| Tienes
cáncer.
—No puede ser.
—No hay duda.
—Repítame las pruebas.
—Créeme; antes de decirte el diagnóstico,
lo he comprobado.
—Tiene algún colega de confianza al que pueda
pedir una segunda opinión.
—Te dirá lo mismo.
—Aun así.
—No, las pruebas cuestan mucho dinero.
—Yo asumiré el costo.
—No.
—No me voy a rendir sin luchar. Quien me conoce lo sabe.
—Lo entiendo, pero son pruebas muy costosas. No cabe
duda que tienes cáncer, pero ahora hay muchos avances
y saldrás en más o menos un año.
—Un año pasa pronto. ¿Eso es lo que me
quiere decir para consolarme?
—No, te lo digo porque es lo que suele durar una enfermedad
así.
—¿Qué pasará ahora?
—Tendrás que venir a sesiones de radioterapia
y quimioterapia, análisis, pruebas,...
—Mi cuerpo, ¿cómo cambiará?
—Perderás el pelo y mucho peso.
—¿Qué más?
—A veces pensarás que es mejor rendirse, pero
según vaya pasando el tiempo verás que falta
un día menos, y eso te ayudará a seguir adelante.
Créeme, conozco muchos casos como el tuyo de personas
que han venido llorando, diciéndome que más
de una vez yendo en el coche solos tuvieron idea de estrellar
el coche, o tirarse por la ventana, o cualquier locura.
—No me extraña.
—No voy a discutirte que eso es cierto, pero es verdad
que con fuerza, ayuda y esperanza, se sale.
—Y compañía.
—Sí. La comprensión y ayuda de tu familia
y tus amigos te dará más fuerza. Mira, tienes
que intentar hacer tu vida, salir, ir con los amigos, divertirte
con cierta moderación y, lo más importante,
no pensar que tienes cáncer.
* * *
Al salir de la consulta se encontró a Isabel, fingió
una sonrisa, y se acercó:
—¿Isa?
—Rafa, ¿qué tal estás? —Bien.
¿Y tú qué tal?
—Bien también. ¿Tomamos un café?
Me encantaría compartir un café con un chico
tan guapo.
—Ya, eso se lo dirás a todos.
—No, sabes que solo te lo digo a ti.
—¿Qué haces por aquí?
—Vengo de ver a ver a un cliente —mintió.
—¿Y le has vendido algo?
—Bueno, más o menos.
—A ver si le has vendido una moto.
Rafael esbozó una sonrisa.
—Sí, una moto —y sonrió.
—¿Y tú qué haces por aquí?
—preguntó.
—Buscar trabajo.
—Puedo preguntar en la empresa. Quizás estén
buscando personal; de vez en cuando abren procesos de selección.
—Gracias, puedo trabajar en lo que sea.
—Bueno, pues quedamos en eso, quizás la semana
que viene te llame y hablamos.
—Mi número de móvil está en el
CV
—Sí, es verdad. Vale, cuenta con que te llamaré.
Ahora tengo que dejarte, he de volver a la oficina. Hasta
mi llamada.
—Adiós.
—Adiós.
* * *
Cuando estaba alejado de Isabel, Rafael se volvió al
hospital. Tenía que coger varias citas para radioterapia
y quimioterapia, análisis de sangre, radiografías,.
Como en su entorno sospecharían y preguntarían,
se le ocurrió poner la excusa de que iría a
visitar clientes, viajes fuera de Madrid y días por
asuntos propios. Con eso ganaría tiempo y caras de
compasión.
Lentamente subió la escalera, entró a la consulta
del oncólogo y pidió cita para otra consulta.
—La semana que viene, ¿podría ser?
—Sí. La hora me es igual, pero que sea por la
tarde, por favor.
—Claro, ¿a las 6 el martes próximo?
—Sí, correcto. Un momento, lo apuntaré
en la agenda electrónica para que me avise por la mañana,
así no lo olvidaré. Gracias. Hasta el martes.
—Adiós.
Y cerró la puerta.
Isa llegó a casa confiada en que Rafael dejaría
su cu- rrículum y movería todos los hilos en
su empresa para que al menos alguien le diera una entrevista.
De pronto, sonó el teléfono:
—Dígame —contestó Isa.
—¿Tan pronto te has olvidado de mí? ¿No
tienes mi número de móvil en los contactos?
—Perdona, es que no pensé que llamarías
tan pronto, Rafa.
