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En el placer oblicuo de la tarde,
un esquivo rostro de amor
imaginado en los cristales.
Dormitados ojos
demoran en el tiempo
tu descenso al valle.
Palidez total de la agonía,
la mano que arde
entre la piel de seda
y un lecho sofocante.
Sola.
En el placer tranquilo de la tarde.
Convulsión final,
y el eco de tu voz
se quiebra en los cristales. |