¿Recuerdas
aquella noche en la que regresamos de festejar el tan esperado
ascenso que por fin te habían otorgado? Por cierto
que fue una hermosa noche de luna llena. Si mal no recuerdo,
de eso hará casi un año.
Probablemente no recuerdes lo ocurrido después de que
nos entregáramos al amor, a la pasión que siempre
reino en nuestra relación, y eso es porque tú
ya estabas profundamente dormido, pero yo no, por lo que tengo
tan claro como el agua las palabras que entre sueños
balbuceaste.
Pero no me mires así cielo, primero déjame terminar
mi justificación, entre más pronto finalicemos
con esto será mejor para ambos.
Todo iba tan bien, según yo, teníamos un maravilloso
matrimonio; reíamos, platicábamos, compartíamos
tantas cosas y sobre todo nos amábamos.
Creí que éramos la pareja perfecta que se complementaba,
y digo éramos porque tú te encargaste de echarlo
a perder.
Cariño, si querías engañarme al menos
lo hubieras hecho bien.
Primero tus estúpidos murmullos mientras dormías,
por tu propia boca te descubrí. Ahí fue cuando
empecé a romperme, cuando cada madrugada te escuchaba
susurrar su nombre, cuando mientras tú dormías
yo escuchaba como la llamabas entre sueños.
Sabes, siempre supuse que siendo yo la mujer que estaba a
tu lado, a la que abrazabas cada noche antes de dormir y le
decías un "Te amo" acompañado de un
tierno beso, era la única. Que equivocada estaba y
que triste es darme cuenta que no era así.
O te amaba con locura o era una completa imbécil al
pasar por alto aquello. Tal vez eran ambas.
Nunca antes me diste una razón para desconfiar de ti,
nunca mostraste ni una seña de descuido o de falta
de amor hacia mí. Ahora pienso que era la maldita culpa
que te carcomía por dentro la que hacía que
fueras todo un caballero conmigo, los días eran tan
bellos, tan románticos y apacibles, tan diferentes
a las noches. Nuestra rutina prosiguió, tu amor fingido
era tan pleno. Tú eras agua y yo una mujer perdida
en medio del desierto sedienta de ti.
¡Maldita sea! Si fingías, si ya no me querías,
¿por qué diablos seguías conmigo?
Los días, que magníficos días, tal vez
era la luz del sol que me daba energía y claridad para
ver lo bueno de seguir junto a ti, ahora pienso que esa luz
llegó a cegarme a tal grado que no me dejaba ver cómo
me mentías en la cara o tal vez era yo la tonta sentimental
que no quería ver la realidad que me escupía
en el rostro.
¿Sorprendido? Más sorprendida estuve yo al empezar
a desmenuzar toda tu red de porquería, toda tu ilusión
de amor.
¿Qué dices? No te entiendo, creo que la mordaza
me impide deducir tus intentos de palabras. Debo confesar
estoy tentada a prescindir de ella, pero temo que la parte
poco razonable y vulnerable de mí regrese y crea todas
las palabras llenas de farsa que dirías si te la quito.
Seguramente dirás que me amas y que las cosas no son
lo que imagino, hay amor, desistí de creer que me amabas
hace algunos meses atrás. Ahora, si de verdad me amas,
¿no crees que tienes una maldita y retorcida forma
de amar?
Quisiera, realmente quisiera que toda tu nociva inmundicia
fuera producto de mi imaginación, desgraciadamente
no es así, al final acabaste por destrozar, también,
mis días de luz.
¿Era tan difícil para ella controlar sus impulsos
de llamarte cuando sabía que estabas conmigo? ¿O
acaso es que te excitaba el misterio y la aventura a la que
jugabas a costa mía? No lo sé, no sé
cuál era tu malévolo objetivo, sea como sea
terminaste descuartizando cualquier rastro de confianza que
tenía en ti.
A las llamadas le siguieron tus llegadas tarde, tus escusas,
en su mayoría patéticas, del porqué llegabas
tarde. Vamos que no soy tan estúpida, nadie llega con
esa sonrisa después de haber trabajado doce horas seguidas.
Increíblemente aún así trataba de mantener
este matrimonio a flote, simulaba demencia y pasaba por alto
todos tus errores. Inútilmente trataba de ganar una
guerra perdida. Creo que esperaba un milagro divino que te
hiciera recapacitar, pero no fue así, por más
que oré ese milagro nunca llegó y yo me cansé
de esperar.
¿Te acuerdas de tú regalo de aniversario? La
sorpresa en tus ojos me hace saber que sí, entonces
recuerdas que me preguntaste el por qué te había
regalado una navaja en lugar de la acostumbrada corbata o
la camisa que esperabas, recuerdo que te respondí que
suelen ser muy útiles y prácticas y que tal
vez algún día la necesitaríamos. Pues
ese día llego mi amor.
Sabes, no me había dado cuenta lo patética y
rota que estaba hasta ayer. Sin querer, me olvidé de
los documentos que necesitaría para mi junta del medio
día, regresé a la casa, vi un auto azul afuera,
me extrañó porque según yo tú
estabas en el trabajo, y no conocíamos a nadie con
un auto así. Abrí la reja y me sorprendió
ver tu carro en la cochera, fue ahí que temí
lo peor, pero tenía que corroborarlo y verlo para que
así me diera cuenta que era real y que todo lo que
había estado dando vueltas en mi cabeza no era producto
de mis celos y mi mala alucinación.
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