—Era para preguntarte si mañana puedes pasarte
por el trabajo. Quizás sea mejor que personalmente
dejes el CV al Jefe de personal. Se llama Adrián y
es muy simpático.
—Vale, ¿a qué hora quedamos?
—¿A las 10 te viene bien? De paso tomamos café.
—Muy bien, pero invitas tú, que estoy en el paro.
—No te preocupes, lo pagaré yo. Hasta mañana,
bombón.
—Hasta mañana, de licorcito, jaja —y colgó.
Al día siguiente Isa llegó puntual a su cita.
Rafael apareció minutos después y la saludó
muy cariñoso con un beso. Rafael sintió un pequeño
mareo e Isabel, que se dio cuenta de que algo pasaba, preguntó:
—¿Te ocurre algo?
—No, no. Es un simple mareo. Aún no he desayunado
y a mi edad, se nota.
—En fin, café con leche y mi compañía.
—Acepto ambas cosas.
—¿Subimos a la oficina?
—Sí, claro. No quiero hacerte perder más
tiempo.
—No, al revés; es un placer ayudarte.
En silencio caminaron a la oficina y en el trayecto Rafael
se volvió a marear.
—¿Estás bien?
—Sí, es que no he tomado la pastilla de las vitaminas
—mintió.
—Es que estás muy débil —sentenció
Isa—. A saber qué harás tú.
Silencio.
Rafael no supo qué decir. Estaba buscando una salida,
a ver qué se le podía ocurrir...
—¿Por qué dices eso?
—Siempre has sido un hombre fuerte. Me acuerdo de cuando
ibas al gimnasio, cuando...
—Cuando no trabajaba tanto —contestó Rafael
sonriendo, tocando el mentón de Isabel.
—Lo siento, no quería decir eso. Me preocupas
y quería ayudar, perdona.
—Perdóname tú a mí. Últimamente
no sé qué me pasa: no como, apenas duermo y
no hago más que trabajar. Mira, se me está empezando
a caer el pelo. No puedo más.
A alguien tenía que contárselo, lo tenía
en la cabeza, y sin pensarlo se lo dijo:
—Tengo cáncer.
—Bueno, ahora hay muchos adelantos médicos. Verás
como en poco tiempo volverás a ser el de siempre.
—¿Y tú estarás ahí para
verlo?
—Sí, no voy a dejarte. Vamos al despacho de Adrián.
Al llegar pasaron a una sala grande de juntas, y Rafael hizo
las presentaciones:
—Adrián, Isabel —y se fue.
—Encantado.
—Igualmente.
—¿Se puede quedar a la entrevista?
—No, no. Tengo una reunión muy importante. Ya
me contarás al salir. Hasta luego, suerte.
—Nos quedamos solos —dijo Adrián para "romper
el hielo".
—Bueno, estupendo —contesté.
—Rafa me ha dicho que estás buscando trabajo.
—Sí, me he quedado en el paro y quiero trabajar
en cualquier cosa.
—¿A qué te dedicabas?
—Secretaria, recepcionista y comercial.
—Ahora mismo no estamos buscando a nadie, pero consideraré
tu candidatura en futuros procesos de selección.
—Te estoy agradecida. Hasta otra y gracias.
—Adiós, y gracias por aceptar la entrevista.
Al salir cerró la puerta y fue a buscar a Rafael para
darle las gracias por la oportunidad, pero su secretaria dijo:
—Lo siento, está reunido.
—Gracias. ¿Le puede dejar el recado de que he
venido despedirme?
—¿A quién apunto en el recado?
—Isa, bueno, Isabel. Es amigo mío. Me ha conseguido
una entrevista.
La secretaria puso cara como que no le interesaba la historia,
pero al final contestó:
—No se preocupe, le daré su recado. ¿Algo
más?
—No, muy amable y buenos días.
—Buenos días.
Salió de la empresa y preocupada no dejó de
pensar en él. Ni siquiera importó el trabajo,
aceptó por amistad, pero en ese momento sus energías
estaban concentradas en Rafael.
"No se acordaba de que años atrás viví
esta experiencia con mi padre. Dejé mi trabajo por
cuidarlo y estuve un año pendiente de él.
Un día, cuando estaba en casa me llamó diciendo
que estaba enfermo. Fuimos a buscarle, le llevamos a un hospital
en una ambulancia y preguntó al oncólogo si
se moriría. Cuando me quedaba en casa con él
me decía que iba a durar poco. Él había
leído libros y no podía engañarle.
