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El campanario cimbra
la catedral, y cada rostro que cuelga un disfraz,
una bocanada de verano, rocía su bochorno por la plazuela,
yo me fumo la tarde, mientras el humo dibuja una nube espesa,
el aire anda huérfano, quien sabe dónde, sin
nadie que lo dome,
ansioso y compulsivo, parece jugarse la vida, en una mano
de póquer,
junto a una rubia en lentejuela, que lleva el Everest en su
escote
    
Zigzaguean mis pasos, y parezco ir guiado por el pulso de
Monet,
son las cinco de la tarde, y me va persiguiendo el aroma del
café,
de las pieles perfumadas, cuando el sol se va a esconder,
en la esquina hay dos amantes, forcejeando palmo a palmo,
como cisnes anudados, que emigraron a la ciudad desde su lago,
un espectáculo inquietante, que tiene a un grupo de
beatas rezando
    
Me propongo fugarme, de éste carnaval de cincelantes
voces,
y un instante de cabello negro, me sonríe, con disimulo
de cómplice,
se recarga en mi hombro, y huye conmigo, descalzándose
de sus tacones,
yo me refugio en su madriguera, donde hablamos en clave morse,
es un santuario de silencio, por extraño que parezca,
intuyo que es absurdo pensar, que mi alma saldrá ilesa
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