Se abre
un hueco, en el tiempo, en el aire. El hueco se inflama, primero,
como un ganglio, y se yergue, después, excitado por
su propio fragor, y se solidifica. Es un cuchillo. Es una
sima. Succiona. Escupe. Intuimos que nuestra vulnerabilidad
se radicaliza: que predominan los lapsos de inexistencia;
que somos no estar [los átomos de que se constituye
la materia son sólo partículas que giran en
el vacío, sin conexión tangible: la materia
es la forma en que se manifiesta el vacío]; que nos
diluimos cada vez que nos afirmamos. El hueco corroe o atormenta.
Se le eriza la piel. Está erecto. Y, sin embargo, no
abandona su inactividad: invita a la finitud, profiere adjetivos,
rezuma fuego; y ese fuego es oscuro.
Debut diabético tipo I. Estas palabras ¿nombran
o destruyen? ¿Son el bracear de un ahogado, la eyaculación
de un ahogado, el nacimiento de un ahogado? ¿Designan
el movimiento de un bacilo, el itinerario de una traición?
[A veces he vislumbrado el confín de ese hueco: el
acto que nunca podrá ser enmendado, y que perturbará
la construcción sosegada del espíritu, la sucesión,
acaso caótica, pero no inarmónica, de los días;
me asomaba a esa ventana atroz y sentía un vértigo
hirviente, del que me rescataba la constatación de
que aún no me había precipitado en el abismo:
una sensación casi idéntica a la del despertar
de una pesadilla. Que mi padre averigüe que he suspendido.
Que me descubran robando un libro. Que mis hijos mueran].
Las palabras con que nombramos el mundo, ¿ocultan el
mundo?
Llora despacio. Sus lágrimas son negras, como el aire.
El pelo, ensangrentado.
La sala está atestada. Frente a nosotros tose meticulosamente
alguien que parece un mendigo, pero que tiene casa. ¿Dónde
vive Ud., Eugenio?, le pregunta un hombre amarillo. Y Eugenio
responde que en el Paseo de la Verneda, en un piso con hambre.
Tiene la mirada arrugada, como la ropa. Distingo unos calzoncillos
turbios por la bragueta abierta. [Recuerdo al indigente que
merodeaba por el colegio y que se echaba la siesta al sol,
arrebujado en trapos; el pene, achocolatado, le asomaba por
entre los pliegues de los bombachos, tan adormilado como él].
Las enfermeras lo tratan con una mezcla de resignación
y displicencia. [Cortázar describe en Rayuela —si
no recuerdo mal; o quizá sea Ribeyro en alguna de sus
desolaciones— cómo unos camilleros recogen en
una calle de París a un anciano atropellado; se dirigen
a él como pepé, con la familiaridad impostada
con que se suele hablar a los viejos y a los niños.
No saben que ese anciano es, quizás, la mayor autoridad
mundial en la poesía de la dinastía Ming]. Eugenio
va descalzo.
El suero gotea. Cada gota arrastra destellos sombríos.
La transparencia del líquido exhibe callosidades metálicas.
El suero se endurece, y fulgura, pero no pierde su condición
glacial. Penetra numéricamente: se abisma en una quietud
que alcanza el raquis, los cordones de los zapatos, el recuerdo
de tardes en las que nada recordaba a la muerte. Pero es una
quietud cronométrica: se mueve sin que la percibamos.
[Oigo cantar a un pájaro. En un cuento —posmoderno—
que solía leerle a Álvaro, Hay un pelo en mi
roña, aprendí que los gorjeos de las aves son
siempre señales de dominación, preludio del
combate o invitación a la cópula. (También
Gil de Biedma oye a los pájaros, que anuncian —cabrones—
su despertar al mundo, después de una noche de fornicación;
detesto esa inmediatez lingüística, ese inmiscuirse
del habla cruda, que es, no obstante, a la que yo aspiro).
Ayer por la mañana, al salir a la calle, reparé
en la maraña de trinos: flotaban en el estanque del
cielo, entre cardúmenes de geranios. Creen los almendros
que ya ha llegado el calor, pero el frío que se avecina
los matará].
