TERRONES
DE AZÚCAR
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–¿Desde
cuándo tomas café?
–¿También me vas a decir que no debería?
La cucharilla daba vueltas y más vueltas, acaparando
por completo la atención de Hernán. Todo lo
demás, el ajetreo del restaurante, caía en un
sordo rumor bajo el insistente repiquetear en la taza, entre
ellos dos.
–Si quieres… Pero no abuses, por favor. Tu organismo
aún no lo asimila bien.
–Ya sé –dijo Cati–. Se trata de mi
organismo y de lo que puedo y no puedo asimilar.
Él no logró replicar ante eso.
Era un hombre de constitución ancha, no muy gordo.
La fisonomía de su rostro resultaba blanda, sin relieve,
y su boca comenzaba a parecerse demasiado a un trozo de plastilina
moldeado por manos infantiles. Sus ojos se movieron inquietos
tras las gafas, recorriendo la mesa como si buscaran algo.
El mantel de papel tenía marcas de platos recientes.
Del lado de la chica se veían los arañazos que
había hecho jugando con su tenedor. Hernán seguía
un poco sorprendido por la Cati que tenía delante,
con aquella estrecha cazadora vaquera y la gorra de béisbol
roja ciñéndole el cabello castaño y muy
liso. Las líneas de sus mejillas y pómulos se
habían acentuado. Los delgados labios tenían
un tono más vivo que destacaba en la blancura del rostro,
donde antaño asomaran venitas azules.
Los ojos de Hernán dejaron de vacilar y se centraron
en la taza. Con las puntas de los dedos pulgar e índice,
Cati sostenía un terrón de azúcar, mitad
dentro y mitad fuera del café. Era el tercero con el
que hacía lo mismo. El líquido iba ascendiendo
por capilaridad y Hernán observaba la porción
blanca e iridiscente teñirse poco a poco de marrón
oscuro. Ya empapado por completo, el terrón quedó
libre para hundirse bajó la negra superficie.
–Bueno, mejor lo dejamos ahí –dijo ella–.
Me alegro de haber comido bien. Pero aún estoy enfadada
con el tío por haberte avisado.
–¿Tanto te molesta verme?
–Me molesta no poder confiar en nadie. Que estés
aquí no importa mucho, supongo. De todas formas, haré
lo que quiera.
–Lo podríamos discutir, por lo menos.
–No –replicó ella con firmeza. Alzó
la taza y sus labios se encogieron hasta formar un punto desde
el que soplar–. Dices “discutirlo”, pero
quieres decir que tendría que hacer lo que tú
quisieras. Cualquier decisión mía será
mala y puedes obligarme a tomar otra porque te preocupas por
mí y sabes lo que me conviene.
–De ningún modo –aseguró él–.
Pero tendrías que ver también mi punto de vista.
–Eso ya lo veo. Solo digo que no discutiremos nada.
–Está bien.
Cati sorbió por fin un poco de café y dejó
la taza cuidadosamente sobre el platillo de cristal. Una luz
cruda penetraba a través del ventanal, bañándola
de perfil. Se había empeñado en descorrer la
cortina y echaba ojeadas de vez en cuando al terreno, donde
los traileres marchaban renqueantes, lanzando abruptas exhalaciones
al avecinarse o al salir de vuelta a la carretera. No había
mucho más que eso.
Por entre las mesas más apartadas de la pared, las
camareras se movían en sus uniformes ocres, anotando
pedidos o portando bandejas humeantes. En uno de los ángulos
del fondo, un televisor daba las noticias. Las palabras del
locutor apenas eran reconocibles al llegar hasta Cati y Hernán.
–De lo que hablaba antes –continuó ella–
era de que es duro darse cuenta. Ya no me queda nadie en quien
confiar. Me costó horrores llamar al tío Sergio.
Aunque estaba casi segura de que él no se subiría
por las paredes. Y va y lo que hace es avisarte.
–Hizo lo que debía.
–Ya. Eso será para vosotros. De todas formas,
yo ni siquiera sabía que estabas viviendo con él.
Si no...
–¿Adónde podía ir? –dijo
Hernán, mirando los vehículos estacionados en
el exterior–. Casi habría preferido que no me
soltasen, sin dinero ni donde quedarme. Tampoco es que me
gustase recurrir a mi hermano. Pero no tenía otra cosa.
Él me desprecia más que nadie, ¿sabes?
–Sí. Pero aún así, te hace venir.
