LA
CHARCA
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–Recoge
hilo, Santi –le dijo–. Y si crees que ya has esperado
demasiado, saca el anzuelo y vuelve a lanzar. Tampoco es cuestión
de hacer el primo.
–¿Estoy haciendo el primo? –preguntó
el chico.
–No. Solo es una forma de hablar. Pero, ¿qué
opinas tú? ¿Has esperado bastante?
Santi se encogió de hombros, un poco avergonzado bajo
la fija mirada del adulto. Al rehuirla, clavó los ojos
en el corcho que asomaba tímido a la superficie y que
era un punto rojo en una inmensa mancha verde parduzco. Lo
observó un buen rato. Parecía que su cabeza
diese vueltas alrededor de él. Ni siquiera apartó
la vista para contestar:
–Me parece que voy a lanzar otra vez.
–Muy bien –asintió Corrado en tono de aprobación.
El corcho se elevó sin hacer ruido y al poco lo siguió
el anzuelo, forrado en el cuerpo de la lombriz. Santi hizo
balancear el hilo, la caña casi en posición
vertical, y lo lanzó un poco más adentro de
la charca. Estaba satisfecho de sí mismo. Ligeras ondas
se suavizaron enseguida, volviendo el agua a su estado calmo.
El chico continuó aferrando la caña con ambas
manos.
–Puedes dejarla en el suelo –le dijo Corrado–.
Si pica alguno, lo sabrás enseguida.
Obedeciendo, Santi se recriminó no haberlo pensado
él antes. Tuvo que apartar un poco al perro, que nada
más llegar se había echado a dormir a su lado.
El animal se alzó, sacudió la cabeza hasta que
el lomo y el cuello se le contrajeron y entonces dobló
las patas para quedar de nuevo tirado en el suelo, entre ellos
dos. Era un perro de raza indefinida. Estirado apenas pasaría
del medio metro, y el pelaje escaso, de un marrón cremoso,
se pegaba a su piel haciéndose casi invisible. Por
su edad, debería haber tenido las orejas erguidas.
Sin embargo, estas le caían a los lados, y sus colmillos
parecían constituidos por un cartílago fino
y traslúcido.
Corrado se metió el índice bajo el cuello de
la camiseta. Tiró, separando el tejido pegado a su
torso por efecto del sudor. En la charca el sol rebotaba para
después atacarlo todo a su alrededor. Golpeaba primero
el agua, que apenas se alteraba, como si nada pudiese perturbar
su natural estancamiento. Y tras ese contacto, el sol salía
tocado de una hedionda humedad.
–Te gusta pescar, ¿eh, Santi?
–Me gusta mucho –se apresuró a decir el
chico–. Me encanta.
Corrado giró la cabeza, emitió un sonido bronco
y escupió entre los juncos.
–Y tu madre, ¿qué dice?
Santi levantó los hombros y los dejó caer. Ahora
sí miraba al adulto, los ojos grandes y redondos.
–Nunca la he visto pescar.
–Ya. Supongo que ahora ya no. Tu padre no es muy de
esas cosas.
–No –replicó Santi. Y bajó la vista
hacia el viejo y carcomido entablado.
El puesto de pesca salía a la charca de en medio de
una densa rivera de juncales. Su espacio no daba cabida a
más de dos personas o tres, y uno de sus ángulos
externos se había ido inclinando con los años
cada vez más y más sobre el agua. Ellos habían
llegado a través de un sendero abierto entre la maleza
que partía de la trasera de la casa del chico. Habían
portado consigo dos asientos plegables, los utensilios de
pesca y una bolsa de red dentro de un cubo que hasta el momento
no contenía nada más. El perro se les había
acoplado.
–Pero a tu madre le gustaba pescar –siguió
Corrado–. Yo sí que lo sé bien. Lo sé
porque de pequeños lo hacíamos. Primero tu abuelo,
que en paz descanse, nos enseñó. Y después
ella y yo veníamos solos a este mismo lugar y pescábamos.
Unas carpas preciosas y enormes. Porque hasta las carpas de
esta charca ya no son lo que eran. Antes el río corría
más, renovaba el agua y dejaba aquí sus buenas
carpas. Pero ahora...
Vio bostezar al perro. Ese animal podía estar cinco
minutos seguidos bostezando.
–¿Por qué crees que ha venido con nosotros?
–No lo sé –respondió el chico–.
Le gusta esto.
Santi observó como Corrado dejaba de mirar al animal
y contraía la mejilla izquierda en señal de
disgusto.
–Creía que solo iba detrás de tu padre
–dijo el hombre.
–Casi siempre. A veces me sigue a mí cuando vengo
a la charca.
–Pero el chucho es suyo, ¿no?
–No es que sea solo de él. Es de los tres, pero
papá lo trajo a casa. Le pasó por encima con
el coche, lo llevó enseguida al veterinario y allí
lo salvaron. Se quedó con esa pata rota, pero podría
haber muerto y se salvó. Al perro le gusta más
ir con él. Supongo que será por eso.
–Pues no parece que esté muy sano. ¿A
ti te lo parece?
