¿Y es que nunca más vendrá,
es que nunca más veremos
su muda figura omnipresente,
sus ojos veneros de luz
saciando la sed de la vida?
¿Es que se ha ido, tal vez, para siempre,
es que no es sólo un largo viaje,
una ausencia de uvas o castañas?
¿Es que su oceánica fuerza,
es que sus raíces vitalicias,
es que su humanidad de siglos...?
Madre indestructible,
recia encina de recias maderas
erguida en mitad de la prole a tientas,
intemporal matriz de existencias
forjadas a carencia e intemperie,
dinos que no, que no te has ido,
dinos que has hecho un largo, largo viaje,
que tu piel crepuscular arde todavía,
que volveré a mirar en tus ojos mi vida.
Dinos que ni edades ni cataclismos,
dinos que ni el frío ni el asedio,
que tu corazón imperturbables latidos,
que tu existencia más grande que la muerte.
Dinos que volverás, que no es cierto,
que no es cierto que bajo la tierra,
que no es cierto que nunca más, madre,
que nunca más el venero de tus ojos.
Erguidos en la infancia del otoño,
con el corazón húmedo de niebla,
todos los sentidos en el bullir de las uvas,
atisbando el regresar de las castañas,
desesperadamente espectantes.