Y aquí comienza aquel camino.
Cierra los ojos y sigue el indefinido eco de mi voz.
Aférrate con fuerza a cada una de las inflexiones
musicales que brotan de mi dolorida garganta.
Llega la era del hastío, de la ignorancia. Pero no
ocurrirá nada si te sumerges en las reverberaciones
de mi voz.
Existen dos senderos, pero un sentido único. El inquebrantable
avance del peregrino.
Si mantienes la luz de tus ojos extinguida, tú y
yo, y quizás también la providencia y el céfiro,
dejaremos de ser.
«¿Dejar de ser?», preguntaste.
Hablo de no ser. De fundirse con el destino primigenio.
De desaparecer y volatilizarse.
De convertirse en el dios más ausente de la antigua
Pangea.
Es posible dejar de ser como respuesta a la oscura climatología
del presente. O como ejercicio para detener ciertas agonías
del alma. Sin embargo, el ser humano suele practicarlo como
medicina contra el desespero.
En una ocasión creí abstraerme de las particularidades
del mundo para convertirme en anónima mota de polvo,
bailando incansable a través de los siglos.
En aquel momento, aterrado por la consonancia de diez mil
violines estallando dentro de mi cerebro, no conseguí
entender las vicisitudes de mi estado.
Y ahora necesito cerciorarme de que mi cerebro no se ha
marchitado por el desuso;
porque la fantasía, desde hace lustros, puebla mi
espíritu;
porque la realidad me ha vencido –y de qué
manera–.