Rumbo al arte protegido, a doscientos metros de historia
contenida entre columnas pétreas. Esa mitad invisible
que desborda la visión de mi imaginación,
caminando entre óleo satinado y marcos que disparan
gracias desnudas, majas que se visten entre Artemisas ardientes;
y el sueño de Jacob que dialoga con Saturno devorando
a sus hijos con fervor; mientras, Baco camina hacia el Jardín
de las Delicias. El Bosco murmura diálogos imposibles
en mi interior existencialista. De la mano de Velázquez
escalo muros hacia laguas estigias, y el caballero de la
mano en el pecho alza su mirada hacia la nada habitada.
Siento el fusilamiento erizando mi piel un tres de mayo
interminable. Extraigo la piedra de la locura entre brujas,
vírgenes, meninas. El estampido de la cultura entre
obras maestras y bambalinas generosas. Cierro los ojos y
penetro lentamente en un pasado idealizado. Recorro siglos
de documentación y engranaje. Floto imperturbable.
Desciendo. Corro. Me escondo en silencio. Luces efímeras.
Eternidad entre pinceles de fuego y lienzos noctámbulos.
Ardo de vida en el museo de la perfección.