Exhausto,
en la intimidad de la vigilia entre Morfeo y los hombres,
observé una luz sobre mi frente oscura y espectral
en forma de un ojo dibujando círculos,
libremente…
–¿Quién eres? –le pregunté.
Y no me respondió.
–¿Quién eres? –volví a preguntarle.
Y tampoco respondió.
–En el nombre de Dios: ¿Qué quieres de
mí?
–Soy un ángel de muerte. –reveló.
–¿Por qué a perturbar mis sueños
has venido? ¡Vete ya! ¡Yo decido cuando morir!
–exclamé.
Y cambio su color: fue añil y luego blanco.
–No he venido por tu alma. –me dijo.
–¿Por quién, si no?
–Por aquel que sufre. “Yo no llevo, sólo
espero la partida”. –anunció.
–¿Y quién será el afortunado que
en tus benditas manos caerá sin darse cuenta, mi señor?
Y me quedé dormido, y él partió.