Lloran
los campos vestidos de sol
mientras la araña del tiempo nos muerde.
Solo quedan las lágrimas
que enterradas florecen.
En el camino angosto de la vida
la cresta blanca es mar
que rompe con fuerza sobre la costa
y a golpes nos derriba.
La dura batalla de cada día
nos marca las trincheras,
cose nuestras heridas.
Nuestros pies sobre una tierra invisible.
De los restos, en graves naufragios,
debemos salvar solo nuestras lágrimas.
No quedan más tesoros,
y una pipa sobre una mecedora.
Son dulces los hilos que el aire trae:
los besos desbocados,
las alas impacientes
convertidas en manos,
el susurro del viento
y el fuego desatado.
Los espejos-ventanas,
dos cuerpos y palabras...
Sobre mi mecedora,
lejos de las aceras,
se borran estos surcos de mi cara.
¡Duerme, ciudad callada!