Cierra la puerta.
No preguntes por qué se te están acorchando
los dedos y la boca se te seca de tanto tragar ausencias.
Sabías de las conquistas imposibles, de las tenaces
sombras que engullen de un suspiro los proyectos más
soñados, de los laberintos que se visten de verde
y rojo para parecer veredas amables, de los tropiezos.
La guillotina no solo se inventó para los nobles.
Al otro lado del quicio podrás divisar el mundo
esperado, el agua, el sonido quejumbroso y monocorde de
una gaita, la luz de algún lucero, o, tal vez, la
nada.
Aprenderás, seguro, que la nada también existe
y tiene corazón de olvido y ojos de lechuza loca.
Que no hay más doloroso amor que el no sabido. Que
no más terrible hambre que la saciada sin milagros.
Cierra la puerta.
Puedes preguntarle, quizás, a la niebla qué
se esconde detrás de su mirada de bruja, por qué
ya no cantan los abedules en las riveras, dónde se
esconden las músicas, el olor cansado del marisco
y del salitre.
¿Acaso no aprendiste a reventar silencios?
¿No eras mago de lo oscuro?
¿No del azul sin continentes?
Vamos, deja ya que se cierre la puerta.