Pienso que esos hechos “aparentemente casuales”,
tienen una estrecha e íntima relación con el
destino y él es el causante de que se produzcan.
Que la mano del Creador está detrás de todos
ellos: ––ajustando una secuencia de la vida cotidiana
con la siguiente; como quien hace coincidir las piezas de
un puzzle––.
Quizás el hecho de pensar que no es la mano del hombre,
la que hace que ciertos acontecimientos de nuestra existencia
se produzcan sin haberlos preparado, o sin causa aparente,
nos hace dudar de que una fuerza poderosa los programe y nos
conduzca involuntariamente hacia caminos que por propia voluntad
nunca recorreríamos y que actúan en nuestro
beneficio.
A esos sucesos alternativos, que se nos ofrecen como señales
en el camino de nuestro programa evolutivo, que en muchas
ocasiones no entendemos, y no somos capaces de controlar,
los disfrazamos con el nombre de “casualidad”.
Pero no hagan caso de nada de lo que estoy diciendo, duden
incluso, de que estas reflexiones que les estoy haciendo sean
lógicas y formen parte del más común
de los sentidos.
Duden de que estén en este preciso instante leyéndolas
por “casualidad”.
Pero recuerden cuando, cómo y porqué se desencadenaron
en sus vidas una serie de accidentes casuales tales como:
signos de buena suerte y coincidencias.
Recuerden durante esa época que fue lo que desearon
y cómo el destino propulsó sus pensamientos
y los puso en movimiento…
… Porqué un trocito de la divinidad que llevamos
dentro nos pertenece desde el principio de la creación.
Esa diminuta esencia hace que colaboremos continuamente con
el Creador e interaccionemos activamente con las fuerzas del
universo.
Por eso somos capaces de destruir y crear, de odiar y de amar.
Y en ese continuo devenir de un lado a otro de la balanza,
buscamos el equilibrio en nuestras almas; una luz al final
del túnel y una nueva esperanza…
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