–No entiendo de perros –dijo Santi, encogiéndose
de hombros otra vez.
–Claro. Yo tampoco los conozco bien del todo. Quizás
esté equivocado.
Algo se movió en alguna parte y hubo un agitar de maleza
y un golpe sordo y denso en el agua. Corrado se rascó
la barba mientras observaba pensativo su propio pedazo de
corcho rojo, semihundido en el agua turbia. Cogió la
caña. De nuevo se elevaron anzuelo y cebo, silenciosamente,
y acto seguido se produjo un chapoteo, una leve perturbación
en la superficie al ser impulsado el hilo más hacia
dentro. En lugar de devolverla al suelo, Corrado apoyó
la caña sobre sus piernas, aguantándola con
una mano. Los dos puntos rojos quedaban a la misma altura
y parecían incandescentes bajo el sol. El mismo sol
que hacía crepitar los juncales y la maleza.
–Sea como sea –dijo el hombre tras un rato–,
a mí este perro no me inspira nada bueno.
Santi mantuvo la boca cerrada. Dos moscas correteaban a través
del cuerpo escuálido del animal y solo cuando alguna
se atrevía a tomar el descenso de la cola provocaba
en este alguna reacción, que nunca pasaba del inofensivo
e inútil barrido. La mosca daba un par de vueltas en
el aire hasta posarse otra vez sobre el lomo o sobre la cabeza.
A Santi las palabras de Corrado le habían ocasionado
un repentino aumento de calor interno.
–¿A ti te gusta? –oyó al adulto–.
¿Te gusta el chucho?
De nuevo los hombros respondieron por el chico.
–¡No hagas eso, por el amor de Dios! –exclamó
Corrado–. Me molesta tanta indecisión. Un hombre
debe tener siempre una opinión firme. Y debe saber
defenderla también. ¿No te lo han enseñado?
–calló unos instantes y luego, mirando hacia
otra parte, añadió–: No. Supongo que no.
Durante un par de minutos solo se oyó el crepitar de
la vegetación y el esporádico zumbido de las
moscas.
–Mira –empezó Corrado, suavizando el tono–.
A mí por ejemplo este chucho me desagrada. No tengo
problema en admitirlo, como hombre que soy. Y hasta ahora
pensaba que tú también lo eras. Pero ya no estoy
tan seguro. ¿Eres un hombre? ¿Qué tienes
que decir?
–Tengo once años –contestó Santi.
–Eso da igual. Se puede ser un hombre a los cinco y
se puede no serlo a los cincuenta.
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–Yo
creo que soy un hombre.
–¡Muy bien! –aprobó Corrado, y el
chico tuvo que sujetarse las piernas–. Ahora, entonces,
óyeme. Yo digo que a mí este chucho me disgusta.
¿Qué dices tú?
Santi no se paró a pensarlo.
–No me gusta.
–¿Eso quiere decir que te es indiferente o que
te desagrada?
–No lo... –se cortó a tiempo.
Miró al perro por un instante. Tirado junto a la caña
de pescar, cualquiera diría que no iba a levantarse
nunca. Parecía muerto. Estaba muerto y las moscas buscaban
en su cuerpo las heridas ya secas porque llevaba tiempo muerto.
La cola se movió de un lado a otro y a esto le siguió
un zumbido que duró lo que una exhalación. Una
exhalación de muerto.
–Me desagrada –dijo Santi.
–¿Estás seguro? –preguntó
el adulto–. No quiero que lo digas solo porque lo he
dicho yo. Quiero que tengas tus propias opiniones.
–Estoy seguro.
–Así se habla –aseguró Corrado,
y al chico le entraron ganas de saltar y de contestar a un
sinfín de preguntas más.
Desde donde ellos estaban no se veía otra cosa más
allá de los juncos. Detrás del entablado que
asomaba a la charca, el sendero se retorcía, asfixiado
por paredes de más de dos metros de maleza y vegetación
salvaje. El agua no acusaba movimiento alguno y todo estaba
igual de quieto bajo el sol. Santi se imaginó por un
momento la charca como la cabeza de un enorme caimán.
El cuerpo y la cola se hundían bajo tierra y los dos
puntos rojizos eran los ojos que escrutaban el exterior. Algo
rascó la madera. Los dos vieron al perro de pie. Se
había levantado y se desperezaba, doblando las patas
traseras y estirando la delantera que le quedaba sana de forma
que se alineaba con el tronco. Al volver a su posición
normal, las uñas arañaron de nuevo los tablones,
haciendo nuevas marcas entre las múltiples que ya había.
Lentamente, el animal fue cojeando hasta el borde del entablado.
No ladró a su propia imagen, como habría hecho
otra clase de perro. Pronto giró la cabeza y, para
sorpresa de Santi, lo miró a él.
Raras veces lo miraba. Quizás llamaba su atención
porque quería algo, pero Santi no podía atenderle,
ya que había dicho que el perro le disgustaba. Lo había
dicho y así era realmente. Preocuparse por el perro
hubiese sido una contradicción y, aunque no estaba
muy seguro, suponía que eso no era propio de un hombre.
