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        María Isabel M. Gilaranz

CUENTOS Y RELATOS

 

LECCIÓN DE VIDA
NOVELA DE Mª ISABEL MARTÍNEZ GILARANZ

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© 2013 LECCIÓN DE VIDA © 2013 María Isabel Martínez Gilaranz
Está novela, basada en hechos reales, está dedicada con toda mi gratitud y cariño:
A mis padres, Rafael y Begoña, por todo su apoyo y comprensión.
A Irene Muñoz y Manuel Calvo-Manzano por lo que me aguantan y me quieren.
A Rafael Cama, mi gran amigo, que está siempre a mi lado, me ayudó a terminar este libro, y colaboro en él.
A mis Profesores de la Escuela Taller de Literatura y Narrativa, que me han enseñado todo lo que saben para hacer de mi una buena escritora.
Y muy especialmente a todas las personas que en algún momento de su vida han tenido que convivir con el cáncer de alguna forma, ya sean familiares, amigos o enfermos, y a la Asociación Española de la lucha Contra el Cáncer por la labor diaria que realiza.

Tienes cáncer.
—No puede ser.
—No hay duda.
—Repítame las pruebas.
—Créeme; antes de decirte el diagnóstico, lo he comprobado.
—Tiene algún colega de confianza al que pueda pedir una segunda opinión.
—Te dirá lo mismo.
—Aun así.
—No, las pruebas cuestan mucho dinero.
—Yo asumiré el costo.
—No.
—No me voy a rendir sin luchar. Quien me conoce lo sabe.
—Lo entiendo, pero son pruebas muy costosas. No cabe duda que tienes cáncer, pero ahora hay muchos avances y saldrás en más o menos un año.
—Un año pasa pronto. ¿Eso es lo que me quiere decir para consolarme?
—No, te lo digo porque es lo que suele durar una enfermedad así.
—¿Qué pasará ahora?
—Tendrás que venir a sesiones de radioterapia y quimioterapia, análisis, pruebas,...
—Mi cuerpo, ¿cómo cambiará?
—Perderás el pelo y mucho peso.
—¿Qué más?
—A veces pensarás que es mejor rendirse, pero según vaya pasando el tiempo verás que falta un día menos, y eso te ayudará a seguir adelante. Créeme, conozco muchos casos como el tuyo de personas que han venido llorando, diciéndome que más de una vez yendo en el coche solos tuvieron idea de estrellar el coche, o tirarse por la ventana, o cualquier locura.
—No me extraña.
—No voy a discutirte que eso es cierto, pero es verdad que con fuerza, ayuda y esperanza, se sale.
—Y compañía.
—Sí. La comprensión y ayuda de tu familia y tus amigos te dará más fuerza. Mira, tienes que intentar hacer tu vida, salir, ir con los amigos, divertirte con cierta moderación y, lo más importante, no pensar que tienes cáncer.
* * *
Al salir de la consulta se encontró a Isabel, fingió una sonrisa, y se acercó:
—¿Isa?
—Rafa, ¿qué tal estás? —Bien. ¿Y tú qué tal?
—Bien también. ¿Tomamos un café? Me encantaría compartir un café con un chico tan guapo.
—Ya, eso se lo dirás a todos.
—No, sabes que solo te lo digo a ti.
—¿Qué haces por aquí?
—Vengo de ver a ver a un cliente —mintió.
—¿Y le has vendido algo?
—Bueno, más o menos.
—A ver si le has vendido una moto.
Rafael esbozó una sonrisa.
—Sí, una moto —y sonrió.
—¿Y tú qué haces por aquí? —preguntó.
—Buscar trabajo.
—Puedo preguntar en la empresa. Quizás estén buscando personal; de vez en cuando abren procesos de selección.
—Gracias, puedo trabajar en lo que sea.
—Bueno, pues quedamos en eso, quizás la semana que viene te llame y hablamos.
—Mi número de móvil está en el CV
—Sí, es verdad. Vale, cuenta con que te llamaré. Ahora tengo que dejarte, he de volver a la oficina. Hasta mi llamada.
—Adiós.
—Adiós.
* * *
Cuando estaba alejado de Isabel, Rafael se volvió al hospital. Tenía que coger varias citas para radioterapia y quimioterapia, análisis de sangre, radiografías,. Como en su entorno sospecharían y preguntarían, se le ocurrió poner la excusa de que iría a visitar clientes, viajes fuera de Madrid y días por asuntos propios. Con eso ganaría tiempo y caras de compasión.