–Todavía piensa que mi obligación es ocuparme
de ti. Sobretodo... Creo que lo ve como una penitencia, o
algo por el estilo.
–¿Y no le da miedo?
Había hecho la pegunta con naturalidad, sin importarle
la reacción que pudiera causar.
Hernán bajó la cabeza, sus manos una sobre otra,
la de arriba fuertemente cogida a la de abajo.
Cerca de ellos, una pareja y tres niños arrastraban
las sillas para levantarse. La madre dejó unas monedas
en la mesa y los cinco marcharon en dirección a la
salida. La clientela que quedaba se componía en su
mayoría de camioneros y trabajadores del polígono
vecino. Cati miró por la ventana. El cielo estaba despejado.
El recto horizonte se dibujaba nítido más allá
de la franja de asfalto y la llanura.
Pasaron casi dos minutos hasta que Hernán tragó
saliva y aflojó la mandíbula.
–Supongo que no. Supongo que él ha visto en mí
lo suficiente para comprender que nada de aquello volvería
a suceder. –Esperó un poco, como reuniendo fuerzas,
antes de añadir–: ¿Tú tendrías
miedo?
Cati se encogió de hombros.
–Tampoco pienso en eso –dijo–. Aunque no
lo creáis, no es lo que más me preocupa ahora.
–Me alegro –se apresuró a decir él,
súbitamente reconfortado–. Si tan solo pudiera
convencerte…
–No vamos a hablarlo.
–Lo sé, lo sé… Pero, escucha, no
diré nada más. Solo que entonces yo estaba...
Quiero decir… Pasaba por una crisis... Tú todavía
no puedes saber lo que es, gracias al cielo. Ojalá
nunca puedas.
–¿Por qué no? ¿Por qué sería
mejor no saberlo?
–Por el precio –respondió él–.
Es un precio muy alto.
–Vaya hora para salir con esas. –Cati apartó
la cara e hizo una mueca, hinchando los carrillos–.
Además, está mal que intentes justificarte.
–No intento justificarme.
–Vale, vale… Pero eso de soltarme lo de la crisis
y demás... Si lo que buscas es que me fíe de
ti, ¿qué significa todo eso? Pasabas un mal
momento, ¿y qué? La sesera no te funcionaba
bien, ¿y qué? Eso no nos da mucha confianza,
¿no? Dentro de un tiempo podrías estar ahí
otra vez. Igual mañana mismo.
–No después de pasar por aquello. Ya sufrí
demasiado.
–No solo tú –puntualizó ella, casi
sin intención.
–Y lo lamento –masculló él.
–Mira. Alto ahí. He dicho que no hablaríamos
y es justo lo que estamos haciendo. Ya me has liado, ¡mierda!
–Yo no…
–Me has liado –repitió–. Estoy harta
de tener que hablar y hablar como si fuese lo único
importante que me ha pasado en la vida. Tengo otras cosas
en las que pensar.
–Ya lo veo. No hace falta que me lo jures.
–Menos mal.
Ambos lo dejaron estar. El aire seguía llenándose
con el ronroneo de las comidas. Docenas de conversaciones
se fundían unas sobre otras y lo que quedaba tenía
tanto sentido como el constante debate de los cubiertos en
el plato. Unos cuantos hombres en vaqueros y camisa se habían
agrupado junto a la barra, donde el encargado llenaba una
copa tras otra bajo el grifo de cerveza.
–Pero ¿cómo te dio por ahí? –preguntó
él, al rato–. Si no querías ir con tu
abuela, lo entiendo, pero ¿no podías decírselo
a tu madre, sin más?
–No es tan fácil.
–¿Por qué no?
–Porque no era cuestión de decir “mamá,
quiero ir” o “mamá, quiero quedarme”.
En realidad, tampoco había pensado nada hasta que estuve
en el autobús.
–Y en el autobús te diste cuenta de que no querías
ir a vivir a la ciudad, con tu abuela. Lo entiendo perfectamente.
–¡Joder! –soltó ella, con exasperación–.
¿Qué vas a entender? Es igual que con mamá.
Para vosotros todo tiene sentido siempre que lo podáis
ver así o asá. Como más os interesa.
Igual que estás haciendo tú ahora.
–¿Yo? –Hernán levantó las
cejas, señalándose el pecho con el pulgar.
–Dices que me di cuenta de que no quería vivir
con la abuela porque te gustaría que no quisiese vivir
con ella.
