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Los dedos del
invierno se posan, silenciosos,
sobre los viejos pinos,
abolieron estanques, tejados y senderos
con su intacta blancura.
Perdura por su ausencia el canto de las aves.
Cuántos inviernos ya y cuánto queda
en mí de aquel Kuname Naozane
que renunció a la gloria de su estirpe y sus armas,
a vasallos y hacienda; en el monje que ahora
para dormir despliega su esterilla,
no sin recordar antes, como todas las noches,
los ojos de Atzumori.
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