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relato Jerónimo García Tomás

TERRONES DE AZÚCAR




–¿Desde cuándo tomas café?
–¿También me vas a decir que no debería?
La cucharilla daba vueltas y más vueltas, acaparando por completo la atención de Hernán. Todo lo demás, el ajetreo del restaurante, caía en un sordo rumor bajo el insistente repiquetear en la taza, entre ellos dos.
–Si quieres… Pero no abuses, por favor. Tu organismo aún no lo asimila bien.
–Ya sé –dijo Cati–. Se trata de mi organismo y de lo que puedo y no puedo asimilar.
Él no logró replicar ante eso.
Era un hombre de constitución ancha, no muy gordo. La fisonomía de su rostro resultaba blanda, sin relieve, y su boca comenzaba a parecerse demasiado a un trozo de plastilina moldeado por manos infantiles. Sus ojos se movieron inquietos tras las gafas, recorriendo la mesa como si buscaran algo. El mantel de papel tenía marcas de platos recientes. Del lado de la chica se veían los arañazos que había hecho jugando con su tenedor. Hernán seguía un poco sorprendido por la Cati que tenía delante, con aquella estrecha cazadora vaquera y la gorra de béisbol roja ciñéndole el cabello castaño y muy liso. Las líneas de sus mejillas y pómulos se habían acentuado. Los delgados labios tenían un tono más vivo que destacaba en la blancura del rostro, donde antaño asomaran venitas azules.
Los ojos de Hernán dejaron de vacilar y se centraron en la taza. Con las puntas de los dedos pulgar e índice, Cati sostenía un terrón de azúcar, mitad dentro y mitad fuera del café. Era el tercero con el que hacía lo mismo. El líquido iba ascendiendo por capilaridad y Hernán observaba la porción blanca e iridiscente teñirse poco a poco de marrón oscuro. Ya empapado por completo, el terrón quedó libre para hundirse bajó la negra superficie.
–Bueno, mejor lo dejamos ahí –dijo ella–. Me alegro de haber comido bien. Pero aún estoy enfadada con el tío por haberte avisado.
–¿Tanto te molesta verme?
–Me molesta no poder confiar en nadie. Que estés aquí no importa mucho, supongo. De todas formas, haré lo que quiera.
–Lo podríamos discutir, por lo menos.
–No –replicó ella con firmeza. Alzó la taza y sus labios se encogieron hasta formar un punto desde el que soplar–. Dices “discutirlo”, pero quieres decir que tendría que hacer lo que tú quisieras. Cualquier decisión mía será mala y puedes obligarme a tomar otra porque te preocupas por mí y sabes lo que me conviene.
–De ningún modo –aseguró él–. Pero tendrías que ver también mi punto de vista.
–Eso ya lo veo. Solo digo que no discutiremos nada.
–Está bien.
Cati sorbió por fin un poco de café y dejó la taza cuidadosamente sobre el platillo de cristal. Una luz cruda penetraba a través del ventanal, bañándola de perfil. Se había empeñado en descorrer la cortina y echaba ojeadas de vez en cuando al terreno, donde los traileres marchaban renqueantes, lanzando abruptas exhalaciones al avecinarse o al salir de vuelta a la carretera. No había mucho más que eso.
Por entre las mesas más apartadas de la pared, las camareras se movían en sus uniformes ocres, anotando pedidos o portando bandejas humeantes. En uno de los ángulos del fondo, un televisor daba las noticias. Las palabras del locutor apenas eran reconocibles al llegar hasta Cati y Hernán.
–De lo que hablaba antes –continuó ella– era de que es duro darse cuenta. Ya no me queda nadie en quien confiar. Me costó horrores llamar al tío Sergio. Aunque estaba casi segura de que él no se subiría por las paredes. Y va y lo que hace es avisarte.
–Hizo lo que debía.
–Ya. Eso será para vosotros. De todas formas, yo ni siquiera sabía que estabas viviendo con él. Si no...
–¿Adónde podía ir? –dijo Hernán, mirando los vehículos estacionados en el exterior–. Casi habría preferido que no me soltasen, sin dinero ni donde quedarme. Tampoco es que me gustase recurrir a mi hermano. Pero no tenía otra cosa. Él me desprecia más que nadie, ¿sabes?
–Sí. Pero aún así, te hace venir.
–Todavía piensa que mi obligación es ocuparme de ti. Sobretodo... Creo que lo ve como una penitencia, o algo por el estilo.
–¿Y no le da miedo?
Había hecho la pegunta con naturalidad, sin importarle la reacción que pudiera causar.
Hernán bajó la cabeza, sus manos una sobre otra, la de arriba fuertemente cogida a la de abajo.
Cerca de ellos, una pareja y tres niños arrastraban las sillas para levantarse. La madre dejó unas monedas en la mesa y los cinco marcharon en dirección a la salida. La clientela que quedaba se componía en su mayoría de camioneros y trabajadores del polígono vecino. Cati miró por la ventana. El cielo estaba despejado. El recto horizonte se dibujaba nítido más allá de la franja de asfalto y la llanura.
