Nos
imagino aún muy jóvenes,
a pesar de no serlo tanto,
y con esa amistad de siempre
-irisada con la lucidez
templada de las primaveras-
grabada en los grandes espejos
de aquel café vetusto y viejo
que en un tiempo no tan lejano
fuera mudo y cauto testigo
de nuestras charlas de salón.
Como un milagro de la vida,
pervive incluso entre las ruinas
del recuerdo de lo que fuimos.