"Tres primas en el campo" |
Salieron de la casa por
la mañana y en un llano próximo comenzaron a
jugar. Correteando, giraban cada una alrededor de las otras
dos, risueñas, incansables y sin tropezar. En medio
y envolviéndolas, brillaban al sol las semillas voladoras…
Algunos de esos puntos brillantes parecían tener luz
propia, incluso color azul pálido, como estrellas diminutas…
Eso las divertía aún más.
—¡Vamos a dar una vuelta! —propuso María,
prima de las dos hermanas y poco mayor que ellas.
—Sí —dijo Marta.
—¿Adónde vamos? —preguntó
su hermana Carmen.
—No sé… ¡vamos! —Sonrieron
una vez más y tomaron el camino junto a la casa de
María, sin prisa. Vieron otros caminos a derecha e
izquierda, más estrechos.
—Esto es bonito, pero un poco aburrido —dijo Marta.
—Si queréis, tomamos uno de estos senderos de
los lados.
—¿Cuál? —se interesó Carmen.
—No sé, el más enigmático;
—O el más sombrío;
—O el más bonito.
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—¡Mira, Marta!, ese es precioso —observó
María. Y doblaron a la izquierda para tomarlo. Tras
un largo trayecto, el estrecho sendero se empinaba más
y más. De pronto viró a la derecha y descendió
en pronunciada pendiente. Carmen se agarró a unos matorrales,
pues temía escurrirse y caer. Pero se quedó
con ellos en la mano derecha y sus raíces arrancaron
un trozo de tierra. Esto la hizo caer y a punto estuvo de
rodar cuesta abajo.
—¡Ay!
—¿¡Qué pasa, Carmen!? —Ésta
enseñó a su prima María el manojo de
maleza con el trozo de tierra y raíces colgando.
—¡Ese trocito de tierra está mojado! ¡Espera,
que subo! —Marta la siguió cuesta arriba.
Se acercaron al lugar de donde Carmen había arrancado
sin querer el trozo de tierra. En el hoyo se había
formado un nimio charco de agua.
—Parece un manantial —repuso Carmen.
—Yo nunca he visto un manantial —dijo Marta.
—Yo tampoco, solo en un libro. Mira, allá abajo,
entre esos brezos, veo brillar agua.
—¿ Dónde, María? —Bajaron
unos pasos con cuidado, para no caer. Ahora tenían
más peligro de escurrirse, pues pisaban la hierba y
matorrales del margen derecho del camino. Resultó que
los dos brezos daban paso a una zona umbría, una cueva
hecha de fronda densa. A pesar de estar en plena cuesta, el
suelo de la cueva vegetal era horizontal. El hilillo de agua
que habían visto resultó ser un profundo charco.
María dijo:
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—Esto sí que
es un manantial… ¡ah!
—Limpia tu bota allí, en esa hojarasca.
—Gracias. —Cuando María terminó
de limpiar un poco el barro de su bota derecha, dijo a sus
primas:
—Mirad, de aquí sale un reguero de agua que va
a parar a... ¿dónde? No veo nada más
allá de esta espesura.
—Este manantial alimenta el arroyo Limplaro, que bordea
esta colina. —Las tres niñas no se asustaron,
pues la voz que escucharon tras ellas, aunque extraña,
era acogedora. Se dieron media vuelta y contemplaron una mujer
flotando en el aire sobre uno de los brezos, a unos dos metros
sobre el nivel del manantial. Envuelta en un halo dorado,
vestía una preciosa túnica blanca con elegantes
bordados a base de pequeñísimas esmeraldas y
pepitas de oro que semejaban flores iluminadas por el sol.
Flotaba en el aire cual barca sobre olas calmas.
La miraban absortas. María dio un paso adelante y preguntó
a la bellísima y enigmática mujer:
—¿Quién es usted? ¿Cómo
se llama?
—Mi nombre es Elhadel. Soy un hada. —Las niñas
admiraron sus ojos grandes y azules; sus orejas puntiagudas;
sus alas aún más hermosas, delicadas y grandes
que las de las Sílfides.
—Nunca he oído nombrar el arroyo Limplaro.