Pasaron casi dos minutos hasta que Hernán tragó saliva y aflojó la mandíbula.
–Supongo que no. Supongo que él ha visto en mí lo suficiente para comprender que nada de aquello volvería a suceder. –Esperó un poco, como reuniendo fuerzas, antes de añadir–: ¿Tú tendrías miedo?
Cati se encogió de hombros.
–Tampoco pienso en eso –dijo–. Aunque no lo creáis, no es lo que más me preocupa ahora.
–Me alegro –se apresuró a decir él, súbitamente reconfortado–. Si tan solo pudiera convencerte…
–No vamos a hablarlo.
–Lo sé, lo sé… Pero, escucha, no diré nada más. Solo que entonces yo estaba... Quiero decir… Pasaba por una crisis... Tú todavía no puedes saber lo que es, gracias al cielo. Ojalá nunca puedas.
–¿Por qué no? ¿Por qué sería mejor no saberlo?
–Por el precio –respondió él–. Es un precio muy alto.
–Vaya hora para salir con esas. –Cati apartó la cara e hizo una mueca, hinchando los carrillos–. Además, está mal que intentes justificarte.
–No intento justificarme.
–Vale, vale… Pero eso de soltarme lo de la crisis y demás... Si lo que buscas es que me fíe de ti, ¿qué significa todo eso? Pasabas un mal momento, ¿y qué? La sesera no te funcionaba bien, ¿y qué? Eso no nos da mucha confianza, ¿no? Dentro de un tiempo podrías estar ahí otra vez. Igual mañana mismo.
–No después de pasar por aquello. Ya sufrí demasiado.
–No solo tú –puntualizó ella, casi sin intención.
–Y lo lamento –masculló él.
–Mira. Alto ahí. He dicho que no hablaríamos y es justo lo que estamos haciendo. Ya me has liado, ¡mierda!
–Yo no…
–Me has liado –repitió–. Estoy harta de tener que hablar y hablar como si fuese lo único importante que me ha pasado en la vida. Tengo otras cosas en las que pensar.
–Ya lo veo. No hace falta que me lo jures.
–Menos mal.
Ambos lo dejaron estar. El aire seguía llenándose con el ronroneo de las comidas. Docenas de conversaciones se fundían unas sobre otras y lo que quedaba tenía tanto sentido como el constante debate de los cubiertos en el plato. Unos cuantos hombres en vaqueros y camisa se habían agrupado junto a la barra, donde el encargado llenaba una copa tras otra bajo el grifo de cerveza.
–Pero ¿cómo te dio por ahí? –preguntó él, al rato–. Si no querías ir con tu abuela, lo entiendo, pero ¿no podías decírselo a tu madre, sin más?
–No es tan fácil.
–¿Por qué no?
–Porque no era cuestión de decir “mamá, quiero ir” o “mamá, quiero quedarme”. En realidad, tampoco había pensado nada hasta que estuve en el autobús.
–Y en el autobús te diste cuenta de que no querías ir a vivir a la ciudad, con tu abuela. Lo entiendo perfectamente.
–¡Joder! –soltó ella, con exasperación–. ¿Qué vas a entender? Es igual que con mamá. Para vosotros todo tiene sentido siempre que lo podáis ver así o asá. Como más os interesa. Igual que estás haciendo tú ahora.
–¿Yo? –Hernán levantó las cejas, señalándose el pecho con el pulgar.
–Dices que me di cuenta de que no quería vivir con la abuela porque te gustaría que no quisiese vivir con ella.
Hernán alzó las manos como para dar pie a una acalorada réplica. Luego las volvió a bajar, más despacio.
–De acuerdo. Es injusto, pero te lo aceptaré.
–Bien.
Dos hombres de mediana edad, con monos y botas raídas, se habían sentado a la mesa antes ocupada por la familia. El de pelo más blanco hizo un comentario por lo bajo al otro y los dos sonrieron al ver acercarse a una camarera de pestañas postizas. Hernán les observó con cierta irritación. Su gesto se volvió más agrio al ver cómo la mujer sacaba su libreta del delantal sin inmutarse.
Cati chupaba la cucharilla como si fuese una piruleta, la mejilla apoyada en un puño. Sus ojos, clavados en el cristal, se entrecerraban ante el reflejo de los rayos de sol en la superficie granulosa de la carretera y en la chapa de los remolques.
Hernán carraspeó para llamar su atención.
–Así que estás en el autobús y empiezas a plantearte… lo que sea. Y luego en aquella estación de servicio decides no volver a subir.
–Exacto.
–Sales y montas en el primer coche que pasa. Para ir… ¿dónde?
–Ya te lo dije. Me daba igual.
–¿Soltabas eso a los conductores?
–Claro que no. Primero: “¿Hacia dónde vais?”, y entonces: “¡Qué casualidad!”
–¿Sabes lo que te podría haber pasado, con la clase de gente que ronda por ahí?
–Mira quién fue a hablar.
–¡Por Dios! –Hernán bajó la cabeza otra vez, se la cogió entre las manos.
–Tiene gracia –siguió Cati, haciendo caso omiso de su reacción–. Para alguien como yo es facilísimo hacer auto-stop. ¿Sabes por qué? Me di cuenta. La gente te coge enseguida porque tiene miedo de que lo haga otro. Otro que sea un loco. Imagínatelo: dejas a una cría en la carretera y al llegar a casa vas y enchufas las noticias y ¡zas!

