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        María Isabel M. Gilaranz

CUENTOS Y RELATOS

 

DONDE SE ENTIERRA EL OLVIDO
CAPITULO 8

Pocos días más tarde el padre Luis bajó al pueblo. Tenía que hacer unas llamadas y ver al médico.
No se encontraba bien, tenía dolores en las piernas .
Llamó a Mario, y subió con el coche para poder bajarle Al final, en agradecimiento aceptó.
la invitación de Rosa, y fue a comer a su casa.
Al llegar abrió la puerta Rosa, dentro estaban sus padres que enseguida presentó .
Nada más verse Nuria, Pedro y Luis se dieron cuenta que se conocían de tiempo atrás, un tiempo que ambos querían dejar atrás por diferentes razones.
— Qué haces aquí?Preguntó Pedro a Luis.
— Supongo que encontrarme con mi pasado.
— Rosa, ven a ayudarme a poner la mesa.
De repente de uno de los bolsillos del vestido, cayó algo. Enseguida Pedro y Luis se miraron sorprendidos.
Rosa y el resto de los presentes no sabían exactamente qué pasaba hasta que uno de ellos habló:
— No ha pasado el tiempo, hemos pasado nosotros.
— Qué pasó?, preguntó Luis.
— La enterré hace tiempo. Contestó Pedro.
— A veces, la gente a la que queremos nos hacen daño.
— No, es la vida la que nos recuerda las cosas buenas y malas.
— Es Dios, dijo Luis.
Mario, Guilian, Rosa y Nuria esperaban a Pedro y Luis para comer. Ya en la mesa, estaban comiendo y sin querer, sin saber cómo, una frase sin importancia que resolvió en un segundo todo, que dió la última pieza de un puzzle:
"A veces, nada ni nadie es lo que parece"
Rosa, Mario, y Guilian se miraron.
— Era él pero ¿quién era ese hombre?
— Que está pasando?
— Yo conocí a ese hombre, dijo Pedro.
— Y yo, afirmó Nuria.
— Se llama Nino, era sacerdote en El Vaticano, huyó hace años con una reliquia.
— No, dijo Nuria, se llama Luis y le pegaron un tiro en el confesionario.
— Ambos teneis razón, aclaró Luis, o el pasado padre Nino.

Es cierto lo que decis ambos, yo era el padre Nino y me cambié el nombre porque creí que así cambiaría de vida, el pasado se olvidaría con el cambio de nombre Unos hombres me ayudaron, proporcionandome identidad falsa, a cambio de mediar para que sus compañeros, salieran libres.
Tú Nuria, prosiguió, me conociste ya siendo el padre Luis Y cuando me viste desangrandome en aquel confesionario, no podías imaginar quien fue.
— Eres un cabrón, gritó Mario, nos has amenazado, sabías quienes éramos. Ya incluso cuando fuimos a tu casa aquella tarde en el cerro.
— Tú ponías los mensajes amenazantes.

Selección de textos de María Isabel Martínez Gilaranz:
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Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras