El
teléfono podía sonar en cualquier momento.
El servicio 24 horas me avisaba de inmediato.
Tras repasar la documentación, enfundados
el traje y la corbata, acudía raudo a la cita.
El tanatorio o la casa del difunto, lo mismo daba.
Los hombres en la calle, las mujeres dentro, llorando.
La desgracia rebotando en las paredes.
A veces se la esperaba; otras, naturalmente,
llegaba por sorpresa. Los chicos de la funeraria
hacían bien su trabajo, nunca hubo problemas.
La anciana que pasó tres días en el suelo,
inconsciente,
hasta que el olor alertó a los vecinos.
El hijo que, agradecido, firmó con urgencia los
papeles
y sólo pensaba en marcharse lo más lejos posible.
La novia embarazada que esperó toda la noche
a que su chico volviera con la nueva motocicleta.
A otros, en cambio, nadie les lloraba.
Dispensé a todos el mismo tratamiento,
el mejor servicio posible, mi atención personal.
El duro consuelo de la vieja fraternidad humana
resultó más eficaz que todo lo pactado.
Buscaba siempre un minuto a solas con el muerto.
Cerraba los ojos y rezaba –a veces rápidamente-
un padrenuestro.
Esas palabras
tendían un hilo de amor hacia la Luz,
un sendero de paz y descanso.
Luego, en silencio, cruzaba los amaneceres rotos.
Regresaba a mi vida sintiéndome útil, sereno,
extrañamente feliz.