Un día le vi llorar en soledad y me conmoví;
hasta ese día nunca antes había visto a mi padre
echar una sola lágrima.
Sonó el móvil.
—¿Cómo fue la entrevista? —preguntó
Rafael a Isabel.
—Bien, ya me llamarán, pero te agradezco que
me hayas dado una oportunidad.
—Gracias a ti.
—¿Cómo fue la reunión? Cuando salí
fui a darte las gracias, pero me dijo tu secretaria estabas
reunido.
—Cansada, como todas.
—¿Estás cansado? Apenas es mediodía...
—Sí, bueno, ya te dije que no tomé las
vitaminas y no duermo bien.
—Ya, sí, es verdad. Estamos en contacto, y gracias
de nuevo.
—Sí. Ya estamos en contacto. Te llamaré
un día para comer.
—Cuídate.
—Un beso.
Rafael llamó al médico porque no se encontraba
bien y no podía esperar a que llegara el martes.
—Doctor, no tengo ganas de comer, estoy cansado y no
duermo bien.
—Pásate esta tarde.
—Sí, ¿a qué hora?
—A las 4 tengo un hueco. ¿Me confirmas que vendrás?
—Ahí estaré doctor, y muchas gracias —colgó.
No podía seguir viviendo así, con los mareos,
sin poder dormir y, sobre todo, mintiendo, buscando excusas,
todo el día al acecho.
Sonó el teléfono. Era Adrián.
—Hola. ¿Estás con tu amiga?
—No, estoy saliendo de una reunión. Con Isabel
quedaré otro día, pero no está conmigo.
¿Por qué?
—Necesito que venga. José me ha dicho que busque
teleoperadoras y quizás pueda interesarle.
—Ok, yo creo que le gustará; está buscando
trabajo.
—Entonces es mejor que un amigo le dé la buena
noticia.
—Te cuento. Hasta luego.
Colgó a Adrián y llamó inmediatamente
a Isabel. Era cierto que era más conveniente que un
amigo diera la noticia, más incluso que un jefe de
personal.
—¿Isa?
—¿Rafa? ¿Ocurre algo? ¿Estás
bien?
—Sí. Oye, que les has encantado. Adrián
quiere que hagas otra entrevista. ¿Mañana vienes
a la misma hora?
—Sí, ¿y me invitas a otro café?
Jajaja.
—Pues sí. A las 10 en la cafetería donde
estuvimos hoy.
—Hasta mañana.
—Adiós.
Al día siguiente Isa se levantó muy temprano.
Quería llegar cuanto antes a su cita con Manu, ir despierta
a la entrevista y salir con el trabajo conseguido. Se fue
a la ducha pensando las posibles preguntas y sus respuestas,
y de paso seleccionó qué ropa era más
adecuada. Enseguida acabó de ducharse, vestirse y tomar
un zumo de naranja, porque el café ya lo tomaría
con Rafael.
Por su parte, Rafael estaba nervioso, pero sus motivos eran
muy diferentes. Quería que llegara el martes para irse
de viaje. Diría a sus compañeros que le ha surgido
un cliente nuevo, aunque no era verdad, pero no importaba,
lo primordial era salir airoso ese martes. Ya está,
los llamaría para contarles que había salido
un cliente nuevo muy importante, eso de que "es muy provechoso
el boca a boca", o que "hay que cuidar al cliente
porque no están las cosas para perder oportunidades".
Esas frases que enseñan en el curso de Agente comercial
que le impartió Germán Pérez Burillo,
el mejor comercial que tuvo la empresa, y que él aprendió
bien. Unas frases más y convencería a todos.
Puntuales, llegaron casi a la vez a la cita. Rafael dijo a
Isabel que se iba el martes a ver a un cliente en las afueras
de Madrid, e Isabel estaba pensando si para el martes seguiría
en la empresa.
—Buenos días.
—Hola. Gracias por la ayuda para conseguir el trabajo.
—Dáselas a Adrián.
—No, a ti que me cogiste el currículum y se lo
diste.
—No tiene importancia. ¿Café?
—Sí, por favor. Con leche fría y desnatada.
—Camarero, dos cafés con leche fría; uno
de ellos con la leche desnatada, por favor.
—Marchando.
