Seguidamente se metía en su cama y con palabras
amenazantes le decía que fuera una niña
obediente. Se le echaba encima y como un animal hambriento
satisfacía sus instintos salvajes. Sentía
como si una apisonadora le aplastara el cuerpo y un puñal
le atravesara las entrañas. El pánico se apoderaba
de ella y las lagrimas y los mocos se mezclaban con el sudor
de él. Nunca olvidaría ese olor agrio
a vinagre amargo cuando la hacía vomitar. Intentaba
chillar pero la voz no le salía, quería correr
pero sus piernas no le respondían.
Después él salía del dormitorio y le
decía: preciosa ya puedes salir.
Sufrió la tortura hasta que ya había cumplido
los catorce años. Un buen día a su padre le
dio un infarto; tal vez alguna fuerza divina se apiadó
de ella salvándola de las garras del diablo.
Hacía años que había sido una víctima
de la violencia doméstica, era una sobreviviente
aunque María seguía sufriendo las secuelas
del pasado: Terrores nocturnos, trastornos del sueño,
fobias y alucinaciones…
Ella creía que su vida, por fin, se había
estabilizado al encontrar un hombre que la amaba. Al principio
todo había marchado bien pero después, la
situación había cambiado bastante. De ser
un hombre alegre y tierno se había convertido en
un ser intolerante y agresivo hasta el punto de que cada
vez estaba más violento. La primera bofetada se la
había dado un día que la cena no estaba en
su punto. Ella se decía que tal vez lo había
hecho porque estaba muy estresado últimamente y quiso
creer que no volvería a pasar.
Pero sus sentidos se dispararon a la misma velocidad que
un rayo: le había visto por primera vez los dientes
a la mala bestia.
Aquella tarde cuando él regreso del trabajo
la obsequió con un hermoso ramo de rosas rojas. Las
colocó en un jarrón aunque al día siguiente
se las encontró marchitas porque se le olvidó
ponerlas en agua.
Los gritos y los golpes se habían convertido en
un elemento más de la casa, solo era consolada por
su fiel buena amiga Bady, una pastora alemana a la que había
criado desde que se la regaló su marido el primer
cumpleaños que estuvieron juntos. María le
decía que sentía miedo cuando se quedaba sola
y que quería criar una cachorra aunque, hasta entonces,
siempre le había puesto mil excusas para no satisfacerla.
Nunca olvidaría lo que aquel día le dijo:
cariño te amare hasta la eternidad. Se que este
regalo te hará muy feliz y tu felicidad será
la mía. María lloró emocionada al coger
la cachorra en sus brazos, ya era una perra adulta obediente
y muy fiel con su ama, María la cuidaba con todo
el esmero del mundo. Con ella se sentía protegida
y segura igual que con su osito cuando era pequeña.
Cada vez la situación se hacía más
insoportable, otra vez el miedo, el terror, la angustia
y el dolor. El sentimiento de venganza era cada vez más
fuerte, el amor se había transformado en odio, deseaba
con todas sus fuerzas acabar con aquel psicópata.
Estaba atrapada en una cárcel con las puertas abiertas
pero no quería huir dejando a aquella bestia
suelta, no permitiría que otras personas tuvieran
que pasar por el mismo calvario. No sabía cómo,
pero aquello tendría que tener un final, estaba dispuesta
a llegar hasta donde hiciera falta con tal de exterminar
a su maltratador, no confiaba en la ley ya que le pondrían
una orden de alejamiento, pero en la primera oportunidad
que tuviera él iría a por ella porque la había
amenazado de muerte. Ya no era una niña pequeña
e indefensa, algo se le ocurriría... últimamente
él llegaba de madrugada, sé hacia la dormida
para ver si se acostaba y pasaba el momento, pero ese
día no tuvo suerte. Comenzó a gritar y se
abalanzó sobre ella, le quito la ropa a tirones sometiéndola
a todo tipo de vejaciones, después empezó
a darle patadas y golpes. María sabía que
esa noche no saldría viva que le había llegado
la hora, conocía demasiado bien esa mirada de lobo
rabioso. Pedía socorro pero nadie acudía a
salvarla
Ante la desesperación llamo a Bady La perra salió
disparada para defender a su ama; atacó al agresor
tirándolo al suelo y apretando sus mandíbulas
en el cuello; no le dio tiempo de pedir auxilio. Ella
se quedo sentada en el suelo (creía que estaba pasando
una película delante de sus ojos). Veía como
el cuerpo de su marido convulsionaba y se estaba formando
un gran charco de sangre a su alrededor. Ni se inmutó:
estaba paralizada.
No sabía el tiempo que había transcurrido
hasta que comenzó a reaccionar, se sentía
como un paraguas que tras una fuerte ventisca había
quedado destrozado, lacio y con las varillas partidas por
la mitad.
Sin casi aliento escribió una nota ensangrentada:
Pedí auxilio y ninguna persona me socorrió;
Bady fue el único ser que me defendió, tal
vez si le hubiese pedido ayuda antes hubiese salvado
mi vida. Pero llegó tarde, aunque mi corazón
aun latía.
Arrastrándose llego hasta el cuarto de baño,
abrió el grifo de la bañera la llenó
de agua caliente, haciendo un gran esfuerzo para sumergirse
en ella. Bady se echó a su lado como era su costumbre…
Hacía tres días que había pasado la
tragedia. Bady no dejaba de aullar desconsolada. Entonces
fue cuando los vecinos alertados llamaron a la policía.
Llegaron al domicilio, llamaron y al no contestar nadie
tuvieron que forzar la puerta. Entraron en la casa: al marido
lo encontraron con el cuello desgarrado y desangrado.
Posteriormente siguieron inspeccionando todas las dependencias.
Al entrar en el cuarto de baño vieron un río
tintado de rojo. María, se había cortado las
venas…

Encontraron el diario de ella donde contaba
su vida con pelos y señales. En el último
párrafo había escrito:
“Estoy viviendo sí, pero muerta en vida. La
soledad siempre me acompaña y sé que no me
abandonará hasta el último segundo de mi vida”…