El pueblo pequeño.
tiene la memoria viva en sus adoquines,
de los muertos
que una vez caminaron sobre ellos.
Las campanas de la iglesia vieja,
tienen la garganta rota por el tiempo.
y por su herida de piedra antigua se escapa un lamento.
Que resuena como un eco
por las sienes de aquellos que duermen bajo el cemento.
Ni un alma.
¡Madre mía! ni un alma,
transita por las calles escondidas.
Ni un alma.
¡Madre santa! ni un alma,
donde las estrellas
roban el calor de las ventanas.
Ni un alma.
¡Noche mía! ni un alma
en los bares cerrados por el cerrojo del olvido.
donde los viejos juegan a las cartas.
Ni un alma.
¡Memoria mía! ni un alma.
que sostenga entre sus manos el cirio,
que doto de luz a la vida.
Ni un alma,
en el paisaje muerto
en donde descansa aquella vieja fotografía.
Los perros grises de la niebla
ladran, con ladridos de luna llena.
Y el adobe de los ladrillos tiene gravados,.
los recuerdos de una memoria yerma.
Y sobre la fachada de la iglesia abandonada,
Cuelgan los crucifijos invisibles de todos los muertos comunes.
Recordando. su pasear silencioso,
por los oscuros rincones de la melancolía.