—Bueno, mientras nos trae los cafés me gustaría
contarte algo —dijo intrigante.
—Tú dirás —contestó sonriente
Isabel.
—Yo soy comercial, y debido a mi trabajo voy de viaje
muy a menudo.
—¿Y por qué me lo cuentas?
—Porque no podré estar contigo todo el tiempo
que me gustaría.
—Lo sé, pero Adrián me enseñará
lo necesario.
—Sí, sí, no tengo dudas. Pero Isa, me
gustaría estar más tiempo contigo, sobre todo
los primeros días.
—Pues nos hacemos novios, así al salir quedamos
y nos contamos cómo nos ha ido el día —rió.
—Bien, me encanta cómo enfocas los problemas
y lo rápido que los solucionas —sonrió
la ocurrencia Rafael.
—Supongo que es parte de mi trabajo el poder solucionar
los problemas por teléfono lo más rápido
posible.
Al terminar los cafés salieron juntos hacia la oficina.
Repentinamente Rafael se sintió mal y se mareó.
Isabel, asustada, llamó al 112 rápidamente mientras
apoyaba la cabeza de Rafael en sus rodillas. Esta lo tranquilizó
con palabras tiernas y le acariciaba la cabeza musitando con
poca voz que no pasaba nada, que enseguida llegaría
la ambulancia.
Cuando llegó la ambulancia se lo llevó al hospital.
Isabel fue detrás de la ambulancia en un taxi.
Llegaron enseguida y lo metieron en observación. Isabel
se encargó de rellenar el impreso de admisión
y confirmó los datos del enfermo, pues se había
quedado con la cartera para poder obtener dichos datos. Al
terminar, la recepcionista de Admisión dijo: "Espere
en la sala; le avisaremos cuando sepamos algo".
—Gracias.
Se sentó en aquella estancia. El frío se metía
en los huesos; la calefacción estaba rota. Sin querer,
se vio jugando con la cartera de Rafael y se escurrió
de sus manos, cayendo los papeles. Al recogerlos vio un papel
con una cita para el martes a las 6 de la tarde. De repente,
se acordó que dijo en la cafetería algo de un
viaje, precisamente para el día que ponía en
el papel. "¿Se equivocó? ¿Sabía
lo que decía? ¿A quién quería
engañar? Ir al médico es algo normal, cientos
de personas van al médico a diario. ¿Por qué
dijo algo de un viaje, justo a la misma hora que tenía
el médico?", pensaba Isabel, para llegar a la
conclusión de que simplemente no se había cuenta
de que tenía una cita cuando concertó la otra.
—¿Familiares de Rafael Lozano Urquijo?
—Sí, yo.
—Acompáñeme, por favor.
—¿Cómo está, doctor?
—Bien, ha sido un susto, pero tiene que cuidarse.
—Yo me encargo, no se preocupe. ¿Cuando le podré
ver?
—Enseguida, aunque es probable se quede en observación
algún día y lo trasladaremos después
a planta.
—Les dejo mis datos por si ocurre alguna cosa.
—Sí, al salir, en recepción, deje el nombre
y el teléfono donde podamos localizarla en caso de
urgencia.
—Gracias, doctor.
—De nada.
—Espere en la sala, le avisaré para verle.
—Gracias de nuevo.
Cerró la puerta y fue a la recepción. Tenía
que facilitar sus datos y un teléfono, y después
volvería a la sala donde oiría por megafonía
su nombre para poder entrar a verlo. No convenía empezar
a hacerle preguntas por el papel con la cita médica;
era pronto, quedaban días aún, y seguro que
necesitaría descansar.
—Familiares de Rafael Lozano Urquijo, pasen por el box
2.
Isabel corrió por los pasillos como sonámbula,
puesto que no sabía dónde estaba el box 2 que
indicaba la megafonía, hasta que llegó a él.
Dentro buscó con la mirada a Rafael, lo vio en la cama
y se acercó:
—¡Qué susto! ¿Cómo estás?
—Bien. Cansado, pero bien.
—¿Cuándo me dan el alta? —preguntó
nervioso.
—No sé, pero me parece que te quedas unos días
en observación. Verás, pidieron si había
algún familiar y yo me ofrecí —dijo Isabel.
—Has hecho bien, no tengo familia.
—¿No tienes padres?
—Sí, pero no viven aquí. Si los llamo,
se asustarán. —¿Donde están? —En
Orusco de Tajuña. —¿En dónde?