Hernán alzó las manos como para dar pie a una
acalorada réplica. Luego las volvió a bajar,
más despacio.
–De acuerdo. Es injusto, pero te lo aceptaré.
–Bien.
Dos hombres de mediana edad, con monos y botas raídas,
se habían sentado a la mesa antes ocupada por la familia.
El de pelo más blanco hizo un comentario por lo bajo
al otro y los dos sonrieron al ver acercarse a una camarera
de pestañas postizas. Hernán les observó
con cierta irritación. Su gesto se volvió más
agrio al ver cómo la mujer sacaba su libreta del delantal
sin inmutarse.
Cati chupaba la cucharilla como si fuese una piruleta, la
mejilla apoyada en un puño. Sus ojos, clavados en el
cristal, se entrecerraban ante el reflejo de los rayos de
sol en la superficie granulosa de la carretera y en la chapa
de los remolques.
Hernán carraspeó para llamar su atención.
–Así que estás en el autobús y
empiezas a plantearte… lo que sea. Y luego en aquella
estación de servicio decides no volver a subir.
–Exacto.
–Sales y montas en el primer coche que pasa. Para ir…
¿dónde?
–Ya te lo dije. Me daba igual.
–¿Soltabas eso a los conductores?
–Claro que no. Primero: “¿Hacia dónde
vais?”, y entonces: “¡Qué casualidad!”
–¿Sabes lo que te podría haber pasado,
con la clase de gente que ronda por ahí?
–Mira quién fue a hablar.
–¡Por Dios! –Hernán bajó la
cabeza otra vez, se la cogió entre las manos.
–Tiene gracia –siguió Cati, haciendo caso
omiso de su reacción–. Para alguien como yo es
facilísimo hacer auto-stop. ¿Sabes por qué?
Me di cuenta. La gente te coge enseguida porque tiene miedo
de que lo haga otro. Otro que sea un loco. Imagínatelo:
dejas a una cría en la carretera y al llegar a casa
vas y enchufas las noticias y ¡zas!
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–Cállate,
por favor.
–Vale. El caso es que no sabía a dónde
ir. Creo que me imaginaba llegando a algún pueblo,
encontrando un rincón... Yo qué sé. Sabía
que el dinero me daría para poco y llamé al
tío por si él podía mandarme algo. Aunque
igual no necesitaba más tiempo.
–Más tiempo, ¿para qué?
–Para decidirme. A lo mejor ir con la abuela no era
tan mala idea. Pero tenía que estar segura. Solo la
he visto dos veces en toda mi vida. Ni siquiera la recuerdo
demasiado bien.
–Es una arpía –comentó él,
demasiado deprisa.
–No sigas por ahí.
Hernán hizo un gesto con las manos en señal
de conformidad. Se ajustó las gafas sobre el puente
de la nariz y adoptó como pudo la actitud del imparcial.
–También era por la ciudad –dijo Cati,
mirando la mesa–. Tengo que reconocerlo. Es ridículo,
pero... La abuela y la ciudad eran algo demasiado extraño.
–No es tan ridículo. No lo es en absoluto.
–Sí que lo es. Sobretodo en alguien que se escapa
haciendo auto-stop y duerme en pueblos en los que nunca ha
estado. Todavía no llego a entenderlo.
Mantuvo aquella expresión absorta hasta que todo su
cuerpo pareció distenderse. Se reclinó en el
respaldo, apoyando el antebrazo en la mochila, al lado de
su asiento. Observándola, los rasgos de Hernán
se cubrían de un velo de congoja.
–Entonces lo has hecho. Te has decidido.
–¡Ojalá! Pero por mucho que lo piense…
Lo peor es que no parece que me hayan dejado ninguna opción.
Desde luego, quedarme con mamá ya no lo era.
–¿Cómo que no? –preguntó
él, intrigado.
–Bueno –comenzó a explicar–. Tú
no has visto cómo ha cambiado todo en dos años.
Ella ya está bastante desquiciada y me hace la vida
imposible. Es lo que te decía antes: se supone que
tengo que dejar atrás lo que pasó pero parece
que nadie quiere olvidarlo. Entonces, ¿cómo
voy a hacerlo? Y aunque no fuese por eso...
–¿Hay más?
–Mamá me cambió de colegio. Pero era lo
mismo. Todos me conocen, ¿no? Ella siempre dice que
la culpa es de vivir en un pueblo. El que no sabe, acaba sabiendo.