Se sintió mejor cuando el animal dejó de atosigarle.
Por el rabillo del ojo lo siguió mientras se apartaba
del borde para volver a tumbarse en el mismo sitio de antes,
junto a su caña de pescar. Respiró de nuevo
con tranquilidad y entonces oyó a su tío decir:
–¿Sabe nadar?
Santi lo miró como si no hubiera entendido la pregunta.
–El perro –aclaró Corrado.
–Nunca lo he visto tirarse al agua. Pero...
–¿Qué?
–Tiene una pata rota. Una pata delantera. No creo que
pueda nadar con una sola pata.
–Pero un perro como él debería poder nadar
–insistió Corrado, alzando el tono–. Con
una pata, con dos... Los perros nadan, ¿no crees?
–Sí. Los perros que están bien, sí.
–¿Qué significa estar bien?
–Estar bien –repitió Santi–. No tener
nada. Quiero decir... Éste tiene una pata rota.
Corrado clavó en el chico unos ojos duros, tan imperturbables
como el agua. Luego dijo:
–Yo de ti lo probaría.
–¿El qué? –logró pronunciar
Santi en un hilo de voz.
–Ver si nada. Lo lanzaría a la charca, bien adentro,
a ver qué pasa.
–No nadará –se apresuró a decir
el chico.
–Hace un momento dijiste que no lo creías. ¿Es
eso un “no nadará” o un “es posible
que nade”?
–No lo sé –admitió.
–Ése es el problema. Deberías saberlo.
Por eso te recomiendo que hagas la prueba. A ninguno de los
dos nos gusta ese chucho, pero ni siquiera le hemos dado una
oportunidad. ¿Es eso justo?
–Puede ahogarse.
–Sí –replicó Corrado sin alterar
el tono–. Pero en lo que a ti y a mí respecta,
¿qué nos importa? Si se salva, habrá
ganado algo a nuestros ojos. Tal vez un poco de respeto. Si
se ahoga, nosotros no habremos perdido nada.
–Pero papá...
–No lo sabrá –le cortó el adulto–.
El chucho se fue de paseo, seguramente dio un traspié,
por esa maldita pata suya, y cayó a la charca. Una
lástima que no supiese nadar. Aunque quizá sí
sepa y estemos diciendo tonterías.
Santi ya no tuvo fuerzas para contestar. Sentía un
malestar en las tripas que se iba extendiendo hasta la cabeza,
y esta palpitaba como si todo el sol de repente hubiese querido
concentrarse allí. Se quitó la gorra, se enjugó
la frente con el antebrazo y se la volvió a encasquetar.
Quiso volver a casa lo antes posible. Pero no podía.
El perro dormitaba, tirado de costado sobre las tablas. Las
costillas aparecían y desaparecían bajo la piel
con cada aspiración, cuando su vientre se hinchaba
como una bolsa de cuero áspero y sin curtir. Una de
las moscas le pasó por el surco del parpado. Eso lo
despertó. Abrió y cerró los ojos y cambió
de posición, colocándose la pata sana de delante
por encima del hocico. Santi evitó fijarse en él.
Corrado escupió entre los juncos, levantó el
extremo de la caña para volver a tirar el anzuelo más
adentro.
–Será algo entre los dos. Entre hombres. Porque
los hombres, Santi, saben mantener un secreto. Eso los une
y los hace más fuertes, y es importante que así
sea, porque quien no lo comparta no llegará demasiado
lejos. Ni en esta charca, ni en esta tierra, ni en esta porquería
de mundo. ¿Lo entiendes?
Santi afirmó secamente con la cabeza.
–Muy bien –le felicitó su tío–.
Estás aprendiendo deprisa hoy, chico. Lástima
que los peces no quieran echarte una mano. No se puede tener
todo de un golpe. ¿Qué te parece si vuelvo un
momento a tu casa y traigo unos refrescos? Saludaré
a tu madre, ya que estoy, y le diré que lo estamos
pasando en grande. Le diré que su hijo ya es todo un
hombrecito.
Corrado se inclinó para dejar la caña en el
suelo, se puso de pie y, volviendo la espalda a la charca,
tomó el sendero que surcaba la maleza. Apenas había
llegado al primer recodo cuando se detuvo otra vez para hablar
al chico.
–Dentro de unos años, ¿quién sabe?
Posiblemente podremos contárselo a ella. Para entonces,
si las cosas han cambiado, todo se habrá convertido
en una especie de broma. Y ella reirá tanto como nosotros
o más. No pierdas la fe, Santi. Los hombres nunca lo
hacen.
Los pasos del adulto se habían perdido y otra vez estaba
solo el crepitar, constante y viejo como el sol. Insistentemente,
las moscas jugaban en su terreno resbaladizo, tortuoso. El
agua estaba calma, hasta que algo en el centro de la charca
comenzó a agitarla. Hizo que se removiese hasta en
el último de sus rincones y siguió agitándola,
más y más profundamente. |
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Este
relato está incluido en el libro “Trama
de grises” (Ediciones Contrabando). |
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