—Orusco de Tajuña es un pueblo de Madrid. —Ya
me llevarás cuando te mejores. —Sí...,
cuando me mejore.
Isabel se fue del hospital cuando oyó por megafonía
que las visitas tenían que abandonar el recinto. Rafael
se quedó dormido y ni se enteró. "Mejor",
pensó Isabel, "será más conveniente
que descanse".
Pero al salir se dio cuenta de que Rafael tenía la
cartera y el móvil metidos en una bolsa al alcance
de todos, y su instinto le dictó el volver a la habitación
de su amigo, cogerlo y custodiarlo hasta que se restableciera
o pudiera estar consciente.
Sacó todo de la bolsa con cuidado de no hacer ruido
y así no despertar a Rafael, pero al sacar todos sus
efectos personales, que Isabel se llevaba consigo en el bolso,
una enfermera la sorprendió en la habitación,
y ella salió.
A los pocos días subieron a Rafael a la habitación.
Aún tendría que estar unos días en observación.
Él no había reparado en que le faltaban algunas
cosas, pero enseguida llegó Isabel y se lo contó:
—Me llevé el móvil, la cartera, las llaves
de tu casa y el dinero —le dijo Isabel.
—¿Por qué lo hiciste?
—Me dio miedo que se perdiera algo —le aclaró.
—¿Cuánto tiempo estarás aquí?
—preguntó Isabel.
—No lo sé, supongo que unos días.
Isabel iba todos los días a verle y le contaba cosas
de la empresa, de cómo poco a poco se iba adaptando
a su trabajo y Rafael, por su parte, seguía pensando
que el martes tenía que viajar como fuera para poder
ir a la primera consulta del oncólogo.
Afortunadamente, cuando el médico le dio el alta era
lunes, víspera del día de la cita médica.
—Buenos días.
—Hola, ¿qué tal estás?
—Bien. Menudo susto os he dado...
—Sí, bueno. Los análisis son buenos y
estás recuperado del mareo, porque de lo demás,
¿cuando empiezas el tratamiento? —preguntó
el doctor.
—Verá doctor, de eso querría hablarle:
mañana martes empieza la quimio.
—¿Te acompaña alguien a las sesiones?
Es muy importante que estés en todo momento acompañado:
tus amigos, familia, compañeros de trabajo y tu esposa
— recomendó el doctor.
—No estoy casado —aclaró.
—Pues amigos, compañeros y, sobre todo, la familia.
¿Lo saben tus padres?
—No, doctor, mis padres no viven en Madrid.
—Sí, ya me figuro que no es fácil. Contaba
con algo así... Isabel, la chica que viene a verte,
¿lo sabe? Fue ella quien se ocupó de ti.
—Ya, doctor. Si no hubiera sido por ella. La pobre,
vaya susto se llevó.
—Sí, pero afortunadamente se acabó todo.
Recoge el certificado de alta en la recepción y suerte.
—Voy a ver a Isabel. Hasta luego, doctor.
—Adiós.
Llegó a la habitación, donde Isabel estaba esperando.
Llamó a la puerta con los nudillos:
—¿Se puede? —preguntó Rafael de
muy buen humor.
—Adelante, si estás en tu habitación —rió
Isabel.
—Con permiso.
—Pasa, siéntate y cuéntame.
—Afortunadamente, todo ha quedado en un susto.
—Bueno, ¿qué te dijo el médico?
—preguntó Isabel.
—Que me vaya. Tengo que pasar a recoger el alta por
recepción y preparar la bolsa con mis cosas.
—Te ayudo, no debes cansarte. Por cierto, toma tus cosas.
Me las he quedado en mi casa por el miedo que se pierdan —aclaró
Isabel.
—Gracias, no sé qué haría sin ti.
Me has salvado la vida. Sin ti, que llamaste a Emergencias
y arreglaste el papeleo, venías a verme, hablas con
el médico,.
—Llamé a tus padres.
—¿Cómo has dicho?
—Llamé a tus padres. Tienen derecho a saber que
estás en el hospital.
—¿Les has dicho que estoy en el hospital? ¿Con
qué derecho te crees para coger mis cosas, sin mi permiso,
por cierto, y mucho menos actuar sin permiso? ¿Tú
no te has parado a pensar que es mi decisión? —contestó
iracundo—. Y lo más importante: ¿cómo
se lo has dicho? —preguntó intrigado.
