Llegó por una esquina de las enredaderas.
Con los pasos muy lentos subió los escalones
y se quedó mirando tu libro y mis geranios
y aquellos macetones con las flores de mundo salpicandome
el alma
igual que las estrellas salpican por las noches el cielo
tan azul.
Era un gato con la mirada triste y el gesto indiferente
con que todos los gatos te devuelven el grito
con que siempre los echas del patio de la casa.
Era un gato diurno. Venía sólo a mirarme
y a ver cómo comía el pan y los lagartos
de tu ausencia diaria.
A leerme las cartas que nunca te enviaba
y a ponerme en las piernas el tierno ronroneo de tu
desnuda espalda.
No me fui dando cuenta de que era imprescindible,
de que ya no podía dejar de acariciarlo,
de hablarle de tus ojos y cómo te brillaban
al untarme de aceite el pan de cada día,
hasta que ya no vino.
No me fui dando cuenta de que era necesario
en nuestra pobre vida de ausencias y milagros
hasta que la más pequeñita de todos los
de casa
se plantó una mañana delante de mis brazos,
—los
ojos transparentes navegando deprisa por el café
con leche —
y se puso de trapo la lengua y los zapatos a darme explicaciones.
Ya no viene.
El gato ya no viene. Se fue el gato. Se fue.
Y se puso a buscarlo descalza por la yerba recogiendo
naranjas,
sacudiendo las ramas del manzano de indias
y pisando ciruelas de los prunos redondos que adornan
el jardín.
Ni vuelves tú ni el gato por las mismas razones
—lo
he pensado sin lágrimas—.
Te has ido y ya no vuelves.
(Gatos,
gatos, gatos Ediciones Eneida, Madrid 1999)
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