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El
agua
de sal y soledades.
La tierra
desabrida de olvidos
florece en tabiques
como lamento inaudito.
El camino
de fango y concertinas
de desarme y cuchillos,
destrabándose.
La lluvia
calando listones de hierro finito,
arrulla gemidos,
infame en la hecatombe.
La noche,
negro espectro
calcinando espejismos,
con pavesas entre los dientes,
engulle pupilas como astros
de huesos ajenos.
El devenir del tiempo
sangrando naufragios.
La edad de los niños
sesgada cual pájaro
que migra al lado cálido
si viene el frío.
La esperanza de la madre,
desabridos los labios,
forjando pilares,
que soporten el cansancio.
El hombre,
su historia rota,
temor a lo incierto,
oprime los dientes,
invocando sueños,
que son presagios.
El dolor detenido,
falto de oxígeno.
Los pasos desandados,
en fragmentos oficiales,
que se ausentan
entre el humo calcáreo
de todo lo inhumano.
Llegáis como aves
cruzando hemisferios.
Y os debemos abrazos,
pan, amor, empeño,
sonrisas, abrigo,
todas nuestras manos,
alianza, serenidad,
voz, respeto,
acordes,
poemas,
versos…
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