 
–Cállate, por favor.
–Vale. El caso es que no sabía a dónde ir. Creo que me imaginaba llegando a algún pueblo, encontrando un rincón... Yo qué sé. Sabía que el dinero me daría para poco y llamé al tío por si él podía mandarme algo. Aunque igual no necesitaba más tiempo.
–Más tiempo, ¿para qué?
–Para decidirme. A lo mejor ir con la abuela no era tan mala idea. Pero tenía que estar segura. Solo la he visto dos veces en toda mi vida. Ni siquiera la recuerdo demasiado bien.
–Es una arpía –comentó él, demasiado deprisa.
–No sigas por ahí.
Hernán hizo un gesto con las manos en señal de conformidad. Se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz y adoptó como pudo la actitud del imparcial.
–También era por la ciudad –dijo Cati, mirando la mesa–. Tengo que reconocerlo. Es ridículo, pero... La abuela y la ciudad eran algo demasiado extraño.
–No es tan ridículo. No lo es en absoluto.
–Sí que lo es. Sobretodo en alguien que se escapa haciendo auto-stop y duerme en pueblos en los que nunca ha estado. Todavía no llego a entenderlo.
Mantuvo aquella expresión absorta hasta que todo su cuerpo pareció distenderse. Se reclinó en el respaldo, apoyando el antebrazo en la mochila, al lado de su asiento. Observándola, los rasgos de Hernán se cubrían de un velo de congoja.
–Entonces lo has hecho. Te has decidido.
–¡Ojalá! Pero por mucho que lo piense… Lo peor es que no parece que me hayan dejado ninguna opción. Desde luego, quedarme con mamá ya no lo era.
–¿Cómo que no? –preguntó él, intrigado.
–Bueno –comenzó a explicar–. Tú no has visto cómo ha cambiado todo en dos años. Ella ya está bastante desquiciada y me hace la vida imposible. Es lo que te decía antes: se supone que tengo que dejar atrás lo que pasó pero parece que nadie quiere olvidarlo. Entonces, ¿cómo voy a hacerlo? Y aunque no fuese por eso...
–¿Hay más?
–Mamá me cambió de colegio. Pero era lo mismo. Todos me conocen, ¿no? Ella siempre dice que la culpa es de vivir en un pueblo. El que no sabe, acaba sabiendo. Y en la escuela no paran de decirme cosas, como que a mí ya me han dejado el chocho listo, o que cuando sea mayor haré películas porno, que es donde acaban todas las que han pasado por eso con sus padres. Yo qué sé. ¿Tú has visto muchas películas de esas?
–¡Jesús! –pronunció él, arrastrando la palabra como una pesada carga.
Se cubrió el rostro con las palmas de las manos, las dejó resbalar hacia abajo y se quedó mirando a un punto en el techo alto de madera. Un fuerte olor a asado de cordero le atacaba la nariz, haciéndosele de pronto insoportable. Oyó la voz de Cati llamar a la camarera.
La misma mujer de pestañas postizas que ignoraba las groserías de los hombres fue hasta ellos.
–¿Podría traerme otro café solo? –pidió Cati.
La camarera clavó en Hernán una mirada significativa.
–¿Más café? –dijo él–. ¿Para qué necesitas más café?
–No lo necesito. Me apetece. ¿Es un pecado?
Él no añadió nada más. La mujer esperó de pie unos segundos, mirándole con el ceño fruncido. Después tomó la taza vacía de la mesa, se dio la vuelta y marchó hacia la barra.
–Bien, Cati –empezó a decir él–. Te he estado escuchando y… aunque no lo creas, entiendo tus motivos. Es lo normal, cuando pensamos que no nos quedan opciones. Nos sentimos presionados y…