—Supongo que los Humanos lo llaman de otro modo, pero
ese es su nombre verdadero. —María quedó
pensativa. Carmen le preguntó:
—¿¡Nos concederá tres deseos, uno
a cada una!? —Elhadel sonrió, comprensiva:
—No concedo deseos, pero ayudo en las dificultades serias
y resuelvo problemas graves, si me lo piden.
—¡Claro, Carmen! ¿No ves que no tiene varita
mágica? |
—Las Hadas no tenemos varita, María. Eso es en
los cuentos. Pero tenemos algunos poderes.
—¿Cómo sabe usted mi nombre?
—Sé vuestros nombres porque os he estado escuchando.
—Todavía queda barro en mi bota derecha, y tengo
empapado el calcetín. ¿Puede hacer magia para
limpiar el barro y secarme el pie, señora?
—Eso no es un problema grave, María. No tendrás
dificultad en resolverlo tú sola.
—Es cierto, Elhadel.
»¿Puede ayudarme a hacer la tarea que me han
puesto mis maestros?
Sus primas miraron al hada, esperanzadas.
—Ni tus padres ni yo debemos ayudarte a hacer tus deberes.
Parte de tu formación está en que te esfuerces
en hacerlos y en lo que aprendes realizándolos.
—¿Hay más Hadas como usted? —le
preguntó Carmen.
—Todas son como yo.
—Ya. Lo que quería saber es si hay más
Hadas por aquí cerca.
—Somos pocas en este país. Pero ¿necesitas
saber eso, Carmen?
—Supongo que no. Pero es que hace un buen rato, cuando
jugábamos junto a la casa de María, entre las
semillas voladoras que brillaban al sol me pareció
que algunas lucían con luz propia, como estrellas minúsculas.
—¡A mí también! —dijeron al
unísono Marta y María.
—Existen muchas Hadas pequeñas en el mundo; a
veces se dejan ver por unos instantes. Quizá visteis
Hadas diminutas.
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—¿Como Campanilla?
—Las reales son más pequeñas que las de
ese personaje de los cuentos, Marta. —De repente, Marta
preguntó a su prima y a su hermana:
—¿Sabéis regresar a casa? —Ambas
lo negaron.
—Yo tampoco —coincidió Marta, y miró
al hada:
—Me parece, Elhadel, que solo necesitamos una cosa:
saber cómo regresar a casa.
—Quizá podríais resolver eso vosotras
solas, pero os ayudaré. Seguidme.
—Allá tenéis vuestra casa.
—¡Gracias, Elhadel! —El hada desapareció.
Las niñas sintieron algo parecido a cuando uno se despierta
de un sueño.
Carmen dijo a su prima:
—Si hablamos de esto a nuestros padres, no nos creerán.
—Pero tenemos que contárselo a alguien —intervino
Marta.
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—¿Por qué? Podemos guardarlo en secreto,
¿no? —Carmen titubeó un poco; después
replicó a María:
—Yo también necesito contar nuestra aventura.
No puedo guardarme esto para mi sola, sin poder hablar de
ello más que con vosotras.
—Es verdad, Carmen, Yo siento lo mismo… ya está:
¡se lo contaremos al primito Borja! —Marta escuchó
un leve correteo cercano a la casa:
—¡Mirad, está allí, jugando! —Le
dijeron que le iban a contar algo y los cuatro se sentaron
en unos asientos de madera sitos en la parte trasera de la
casa. Borja preguntó a sus primas:
—¿Qué me vais a contar? —María
le contestó:
—Te vamos a referir lo que nos acaba de suceder…
—Entre las tres, le narraron la aventura.
Él comentó:
—Bonito cuento. ¡Contadme otro! —María
insistió:
—Te dije que es algo que nos acaba de suceder, Borja.
—Entonces, llevadme a la cueva vegetal, ¡a ver
si se nos aparece el hada! —Sus tres primas se miraron.
María decidió:
—Iremos los cuatro después de comer.
María cogía a Borja de una mano y Marta de la
otra. Carmen advirtió a su primo:
—Ten cuidado, Borja, ya te contamos que yo me caí
bajando esta cuesta.
—Ten cuidado tú, no te vayas a caer otra vez.