—No les he dicho que tienes cáncer, solo que
estás en el hospital. Pero no puedo encargarme todo
el día de ti. Imagina que tienes que guardar reposo
en casa. Hacer la compra, guisar, limpiar, no puedes hacerlo
tú. Y yo no puedo estar faltando al trabajo. Bastante
es que venía a verte a diario. Pero si te dan de alta,
quizás no te puedas incorporar mañana —le
respondió enfadada Isabel.
—Al final te tendré que dar las gracias —dijo
enfadado.
—No hace falta. Además, no les dije exactamente
que estás en el hospital; solo les comenté que
tal vez podrías necesitarlos. Eres un gilipollas, un
egoísta, que solo piensa en ti, y no te das cuenta
que hay gente que te quiere y a quien de verdad importas.
¿Qué te crees? ¿Dios? Tú puedes
con todo,. —y de un portazo cerró la puerta y
se fue.
Rafael se quedó en silencio ordenando sus cosas, guardándolas,
repasando que no dejaba nada olvidado y preparando la ropa.
Se fijó en la agenda, la abrió, miró
el listado de contactos y llamó a su madre. Hacía
meses que no sabía de ellos; el trabajo se lo impedía.
—Dígame —contestó una voz femenina.
—Mamá, soy Rafael. ¿Qué tal estáis?
—Hijo, qué alegría oírte. ¿Estás
bien?
—Sí, estoy acabando de salir de una reunión
y tengo que meterme en otra, por eso aprovecho este hueco
para llamaros, que hace tiempo que no sé de vosotros.
—Es verdad, a ver si un fin de semana te escapas y vienes
al pueblo —dijo su madre esperanzada.
—Quizás antes de lo que imaginas —contestó.
—¿Cómo van las cosas por Madrid? ¿Comes
bien, hijo? Es que desde que nos vinimos aquí, creo
que no debimos dejarte solo.
—Mamá, que soy mayorcito para cuidarme, aunque
el cariño y los mimos de una madre.
—Anda zalamero, te paso con tu padre.
La relación de Rafael con su padre fue siempre respetuosa,
pero no era muy estrecha. Su madre se dolía por ello,
prefería no entrometerse. Era mejor dejar las cosas
así.
—Hola, ¿qué tal estás? —preguntó
su padre.
—Bien, papá. Algo cansado por el trabajo, pero
bien.
—¿Vendrás al pueblo a vernos?
—En breve. Ahora tengo mucho trabajo.
—Vale, cuídate. Te paso con tu madre —y
se fue.
—Bueno cariño, cuídate y ven a vernos
pronto. Un beso, hijo.
—Un beso, madre. Cuidaos vosotros también —y
colgó.
Era hijo único y siempre echó de menos tener
una hermana que se ocupara de sus padres, sobre todo de su
padre, que jamás le perdonó que hiciera sus
planes sin consultarle, sin su aprobación. No, su padre
tenía otros planes para él. Había trabajado
en una empresa y al jubilarse trató de que a su hijo
le colocaran, e incluso le consiguió una entrevista
con el jefe de personal, pero Rafael no fue. Y ahí
empezó la distancia. Su madre en silencio vivió
ese episodio. No se posicionó y calló.
Rafael notó que sus padres no sabían nada de
la en-fermedad, que Isabel solo les llamó para que
supieran que estaba bien, porque sabía de su dejadez,
pero fue leal y no les dijo nada de su enfermedad ni que estaba
en un hospital.
Se levantó de la silla y llamó a Isabel. Tenía
que pedirle disculpas porque había sido muy ruin al
acusarle de cosas falsas. Marcó el número del
teléfono y esperó. Pasaron los tonos de llamada
y saltó el contestador, y dejó un recado: "Isabel,
perdóname. Soy el idiota de tu amigo, si es que aún
soy amigo tuyo. Tienes razón, no sé tratar a
la gente que me quiere. Llámame si quieres. Un beso".
Y colgó. Pensó que ella había visto la
llamada y que lo había dejado sonar.
En cambio, Isabel estaba ocupada. No oyó siquiera el
teléfono y por eso no lo cogió. Quería
tanto a su amigo que no le importaban sus defectos. En eso
basaba la amistad, y al final, minutos más tarde, lo
olvidó. Al acabar, instintivamente, Isabel cogió
el móvil, vio la llamada, oyó el mensaje del
buzón de voz y lo llamó.