Se interrumpió para estudiar la expresión de ella pero no vio nada que le fuese de ningún valor. Entonces dijo:
–Adonde quiero ir a parar es a que tú ahora sí tienes otra opción.
–¿Ir contigo? –preguntó ella, sin variar el tono.
–Exacto.
–No sé.
–¿Qué has de saber? ¿Prefieres vivir con una anciana a quien prácticamente ni conoces, en un lugar peligroso al que no estás acostumbrada? Yo cuidaré de ti, te protegeré siempre, hasta el día de mi muerte, y nunca permitiré que te falte de nada.
–Vale. Pero aparte del peligro…
–No hay tal peligro –aseguró él, en tono grave–. Lo juro por lo más sagrado, Cati. Antes me mataría.
–Aparte de eso. ¿Te crees que lo permitirán?
–Querrán separarnos, claro. Pero, ¿qué pueden hacer si has tomado tu propia decisión? Yo ya pasé lo que me tocaba. He cumplido. Además, el tío Sergio estará con nosotros. Él me vigilará, en caso de que alguien lo vea necesario.
La camarera reapareció de pronto en su campo de visión. Esta vez ni siquiera le dirigió la mirada. Dejó la taza delante de Cati y colocó en el borde del platillo un paquete con dos terrones. Cati quiso saber si le podía dar más. La mano de la mujer se introdujo en el bolsillo de la falda ocre, extrajo otros dos paquetes y los dejó sobre la mesa.
–Pides café y luego lo desbordas de azúcar –dijo Hernán, cuando la camarera hubo desaparecido–. Así ni siquiera sabe a café. Te convendría pedir otra cosa.
–Sabe a café –contestó Cati, abriendo el segundo paquete–. Y está bueno. Vosotros, los adultos, tenéis que tomarlo todo amargo. Os gusta así. Pero nosotros no tenemos por qué hacerlo igual, ¿verdad? Existe el azúcar, ¿no?
–No he dicho nada.
–Vale.
Echó todos los terrones menos uno, que quedó abandonado en el último envoltorio de papel abierto sobre el mantel, e hizo tintinear lentamente la cuchara dentro de la taza. Hernán la contempló. Trataba de hacer coincidir la imagen actual con la que él había guardado y cuidado con tanto celo en su mente durante los dos últimos años.
–¿Qué me contestas, entonces?
–¿Tengo que contestar algo? –dijo ella–. ¿Ahora?
–Bueno, no –se retractó–. Claro que no. Pero… ¿qué vas a hacer? ¿Desaparecer otra vez, esperando un buen día descubrir lo que quieres? No tiene mucho sentido.
–Ya.
–¿Y si vienes a casa del tío Sergio y lo decides allí? Con tu madre ya no puedes estar, y en la ciudad hay demasiado alboroto para pensar con claridad. Vente conmigo. Antes te gustaba esa casa.
–Me acuerdo.
–Quizá por eso llamaste al tío.
–Quizá. Tampoco estaba como para pararme a pensar en razones asociativas. ¡Mierda! –soltó de repente–. ¿Has visto lo que he dicho? Así tampoco puedes culpar a los niños de mi colegio. ¿Cuántas crías de trece años hablan como yo? “Razones asociativas”. Ese es el resultado de tanta prueba y tanto psicólogo: una chica lista con el chocho listo.
–Es terrible que pienses eso de ti misma. Terrible.
–Es lo que hay.
–Escúchame, Cati. Ahora tienes la oportunidad de cambiarlo, de volver a sentirte una niña normal. Por lo que más quieras, piénsalo. Pero piénsalo con sensatez.
