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Todos
mis huesos son de risa para sujetar las penas
y no olvidar que mis caricias siguen estando escondidas
tras tres vueltas de llave
en la puerta de un satélite que está pegado
a mi cuerpo.
En esta hermosa llanura que me acoge,
negra avalancha de perfecto caos,
me desmonto,
me desgrano
y pierdo mi jugo sin dejar de cuestionarme:
¿Cómo es posible que todas esas estrellas tengan
más brillo que yo?
Me encojo,
me sobrecojo,
me estrujo y me vuelvo diminuto
frente al estúpido Cinturón de Orión.
¡Qué ridículos parecen los sueños
en medio de esta vastedad!
¡Qué pequeñas las hazañas que contamos
entre cervezas!
¡Qué cruel la esperanza!
¡Qué poca cosa las disputas y las guerras!
Y así, ¿quién querría volver?
Prefiero flotar en un espacio simulado
que volver a derretirme en la cola de la autopista,
Prefiero nadar de una constelación a otra,
dejando en ellas clavadas
figuritas de papel,
papiroflexia
llena de denuncias a la vida.
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