DONDE
SE ENTIERRA EL OLVIDO
CAPITULO 8
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Pocos días más
tarde el padre Luis bajó al pueblo. Tenía que
hacer unas llamadas y ver al médico.
No se encontraba bien, tenía dolores en las piernas
.
Llamó a Mario, y subió con el coche para poder
bajarle Al final, en agradecimiento aceptó.
la invitación de Rosa, y fue a comer a su casa.
Al llegar abrió la puerta Rosa, dentro estaban sus
padres que enseguida presentó .
Nada más verse Nuria, Pedro y Luis se dieron cuenta
que se conocían de tiempo atrás, un tiempo que
ambos querían dejar atrás por diferentes razones.
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— Qué haces aquí?Preguntó Pedro
a Luis.
— Supongo que encontrarme con mi pasado.
— Rosa, ven a ayudarme a poner la mesa.
De repente de uno de los bolsillos del vestido, cayó
algo. Enseguida Pedro y Luis se miraron sorprendidos.
Rosa y el resto de los presentes no sabían exactamente
qué pasaba hasta que uno de ellos habló:
— No ha pasado el tiempo, hemos pasado nosotros.
— Qué pasó?, preguntó Luis.
— La enterré hace tiempo. Contestó Pedro.
— A veces, la gente a la que queremos nos hacen daño.
— No, es la vida la que nos recuerda las cosas buenas
y malas.
— Es Dios, dijo Luis.
Mario, Guilian, Rosa y Nuria esperaban a Pedro y Luis para
comer. Ya en la mesa, estaban comiendo y sin querer, sin saber
cómo, una frase sin importancia que resolvió
en un segundo todo, que dió la última pieza
de un puzzle:
"A veces, nada ni nadie es lo que parece"
Rosa, Mario, y Guilian se miraron.
— Era él pero ¿quién era ese hombre?
— Que está pasando?
— Yo conocí a ese hombre, dijo Pedro.
— Y yo, afirmó Nuria.
— Se llama Nino, era sacerdote en El Vaticano, huyó
hace años con una reliquia.
— No, dijo Nuria, se llama Luis y le pegaron un tiro
en el confesionario.
— Ambos teneis razón, aclaró Luis, o el
pasado padre Nino.
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Es cierto lo que
decis ambos, yo era el padre Nino y me cambié el nombre
porque creí que así cambiaría de vida,
el pasado se olvidaría con el cambio de nombre Unos
hombres me ayudaron, proporcionandome identidad falsa, a cambio
de mediar para que sus compañeros, salieran libres.
Tú Nuria, prosiguió, me conociste ya siendo
el padre Luis Y cuando me viste desangrandome en aquel confesionario,
no podías imaginar quien fue.
— Eres un cabrón, gritó Mario, nos has
amenazado, sabías quienes éramos. Ya incluso
cuando fuimos a tu casa aquella tarde en el cerro.
— Tú ponías los mensajes amenazantes.
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