Me
acostumbré a nombrarte con la misma
falsa familiaridad displicente
con la que los diestros taxidermistas
quieren dotar de vida a las entrañas
inanes de las piezas abatidas.
Me acostumbré a nombrarte con la misma
fingida circunspección pasajera
con la que el arte tanatopraxista
arrebata y maquilla la piel cerúlea
que, sin sudario, yace sobre el mármol.
Me acostumbré tanto a no querer vivir
que, al cerrar los ojos para dormir,
vivía, y al abrirlos para vivir,
no creía vivir, creía morir.