—María rió y dijo a su primo:
—¡Bien dicho, Borja!
—Por fin, los cuatro pasaron entre los dos brezos.
—¡La cueva vegetal! ¡Qué bonita!,
y qué fresquito se está aquí dentro.
—Apenas terminó Borja de decir eso, una especie
de insectos grandes y muy brillantes —su halo era de
color azul pálido— aparecieron de repente y rodearon
al pequeño. Algunos le daban besitos en la cara. Borja
se fijó en esos seres, alucinado:
—¡Son Hadas pequeñitas! —Elhadel
volvió a aparecerse otra vez de espaldas a sus visitantes,
flotando en el aire sobre uno de los brezos:
—¡Hola, niños! —Los cuatro se volvieron
y respondieron al unísono:
—¡Hola, Elhadel! —Los pequeños seres
voladores rodearon el halo dorado del hada, dejaron de mover
sus nimias alas y permanecieron quietos, como estrellas adornando
su halo áureo.
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—¿Qué
son?
—También son Hadas, María. Yo soy su Hada
Reina. —Los cuatro primos se quedaron con la boca abierta.
El pequeño exclamó:
—¿¡La reina de todas las Hadas!?
—No, Borja, soy el Hada Reina de éstas. Hay muchas
más en el mundo. —Las diminutas Hadas saludaron
a Borja agitando una mano, muy sonrientes.
—Veo que también ahora nos has escuchado antes
de entrar aquí, pues sabes el nombre de nuestro primo.
—Esta vez no, María, pero me informó una
de mis súbditas antes de que entraseis en esta mi Cámara
Real. —Los primos admiraron de nuevo la frondosa cueva.
Movido por un impulso infantil, Borja avanzó hacia
Elhadel con su mano derecha abierta. Quería acariciar
a ese bondadoso y hermoso ser… pero tropezó y
cayó a gatas en el manantial. Solo asomaba la cabeza.
No lloraba, a pesar de que el agua estaba fría.
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El Hada Reina lo señaló y todas sus súbditas
volaron raudas hacia el niño, lo rodearon por encima
del agua y cada una proyectó en un punto distinto de
su cuerpo un pincel de luz color azul pálido. Para
ello muchos de esos rayos penetraron dentro del agua. Entonces
Borja se elevó sobre el agua y flotó en el aire,
envuelto en un brillo estelar. Pronto quedó de pie
sobre la hierba seca, la cual comenzó a mojarse con
el agua que chorreaba de su ropa empapada. El halo azul pálido
que lo envolvía, desapareció.
—¡Tengo frío! —María lanzó
una indirecta muy directa al Hada Reina:
—Elhadel, tenemos un problema. —Ella sonrió
y extendió ambas manos, apuntando sus palmas al niño.
De ellas brotaron sendos rayos de luz dorada que impactaron
en Borja. Éste quedó envuelto en un nuevo halo,
dorado esta vez, que cambió a color rojo y desapareció
en pocos segundos. El niño y sus ropas quedaron secos
del todo.
Carmen elogió al Hada Reina:
—¡Elhadel, no está mal para no tener varita
mágica! —Ella sonrió de nuevo, y dijo:
—Si no queréis nada más, podéis
iros. —María le dijo:
—Esta vez no necesitamos que nos acompañes, conocemos
el camino de regreso a casa.
—Si queréis, os acompañarán algunas
de mis súbditas.
—¡Sí! —exclamó Borja.
Ya en casa, los niños no comentaron nada y de inmediato
se pusieron a hacer cada uno sus deberes.
Dos horas después, los padres de María se asomaron
y los contemplaron, perplejos. Su madre, Chari, dijo a los
cuatro:
—¡Pero bueno, ¿qué mosca os ha picado?!
¡Qué aplicados estáis!
—A mí no me han picado las moscas, me han besado
las Hadas.
—¡Shsss! —le advirtieron sus primas, alarmadas.
—¡Qué niño más ocurrente!
Vamos, descansad un poco. ¡Os he preparado una merienda
suculenta! |
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| Obra
con derechos de Autor original de José Enrique Serrano
Expósito. Catalogada en el registro de la Propiedad
intelectual de Safe Creative.
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