|
En
mis manos, una guitarra,
con un corazón en sus cuerdas,
melodiosa y nostálgica...
la música que me recuerda
cómo antaño tanto amé
que fueron partiéndose notas.
Tengo un corazón que ordena
aplastar en mis sentidos
todo aquello ya vivido,
que ahora adorna azaleas
en aquel balcón siempre vacío,
donde mordían mis ojos
y la ceguera perseguía
su nombre mudo, sin oídos,
innombrable procedencia
donde el nombre, ser amado,
su destino no fue mio
Tengo un corazón que ahora
rememora todo aquello
ya vacío,
donde el dolor y el desprecio
eran reinos en constancia
de mi amarga remembranza.
Tengo un silente corazón
que guarda en un baúl del olvido
toda aquella amaritud,
que mi ajada piel cubría
con mantos negros que lloraban
escondidos,
en un puerto ya perdido,
en un horizonte hueco
donde nada era nada.
Esa guitarra de mis suspiros,
voces de agonía me arrancaba,
no era música de amantes,
era tristeza en mi alma.
Y esa guitarra abandonada
en una alcoba sin ventanas,
con las cuerdas desgarradas,
sin la sangre dulce que derrama
cuando supura caricias
las suaves manos del artista.
Tengo un corazón que amarga
el vino dulce de la vida dada.
|