Esa rosa parece que me mira.
Ha elegido este triste y lento atardecer
para fijarse en mí.
Algo quiere decirme.
Sumida en la penumbra del salón,
avanza inmóvil, cada vez más bella,
en un tallo de sierpe.
Su débil voz errante, como un soplo en la hierba,
como un eco muy lento, susurrante, cansado,
se confunde conmigo.
Y escucho su mensaje:
“Soy
la locura. Sígueme”.