Cuando
se diluye el día y apareces,
a la luz de una pequeña bombilla,
en aquella vieja fotografía,
junto a mí, allá por el setenta y cinco,
no puedo evitar pensar en tu muerte,
pienso en esa última conversación
que nunca tuvimos,
que nunca me atreví a tener contigo.
Yo era aún un joven
que eludía la paz de los cementerios,
que se ponía una venda piadosa,
por no enfrentarme a lo que tú sabías.
Y después de todo, y al fin y al cabo,
me exime el hecho de poder pensar que
aún era un joven infeliz, pero…
no era tan niño como para olvidar
ni tan viejo como para conformarme.