Terminó de hablar y quedó inclinado hacia delante, los ojos fijos en ella, casi con una súplica escrita. La gente se levantaba, ahogando el sonido del televisor y de las demás charlas. El local empezaba a vaciarse. Varias camareras habían dejado de anotar pedidos. Recogían mesas y barrían del suelo todo vestigio de presencia humana. La barra al fondo seguía ocupada por los camioneros, que hacían durar sus cervezas al máximo para no tener que regresar todavía al hastío de los kilómetros y la franja gris.
Las piernas de Cati se balanceaban por debajo de la mesa. No parecía reflexionar sobre nada, hinchando y vaciando los carrillos y dando sorbos a la taza, que cogía por el borde con las yemas los dedos.
Pasado un rato, dijo:
–Muy bien. Déjame ir al baño.
Le dio la espalda y cruzó el comedor hasta el umbral situado al final de la barra. Las puertas batientes, pintadas de marrón oscuro, se la tragaron con suavidad.
Hernán miró por la ventana. Un camión azul y rojo salió reculando del espacio de estacionamiento, hizo una compleja maniobra en el centro del terreno y partió dejando tras de sí una nube de polvo que fue a cubrir los cristales. El panorama se hizo borroso. El viento impedía que el polvo se aposentase de nuevo. Se llevó las manos al rostro. Vio la taza de café vacía, al otro lado de la mesa. Alargó el brazo y cogió el terrón de azúcar que había quedado dentro del envoltorio abierto. Se lo llevó a la boca. Lo mantuvo presionado entre la lengua y el paladar superior, sintiendo como la saliva lo empapaba progresivamente y como perdía su consistencia, se reblandecía. Un dulzor empalagoso le invadió la boca, se fue expandiendo más y más.
El televisor estaba apagado. De la cocina llegaba ruido de vasos y cubiertos. Ella ya no se encontraba en el baño. No la había visto salir, pero ahora el rojo de su gorra se destacaba al otro extremo del local, junto a la barra. Se había detenido para hablar con el grupo de camioneros. Desde la distancia, él no podía más que observar los movimientos de sus manos, acompañando sus palabras. Uno de los hombres, de pelo negro y barba incipiente, hacía señas en dirección al aparcamiento y lanzaba réplicas cortas a Cati al tiempo que asentía con la cabeza.
Los ojos de Hernán comenzaron a empañarse. Una delgada línea húmeda quedó trazada en su mejilla y sus labios recogieron un cierto regusto a sal.
Cati regresó a su asiento. Le miró.
–Vamos. Tampoco te lo tomes así.
–Te quiero. –Al decir esto, Hernán tragó involuntariamente la porción de azúcar que aún no se había disuelto en su boca.
–Claro.
El pequeño trozo, áspero y rugoso, se había quedado bloqueado en la garganta y no quería pasar de ahí. Rascaba. Era terriblemente molesto.
Cati metía un brazo por el asa de la mochila. El camionero le hizo un gesto de camino hacia la puerta y ella indicó con la cabeza que le seguiría enseguida. Se dio la vuelta, encarando a Hernán.
–Bien...
Él no podía emitir palabra. Con aquella cosa en la garganta, ni siquiera se atrevía a intentarlo, por miedo a causarse un dolor mayor.
La mochila a los hombros, Cati seguía allí de pie, los brazos a los costados, mirándole.
Este relato está incluido en el libro “Trama de grises” (Ediciones Contrabando).

Relatos seleccionados por el narrador© Jerónimo García Tomás, para su publicación en la revista mis Repoelas:




El contrato del gas


La charca


Terrones de azúcar


 


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras