Hoy tengo junto a mí toda la muerte
y todo vale nada si no es algo.
Sobre mi corazón vuela la tierra
y el barro toma forma
de dios estéril.
Pero mi corazón no es sitio
donde puedan cifrar impunemente
los dioses sus deseos de ternura,
los hombres el amor,
los ciegos su mirada paralítica,
los raros o lejanos,
los muertos combustibles su vacío.
Es una noche esférica que avanza
de bruces hacia el valle donde madura la fatiga,
es no silencio en tránsito
y se mantiene así, tirante,
rehén de su catástrofe conmigo, acumulado,
salto de pie, reloj de carne que se agobia,
odre que puebla el rosa de los labios.
Ahorrar el corazón
para gastarlo cuando falte,
llenarlo de lombrices locas
que caven con violencia hasta que encuentren
la última salida, convocarlo
para que el cuerpo aguante
y el cuerpo aguanta mucho si le dejan.
Alguien,
tal vez los dioses o los muertos,
no veo diferencia,
aprieta hasta que ahoga el corazón,
lo desmurmura,
lo desconstruye,
lo deja hecho un vuelco pretérito en sí mismo
y es tiempo de reedificarlo.
Si mi corazón
dejara de acabar sus fuerzas
en la lenta agonía de latidos que ahora siento
(uno,
otro,
tres) y tomara impulso
para dar un inmenso latido inacabable
saldría un meteorito de mi pecho
y la luna por fin tendría luna.
¿Y si mi corazón
y el de todos los hombres se sumara
(Todos.
También el subterráneo latido de los muertos)
en un hermoso unísono de vida
más fuerte que el Big Bang?