Nadie nos ha comunicado el diagnóstico, pero todos
actúan como si lo supiéramos. El diagnóstico
es una certeza oblicua, que se infiltra como el suero. Ahora
no entiendes nada y piensas: ¿por qué yo? Pero
lo más importante es que vas a poder llevar una vida
normal. [Pero ¿cómo sabe el médico qué
es una vida normal para él? A lo mejor quería
ser gastrónomo].
Las lágrimas son, ahora, resinosas, como el orín
que se acumula en las cañerías que asoman por
las paredes. Llueve la luz como humo de luna: se deshace en
cánulas y glucosa; la noche es ese fulgor que se derrama
en el cadáver que he de ser. Le acaricio el pelo sin
otra esperanza que la caricia. Lloro con él, aunque
tenga los ojos secos.
En los pasillos se arraciman los ancianos. Tienen miedo: algunos
miran las paredes —lisas, blancas— con espanto,
como si encerraran el secreto que los ha de rescatar de la
agonía y ellos no supieran desentrañarlo. Otros
chupan tubos con tenacidad mamífera. Otros más
hacen de su indefensión el último parapeto frente
a la muerte. [Qué placer abandonarse: renunciar al
esfuerzo que exige la esperanza]. Oigo gritar a alguien. [Oigo
de nuevo al pájaro. Su piar añil desuella los
cristales]. Es un grito sofocado por un revuelo de silencios.
Crujen los ligamentos, el sol en las ventanas, las sillas
de ruedas. Percibo la rigidez de las mascarillas y la oleaginosidad
del pus. Las camillas, con sus pacientes, permanecen adosadas
a las mamparas, para que nuevas camillas puedan sumarse, como
eslabones, a la cadena del dolor. Más tarde, en la
sala de observación donde ha de pasar la noche, veré
a otra anciana absorta, con los ojos como huevos, que se llama
Montse, que no responde cuando la llaman, y que, desanudado
el camisón, enseña una vulva apergaminada. [Pienso
que esa vulva ha sido turgente y floral, y que la han acariciado
hombres devorados por el deseo, y que Montse ha pronunciado,
entre hipidos de placer, sus nombres]. Me acerco y la cubro
con la sábana, aunque no estoy seguro de no haber vulnerado
algún precepto nosocomial. Pero no me importa. Cuando
la tapo, no gira la cabeza, sino sólo los globos oculares,
y me mira con vacío estupor.
Duerme. Me asomo a su rostro, como sé que él
se asomará al mío cuando yo haya muerto. [What
man has bent o’er his son’s sleep to brood/ How
that face shall watch his when cold it lies, ha escrito Dante
Gabriel Rossetti]. Tiene los pómulos abovedados; la
nariz es un parteluz; los labios zigzaguean. El cuerpo, sin
insulina, no puede absorber la glucosa, ni, por lo tanto,
transformarla en nutriente; se devora, pues, a sí mismo,
pero nada sacia su apetito: por alimentarse, muere. El sistema
inmunológico, exacerbado, no reconoce a las células
beta del páncreas, y las destruye. (El azúcar,
mientras tanto, se acumula en el torrente sanguíneo,
ajeno a su desdén). «El gen o genes predisponentes
residen, con toda probabilidad, en el sexto cromosoma, en
vista de los lazos tan estrechos entre la diabetes y ciertos
antígenos leucocitarios humanos (HLA), codificados
por la principal región de histocompatibilidad en este
cromosoma. Se reconocen cuatro sitios (loci) designados por
las letras A, B, C y D, con alelos en cada sitio, identificados
por números. Los principales alelos que confieren un
aumento en el riesgo para la IDDM son HLA-DR-3, HLA-Dw3, HLA-DR4,
HLA-Dw4, HLA-B8 y HLA-B15». El sol se consume. La sangre
acaba. El amor cesa. El tiempo existe, porque muere: porque,
partícula a partícula, se extingue eternamente;
su consunción es nuestro latir. Duerme mi hijo, y siento
las punzadas de su carencia, aplacadas por el beso intravenoso.
Duerme, y elude la desesperación, y entierra cuanto
no comprende en una marejada de aliento, en una oscilación
mansa de párpados y palabras. Duermo yo un sueño
levantisco, por el que circulan aves sin alas, órganos
sin ser, preguntas que no pueden cicatrizar.
Huele a cosas privadas de forma. Los carteles que cuelgan
de las paredes no tienen texto.
Pasa una enfermera. Lleva en las manos una madeja de apósitos
ensangrentados. |