—A ver, ¿qué te pasa ahora?
—¿Estás enfadada? —sondeó.
—¿Para eso me llamas?
—No. Es que. eh, bueno, hablé con mis padres;
los llamé.
—Bien, eres un buen hijo. ¿Y? —contestó
secamente Isabel, ya que no quería demostrar que se
le ha pasado el enfado.
—Nada, que soy un tonto. Alejo de mi vida a quien me
quiere.
—Eso está bien. La gente que te quiere de verdad
es la que está a tu lado cuando la necesitas.
—Sí, como tú —afirmó.
—Por ejemplo.
—Y mis padres.
—También.
—Tendría que contarte algo.
—Bien, seré toda oídos.
—¿Hoy te viene bien quedar? —preguntó.
—No sé, déjame que mire la agenda y te
llamo. Ahora tengo que dejarte. Hasta luego —y colgó.
Toda la tarde se la pasó mirando el teléfono
por si le llamaba Isabel y ni siquiera se acordó de
su enfermedad. Pensó que lo más correcto fue
contárselo a su amiga. Después de haber comprobado
que sus padres no sabían nada se dio cuenta de que
podía confiar en ella. Pero, ¿qué les
dijo a sus padres? Isabel dijo que había llamado a
sus padres y, sin embargo, cuando habló con su madre,
ella no le dijo nada. Eso era algo que descu-briría
tiempo más tarde.
El día de la cita con el médico se acercaba
para ir a las primeras sesiones de quimio. Seguro que no era
buena idea acudir solo porque podría marearse, caerse,
y lo peor, estar solo al salir de la sesión. Esto era
algo que no se había planteado. Tenía que contar
a Isabel que en realidad él sabía por qué
fue el mareo, por qué estaba tan cansado siempre, inapetente.
En el trabajo iba a decir que un cliente de fuera le había
llamado insistentemente para hacerle una visita y que le había
pedido que fuera precisamente el martes a las 18,00 horas,
a la misma hora que tenía las sesiones diarias de quimio
y radioterapia.
En el trabajo corrió la voz de que algunas tardes no
iría a trabajar. A la secretaria le informó
de que estaría fuera captando clientes, con el móvil
apagado porque no le parecía correcto estar en una
reunión con el teléfono encendido. Al salir
lo encendería de nuevo y vería las llamadas.
Sonó el teléfono y en la pantalla apareció
un nombre: Isabel.
—Dime —contestó ansioso.
—¿Te viene bien quedar a comer?
—Sí, te recojo en el trabajo.
—No estoy allí. Adrián me pidió
que hiciera unas gestiones. Estoy fuera del despacho. Mejor
quedamos en la cafetería donde solemos tomar café.
¿Qué te parece a las 14,30?
—Perfecto —asintió—. Allí
estaré.
—Hasta luego —Volvió a colgar, sin dejar
siquiera que se despidiera.
Las horas no pasaban y Rafael se impacientaba dando vueltas
por el despacho: cambiaba de sitio los papeles, reorganizaba
los archivadores, tiraba revistas atrasadas. Hasta que dieron
las 14,15 y salió del despacho como un niño
que va al parque o a un recreo. No miró nada más,
solo que vería a su amiga. Le daría explicaciones,
le pediría perdón, y le contaría su secreto;
nada más lo sabrían los dos.
Llegó Isabel primero, se sentó en la barra,
pidió una cola-cola y esperó mientras veía
los mensajes que entraban en el móvil, hasta que una
sombra apareció a su espalda.
—Hola —dijo Isabel sin mirarlo.
—¿Cómo sabías que era yo?
—Intuición.
—Supongo que te debo una explicación.
—Y una comida que no he cobrado aún.
—Sí, no hay problema —dijo Rafael.
—Pues vamos. He dejado reservada la mesa del fondo,
al lado de la ventana —contestó levantándose
Isabel.
—Vamos.
—¿No pagamos lo que has tomado? —preguntó.
—No, que lo sumen a la cuenta total.
—Como digas —y sonrió a su amiga.
Ver a Rafael sonreír era un premio para Isabel. Ella
sabía qué le ocurría. Había visto
esos síntomas en alguien muy cercano y revivió
por un momento aquellas circunstancias. Prefirió dejar
de pensarlo y se sentó, y sin darle tiempo a Isabel
a que empezara una nueva conversación, le dijo:
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