Y en la escuela no paran de decirme cosas, como que a mí
ya me han dejado el chocho listo, o que cuando sea mayor haré
películas porno, que es donde acaban todas las que
han pasado por eso con sus padres. Yo qué sé.
¿Tú has visto muchas películas de esas?
–¡Jesús! –pronunció él,
arrastrando la palabra como una pesada carga.
Se cubrió el rostro con las palmas de las manos, las
dejó resbalar hacia abajo y se quedó mirando
a un punto en el techo alto de madera. Un fuerte olor a asado
de cordero le atacaba la nariz, haciéndosele de pronto
insoportable. Oyó la voz de Cati llamar a la camarera.
La misma mujer de pestañas postizas que ignoraba las
groserías de los hombres fue hasta ellos.
–¿Podría traerme otro café solo?
–pidió Cati.
La camarera clavó en Hernán una mirada significativa.
–¿Más café? –dijo él–.
¿Para qué necesitas más café?
–No lo necesito. Me apetece. ¿Es un pecado?
Él no añadió nada más. La mujer
esperó de pie unos segundos, mirándole con el
ceño fruncido. Después tomó la taza vacía
de la mesa, se dio la vuelta y marchó hacia la barra.
–Bien, Cati –empezó a decir él–.
Te he estado escuchando y… aunque no lo creas, entiendo
tus motivos. Es lo normal, cuando pensamos que no nos quedan
opciones. Nos sentimos presionados y…
Se interrumpió para estudiar la expresión de
ella pero no vio nada que le fuese de ningún valor.
Entonces dijo:
–Adonde quiero ir a parar es a que tú ahora sí
tienes otra opción.
–¿Ir contigo? –preguntó ella, sin
variar el tono.
–Exacto.
–No sé.
–¿Qué has de saber? ¿Prefieres
vivir con una anciana a quien prácticamente ni conoces,
en un lugar peligroso al que no estás acostumbrada?
Yo cuidaré de ti, te protegeré siempre, hasta
el día de mi muerte, y nunca permitiré que te
falte de nada.
–Vale. Pero aparte del peligro…
–No hay tal peligro –aseguró él,
en tono grave–. Lo juro por lo más sagrado, Cati.
Antes me mataría.
–Aparte de eso. ¿Te crees que lo permitirán?
–Querrán separarnos, claro. Pero, ¿qué
pueden hacer si has tomado tu propia decisión? Yo ya
pasé lo que me tocaba. He cumplido. Además,
el tío Sergio estará con nosotros. Él
me vigilará, en caso de que alguien lo vea necesario.
La camarera reapareció de pronto en su campo de visión.
Esta vez ni siquiera le dirigió la mirada. Dejó
la taza delante de Cati y colocó en el borde del platillo
un paquete con dos terrones. Cati quiso saber si le podía
dar más. La mano de la mujer se introdujo en el bolsillo
de la falda ocre, extrajo otros dos paquetes y los dejó
sobre la mesa.
–Pides café y luego lo desbordas de azúcar
–dijo Hernán, cuando la camarera hubo desaparecido–.
Así ni siquiera sabe a café. Te convendría
pedir otra cosa.
–Sabe a café –contestó Cati, abriendo
el segundo paquete–. Y está bueno. Vosotros,
los adultos, tenéis que tomarlo todo amargo. Os gusta
así. Pero nosotros no tenemos por qué hacerlo
igual, ¿verdad? Existe el azúcar, ¿no?
–No he dicho nada.
–Vale.
Echó todos los terrones menos uno, que quedó
abandonado en el último envoltorio de papel abierto
sobre el mantel, e hizo tintinear lentamente la cuchara dentro
de la taza. Hernán la contempló. Trataba de
hacer coincidir la imagen actual con la que él había
guardado y cuidado con tanto celo en su mente durante los
dos últimos años.
–¿Qué me contestas, entonces?
–¿Tengo que contestar algo? –dijo ella–.
¿Ahora?
–Bueno, no –se retractó–. Claro que
no. Pero… ¿qué vas a hacer? ¿Desaparecer
otra vez, esperando un buen día descubrir lo que quieres?
No tiene mucho sentido.
–Ya.
–¿Y si vienes a casa del tío Sergio y
lo decides allí? Con tu madre ya no puedes estar, y
en la ciudad hay demasiado alboroto para pensar con claridad.
Vente conmigo. Antes te gustaba esa casa.
–Me acuerdo.
–Quizá por eso llamaste al tío.
