I
La prerrogativa real de les amoureux es ceder siempre ante
el impulso de las sensaciones primarias. Condescender ante
el ímpetu volatilizador, ante el ansia de fundirse
con los colores del tiempo.
Hubo una época en que ser amante significaba ser
ave nocturna, rapaz del deseo. Hubo un tiempo en que amar
suponía perderlo todo, rendirse y dejarse arrastrar
a la luna más próxima.
Después, con el paso de los eones, llegó la
anarquía sentimental. Hombres y mujeres se mezclaban
intra y entre ellos, dando lugar a combinaciones ininteligibles.
Finalmente se generalizó la era del desenfreno: los
cuerpos, extasiados, bañados en vodka barato, perfumados
con marihuana y espolvoreados por dulcísima cocaína,
jugaban a alimentarse mutuamente. Y sus experiencias se
alimentaban del olvido.
Ser amante, ser amado, no es cuestión de modas, ni
una cuestión racional. Ser queriente o ser querido,
al final de todo, es prácticamente lo mismo.
¿Por qué no se diagnostica el amor como enfermedad?
¿Por qué recibimos sus síntomas como
maravillas del destino?
II
En contadas ocasiones el cerebro y el corazón se
alían para dar la puñalada más poderosa,
la realmente mortífera. La que acaba en agonía
y sublevación de los sentimientos.
Basta. La poesía no sirve para esto. Nunca lo hizo.
Las palabras, tan necias, tan absurdas, tan preciosas y
exquisitas, tan extremas, tan concretas, tan abstractas,
nunca llegan a expresar una infinita parte de lo que las
entrañas de alguien que ama rezuman.
Hace lustros que las palabras se quedaron cortas. Una mirada
vale más que mil explicaciones (siempre fue así).
La serpiente del Nilo hipnotizó con sus ojos de reptil
a la presa menos susceptible, el águila romana. Y
no lo hizo sólo con discursos vanos llenos de convencimiento,
sino con miradas llenas de exotismo y voluptuosidad.
Un único reflejo en los ojos de la otra persona basta.
O debería bastar.
III
El cielo y la tierra, la noche y el día, el hambre
y la sed, el sol y la luna, juegan a aliarse en jornadas
como ésta. A regalar ambrosía a las bocas
más profanas. A prometer dulzura en un mundo de amargura
y podredumbre.
El sentimiento debería ser suficiente para sobrevivir.
¿Para qué el respirar, si yo te quiero?
¿Para qué el comer, si yo sólo quiero
alimentarme de tu boca, de tus desdichas, de tus deseos?
La vida consiste, como una vez se dijo, en tasar la dosis
exacta de memoria y de olvido. En soltar lastres, acumular
júbilo, liberar al animal oculto y esperar a que
éste embista con fiereza a su carcelero.
Y licuarse con las estaciones, de forma perezosa e imparable…
hasta dejar de ser.
Hasta desvanecerse en la corriente imperturbable del hado
y convertirse en cenizas de un astro menor.