nos escuchaste
hablar? ¡Pero si estábamos lejos y tú
te dedicabas a tocar la flauta y correr!
—Tocas muy bien.
—Gracias, Marta. En cuanto a escucharos de lejos, Carmen,
esa es una de mis habilidades. —Ella le preguntó:
—¿También es otra de tus habilidades correr
tan rápido de un lado a otro?
—Yo no corro, paseo tocando la flauta, cuando termina
la tarde, en el crepúsculo, en los sueños…
—¿Dónde aprendiste a tocar tan bien?
—Es un don. Vine a este mundo tocando mi flauta. —Marta
lo miró, ceñuda:
—Eres un poco raro, ¿sabes? ¡Anda, tócanos
otra canción!
—¡Marta!, te recuerdo que estamos perdidas, y
que nuestros padres nos han prohibido hablar con desconocidos.
Tenemos que encontrar nuestra tienda cuanto antes.
—¡Pero eso puede esperar!
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»Tínfaniel, ¿tocarás otro tema
y luego nos ayudarás a encontrar a nuestros padres?
—Sí, amigas. —En un claro del bosque cercano
al estrecho sendero, las mellizas tomaron asiento en unas
piedras bastante planas. Tínfaniel continuó
de pie, sin dejar de mirarlas a los ojos. Ellas lo escuchaban,
soñolientas. Comenzó a tocar un tema nuevo,
aún más hermoso que los anteriores, ora con
ritmo trepidante, ora tranquilo. A veces profundo, a veces
alegre, y siempre interesante, conmovedor. Parecía
la narración de una aventura épica. Terminó
con un arrullo enternecedor.
El joven bajó su flauta y continuó observando
a las niñas, que se habían dormido. Unos ruiseñores
cantaron un rato. Cesó el canto de esas aves y ambas
mellizas se despertaron al mismo tiempo. Marta preguntó
al enigmático flautista:
—¿Nos has “tocado” una historia?
—En efecto, pequeña. La historia de lo que he
vivido en vuestro país.
—¿Y al final de la melodía estamos nosotras?
—Has acertado, Carmen. —Ambas suspiraron, halagadas
y felices.
—Pero el tiempo pasa, niñas. En breve llegará
el crepúsculo, el canto de mi flauta ha durado más
de lo que pensáis. Vuestros padres deben estar preocupados
por vosotras, y pronto tendréis hambre. ¡Venid
conmigo! —Cuando vieron la tienda de campaña,
el joven les dijo:
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—Bien, ya habéis llegado. ¡Carmen, Marta,
hasta otra ocasión!
—¡Ven con nosotras! —dijo Marta, en tono
suplicante.
—Te presentaremos a nuestros padres —propuso Carmen.
—Lo siento, pequeñas. ¡Hasta otra! —Y
desapareció, raudo, entre el denso ramaje. Un nuevo
tema brotó de su flauta. La música parecía
sugerir apariciones y ocultamientos jocosos.
—¡Pero qué patraña!, niñas.
¡¿Pensáis que vuestro padre es tonto?!
—¡Tampoco vuestra madre es tonta!
—¡Es verdad! —exclamaron las mellizas a
un tiempo. Su madre las miró a los ojos y vio total
sinceridad.
—¡La cena se enfría! —Cenaron en
silencio; se miraban unos a otros; tardaron menos de lo acostumbrado.
—¿Será verdad, José Ángel?
Sería tan bonito que lo fuese…
—¡Ya me pones en duda, Mari Carmen! Nuestras hijas
no suelen mentir, pero tienen mucha imaginación.
—A propósito de imaginación, ¿dónde
he leído algo parecido?... ¡ya lo tengo!: Tinfan
Trino.
—¿Quién es Tinfan Trino? —preguntaron
al mismo tiempo sus mellizas.
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—Un personaje de Tolkien poco conocido. De acuerdo con
su mitología, se trata de un Maiar perteneciente al
séquito del Vala de los sueños: Lorien Irmo.
