| Miro
el mundo. De arriba a abajo lo miro y parece que ya nada me
asombra en él. Se especula sobre la venta de iglesias
en Grecia ante la iniciativa de Alemania de ayudarlos a salir
de la crisis vendiendo sus islas o sus monumentos; Rusia construirá
reactores nucleares en La India; hay fallos en la reforma
de Bolonia; el movimiento antiaborto languidece; siguen apareciendo
pedófilos entre el clero y los educadores de gimnasios,
y no hay día que no se anuncie alguna masacre o por
bombas o por inundaciones o por dinero. Los periódicos
levantan ampollas.
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LA
MUERTE DE LOS
GORRIONES |
No escatiman
papel a la hora de publicar fotos de políticos corruptos,
de empresarios desvergonzados y de redes de tráficos
varios desde droga hasta cuerpos de muchachas aún sin
madurar. La prensa abre sus páginas al deshonor, las
hecatombes y las miserias humanas. Nadie se salva de este
derrumbamiento social y cultural y presiento que todo irá
a más; que algo languidece y la primavera no llega
para todos con la misma alegría. Paso las páginas
y leo como si lo que leyera fuera lo más natural del
mundo y en ellas encuentro noticias sobre abusos, corrupciones,
crímenes, inundaciones, pérdidas…
Y, de pronto, en medio de tanta pesadumbre que se va volviendo
ajena de tanto repetirse, de tanto revolcarse sobre su propia
sombra, leo algo que me conmueve hasta lo más hondo.
Es como una descarga irracional que me hace sentir mal por
haberla recibido con más fuerza que las recibidas en
páginas anteriores; una noticia tonta en apariencia
pero terrible en el fondo: los gorriones se mueren. Los gorriones
comunes (Passer domesticus) están desapareciendo de
las ciudades y del campo. ¿Razones? La escasa o nula
roturación de tierras, el elevado uso de plaguicidas
y herbicidas, la excesiva limpieza de las calles y la competencia
de las palomas que son más grandes y agresivas. Los
gorriones ya no encuentran migas de pan por el suelo o mueren
al comer semillas de huertos contaminados o caen bajo los
efectos de los gases varios que llenan las ciudades. Ellos
mueren y nosotros, como pequeños e indefensos gorriones,
nos consumimos lentamente con extrañas enfermedades,
con síntomas raros que tanto tienen que ver con la
polución y los gases exterminadores. No lo notamos.
Pensamos, llenos de vanidad y soberbia, que podremos sobrevivir
a tanta basura, a tanta contaminación, a tanta locura;
que nos pasamos la vida luchando por sobrevivir en una aparente
limpieza y ya nadie se para a dejarnos unas migas de pan sobre
los bancos de nuestro moderno, perfecto, ordenado, y siempre
bien planificado mundo; que nosotros también somos
así de pequeños, de comunes e indefensos y sobre
nuestras cabezas revolotean millares de palomas. |