–Quizá. Tampoco estaba como para pararme a pensar
en razones asociativas. ¡Mierda! –soltó
de repente–. ¿Has visto lo que he dicho? Así
tampoco puedes culpar a los niños de mi colegio. ¿Cuántas
crías de trece años hablan como yo? “Razones
asociativas”. Ese es el resultado de tanta prueba y
tanto psicólogo: una chica lista con el chocho listo.
–Es terrible que pienses eso de ti misma. Terrible.
–Es lo que hay.
–Escúchame, Cati. Ahora tienes la oportunidad
de cambiarlo, de volver a sentirte una niña normal.
Por lo que más quieras, piénsalo. Pero piénsalo
con sensatez.
Terminó de hablar y quedó inclinado hacia delante,
los ojos fijos en ella, casi con una súplica escrita.
La gente se levantaba, ahogando el sonido del televisor y
de las demás charlas. El local empezaba a vaciarse.
Varias camareras habían dejado de anotar pedidos. Recogían
mesas y barrían del suelo todo vestigio de presencia
humana. La barra al fondo seguía ocupada por los camioneros,
que hacían durar sus cervezas al máximo para
no tener que regresar todavía al hastío de los
kilómetros y la franja gris.
Las piernas de Cati se balanceaban por debajo de la mesa.
No parecía reflexionar sobre nada, hinchando y vaciando
los carrillos y dando sorbos a la taza, que cogía por
el borde con las yemas los dedos.
Pasado un rato, dijo:
–Muy bien. Déjame ir al baño.
Le dio la espalda y cruzó el comedor hasta el umbral
situado al final de la barra. Las puertas batientes, pintadas
de marrón oscuro, se la tragaron con suavidad.
Hernán miró por la ventana. Un camión
azul y rojo salió reculando del espacio de estacionamiento,
hizo una compleja maniobra en el centro del terreno y partió
dejando tras de sí una nube de polvo que fue a cubrir
los cristales. El panorama se hizo borroso. El viento impedía
que el polvo se aposentase de nuevo. Se llevó las manos
al rostro. Vio la taza de café vacía, al otro
lado de la mesa. Alargó el brazo y cogió el
terrón de azúcar que había quedado dentro
del envoltorio abierto. Se lo llevó a la boca. Lo mantuvo
presionado entre la lengua y el paladar superior, sintiendo
como la saliva lo empapaba progresivamente y como perdía
su consistencia, se reblandecía. Un dulzor empalagoso
le invadió la boca, se fue expandiendo más y
más.
El televisor estaba apagado. De la cocina llegaba ruido de
vasos y cubiertos. Ella ya no se encontraba en el baño.
No la había visto salir, pero ahora el rojo de su gorra
se destacaba al otro extremo del local, junto a la barra.
Se había detenido para hablar con el grupo de camioneros.
Desde la distancia, él no podía más que
observar los movimientos de sus manos, acompañando
sus palabras. Uno de los hombres, de pelo negro y barba incipiente,
hacía señas en dirección al aparcamiento
y lanzaba réplicas cortas a Cati al tiempo que asentía
con la cabeza.
Los ojos de Hernán comenzaron a empañarse. Una
delgada línea húmeda quedó trazada en
su mejilla y sus labios recogieron un cierto regusto a sal.
Cati regresó a su asiento. Le miró.
–Vamos. Tampoco te lo tomes así.
–Te quiero. –Al decir esto, Hernán tragó
involuntariamente la porción de azúcar que aún
no se había disuelto en su boca.
–Claro.
El pequeño trozo, áspero y rugoso, se había
quedado bloqueado en la garganta y no quería pasar
de ahí. Rascaba. Era terriblemente molesto.
Cati metía un brazo por el asa de la mochila. El camionero
le hizo un gesto de camino hacia la puerta y ella indicó
con la cabeza que le seguiría enseguida. Se dio la
vuelta, encarando a Hernán.
–Bien...
Él no podía emitir palabra. Con aquella cosa
en la garganta, ni siquiera se atrevía a intentarlo,
por miedo a causarse un dolor mayor.
La mochila a los hombros, Cati seguía allí de
pie, los brazos a los costados, mirándole. |
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Este
relato está incluido en el libro “Trama
de grises” (Ediciones Contrabando). |
Relatos seleccionados por el narrador©
Jerónimo García Tomás, para su publicación en la revista mis Repoelas:
El contrato del gas
La charca
Terrones de azúcar
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