Acostumbraba este espíritu a errar por los jardines
de Lorien, tocando la flauta de maravilla. Narra Tolkien que
este Maiar solo se hacía oír por algunos humanos
en raras ocasiones, y era aún más raro que se
dejara ver. Tocaba al caer la tarde y en el crepúsculo,
en los jardines de Lorien… Y, varias edades más
tarde, era su deleite continuar inventando música e
interpretándola en la Isla Solitaria. ¡Cada nueva
melodía superaba a las otras en esplendor! —José
Ángel preguntó a Mari Carmen:
—¿Y por qué se llama Tinfan?
—Supongo que por semejanza con las notas de su flauta.
—Carmen preguntó:
—¿Y por qué Trino, mamá?
—Supongo que también por la música que
hacía brotar de su flauta, más hermosa que los
trinos de los pájaros.
»Pero por mucho que lo deseemos, niñas, Tinfan
Trino no existe. Es un personaje maravilloso —Mari Carmen
suspiró—, pero no es real.
—¡Es real, mamá! —aseveró
Carmen—. Él nos dijo que Tínfaniel es
uno de sus nombres, que así lo llaman en este país.
¿¡Y si en otros lugares le llaman Tinfan Trino!?
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—¡No
soñéis despiertas! —intervino José
Ángel—. ¡Tinfan Trino no existe!, ¡y
Tínfaniel tampoco!
—¡Si hubieras escuchado su música, papá!
—replicó Carmen.
—¡Y es muy guapo, mamá! —aseguró
Marta. Para las niñas, guapo y bueno es lo mismo.
—¡Bueno, ya está bien! —exclamó
su padre—. Terminad los deberes y acostaos pronto.
Terminados los deberes, jugaron un rato y se acostaron. Su
madre les contó el cuento de antes de dormir, esta
vez relacionado con Tinfan Trino y un marinero que logró
arribar a la Isla Solitaria y le fue concedido escucharlo
y verlo… Apenas terminó, sus hijas se durmieron.
Ambas hermanas participaron del mismo sueño. Corrían
por el bosque y de vez en cuando se detenían a descansar.
En todos esos momentos veían a Tínfaniel y se
deleitaban escuchando las inagotables melodías que
arrancaba de su flauta.
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Mari Carmen soñó que recogía la ropa,
tendida fuera de la tienda de campaña. De pronto escuchó
una flauta. Su corazón latió con fuerza, y miró
hacia el lejano pino de donde provenía la música.
Un apuesto joven, vestido como las niñas le habían
contado, salió de detrás del tronco. Se quitó
el sombrero y le hizo una simpática reverencia. Se
colocó bien el sombrero, le sonrió, burlón,
y la miró en silencio. Ella vio en su mirada la sabiduría
de incontables años, y un poder centrado solo en ser
feliz con la música y hacer partícipes a otros
de esa felicidad, apareciendo, haciendo oír sus siempre
inventadas melodías y desapareciendo. De pronto desapareció
y ella se despertó; era la hora de levantarse.
Horas después, Mari Carmen fue a recoger la ropa seca,
colgada en la cuerda tendida entre dos pinos. Escuchó
una flauta… de nuevo su corazón latió
con fuerza. El sonido parecía provenir del mismo sitio
que en el sueño. Miró el lejano pino y preguntó,
nerviosa:
—¿¡¡Eres Tínfaniel!!? —No
hubo respuesta.
De repente, escuchó tras ella otras notas distintas,
más lejanas. Se giró, sobresaltada. No vio a
nadie, pero se tranquilizó apreciando la belleza del
nuevo tema musical.
Se sobresaltó cuando alguien le tocó el hombro
por detrás. Volvió a girarse y vio a José
Ángel. Entonces preguntó a su marido:
—¿Has oído lo que yo?
—Sí. —Los pájaros cantaban, alegres.
Carmen y Marta aparecieron por detrás de la tienda.
Se notaba que habían corrido. Las dos a un tiempo,
preguntaron a sus padres:
—¿¡Lo habéis escuchado!?
—Sí —respondieron ambos, al unísono.
La familia se fundió en un abrazo. En un rincón
oculto entre la fronda, Tínfaniel los contemplaba,
sonriente.
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| Obra
con derechos de Autor original de José Enrique Serrano
Expósito. Catalogada en el registro de la Propiedad
intelectual de Safe Creative.
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