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Habíamos
ganados la batalla.
Los Taira huían como fila de hormigas
desbaratadas por los repentinos
pies del azar. Íbamos
pisándoles la vida y los talones.
Llegamos a la costa.
En el atardecer, aquel guerrero,
de inmortal armadura y casco de oro,
que refulgía bajo el sol poniente;
de inconfundibles armas enemigas,
abandonando entonces su caballo,
se dispuso a embarcar hacia la salvación.
Nunca lo hiciera:
yo también desmonté y le di alcance,
y allí, sobre la playa,
tuvo que dar respuesta al desafío.
Desde aquel primer golpe de sables conocí
lo débil de la fuerza de su brazo,
después su inexperiencia y su fatiga.
Lo fui llevando lejos de la playa,
la rítmica esperanza de las olas.
No yo, sino la muerte le recortaba el aire.
Cuando pronto lo tuve jadeante, derribado en el polvo,
lo despojé del casco: era apenas un hombre.
Y recordé a mi hijo, su impaciencia
por recibir su sable y su armadura.
Por su imberbe mejilla aquella lágrima
por él pidió clemencia: no la tuve,
instado por los gritos de aquellos compañeros:
¡mátalo,
mátalo! Es el Taira Atzumori.
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