| Una
congoja polvorienta,
transita acostumbrada a nuestro lado,
y hacemos como que no nos damos cuenta.
Si mirásemos de cerca,
conoceríamos el daño arañándole
los labios,
su silencio,
el aire vencido,
todas las tardes desgarradas y cenicientas.
Y cada mañana,
desamanece el día,
con su sombra alargada e imprecisa,
sin lluvia siquiera
que enjuague la sangre jadeante,
y el hedor mordido de la muerte.
Los sueños perdidos se vierten en la
sopa,
que amamanta el último hálito del mundo.
Tal vez todas nuestras manos ciegas
pudieran calentar las cunas de los niños sin llanto,
varadas en los secretos ignorados del exilio
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