Lentamente subió la escalera, entró a la consulta del oncólogo y pidió cita para otra consulta.
—La semana que viene, ¿podría ser?
—Sí. La hora me es igual, pero que sea por la tarde, por favor.
—Claro, ¿a las 6 el martes próximo?
—Sí, correcto. Un momento, lo apuntaré en la agenda electrónica para que me avise por la mañana, así no lo olvidaré. Gracias. Hasta el martes.
—Adiós.
Y cerró la puerta.
Isa llegó a casa confiada en que Rafael dejaría su cu- rrículum y movería todos los hilos en su empresa para que al menos alguien le diera una entrevista. De pronto, sonó el teléfono:
—Dígame —contestó Isa.
—¿Tan pronto te has olvidado de mí? ¿No tienes mi número de móvil en los contactos?
—Perdona, es que no pensé que llamarías tan pronto, Rafa.
—Era para preguntarte si mañana puedes pasarte por el trabajo. Quizás sea mejor que personalmente dejes el CV al Jefe de personal. Se llama Adrián y es muy simpático.
—Vale, ¿a qué hora quedamos?
—¿A las 10 te viene bien? De paso tomamos café.
—Muy bien, pero invitas tú, que estoy en el paro.
—No te preocupes, lo pagaré yo. Hasta mañana, bombón.
—Hasta mañana, de licorcito, jaja —y colgó.
Al día siguiente Isa llegó puntual a su cita. Rafael apareció minutos después y la saludó muy cariñoso con un beso. Rafael sintió un pequeño mareo e Isabel, que se dio cuenta de que algo pasaba, preguntó:
—¿Te ocurre algo?
—No, no. Es un simple mareo. Aún no he desayunado y a mi edad, se nota.
—En fin, café con leche y mi compañía.
—Acepto ambas cosas.
—¿Subimos a la oficina?
—Sí, claro. No quiero hacerte perder más tiempo.
—No, al revés; es un placer ayudarte.
En silencio caminaron a la oficina y en el trayecto Rafael se volvió a marear.
—¿Estás bien?
—Sí, es que no he tomado la pastilla de las vitaminas —mintió.
—Es que estás muy débil —sentenció Isa—. A saber qué harás tú.
Silencio.
Rafael no supo qué decir. Estaba buscando una salida, a ver qué se le podía ocurrir...
—¿Por qué dices eso?
—Siempre has sido un hombre fuerte. Me acuerdo de cuando ibas al gimnasio, cuando...
—Cuando no trabajaba tanto —contestó Rafael sonriendo, tocando el mentón de Isabel.
—Lo siento, no quería decir eso. Me preocupas y quería ayudar, perdona.
—Perdóname tú a mí. Últimamente no sé qué me pasa: no como, apenas duermo y no hago más que trabajar. Mira, se me está empezando a caer el pelo. No puedo más.
A alguien tenía que contárselo, lo tenía en la cabeza, y sin pensarlo se lo dijo:
—Tengo cáncer.
—Bueno, ahora hay muchos adelantos médicos. Verás como en poco tiempo volverás a ser el de siempre.
—¿Y tú estarás ahí para verlo?
—Sí, no voy a dejarte. Vamos al despacho de Adrián.
Al llegar pasaron a una sala grande de juntas, y Rafael hizo las presentaciones:
—Adrián, Isabel —y se fue.
—Encantado.
—Igualmente.
—¿Se puede quedar a la entrevista?
—No, no. Tengo una reunión muy importante. Ya me contarás al salir. Hasta luego, suerte.
—Nos quedamos solos —dijo Adrián para "romper el hielo".
—Bueno, estupendo —contesté.
—Rafa me ha dicho que estás buscando trabajo.
—Sí, me he quedado en el paro y quiero trabajar en cualquier cosa.
—¿A qué te dedicabas?
—Secretaria, recepcionista y comercial.
—Ahora mismo no estamos buscando a nadie, pero consideraré tu candidatura en futuros procesos de selección.
—Te estoy agradecida. Hasta otra y gracias.
—Adiós, y gracias por aceptar la entrevista.
Al salir cerró la puerta y fue a buscar a Rafael para darle las gracias por la oportunidad, pero su secretaria dijo:
—Lo siento, está reunido.
—Gracias. ¿Le puede dejar el recado de que he venido despedirme?
—¿A quién apunto en el recado?
—Isa, bueno, Isabel. Es amigo mío. Me ha conseguido una entrevista.
La secretaria puso cara como que no le interesaba la historia, pero al final contestó:
—No se preocupe, le daré su recado. ¿Algo más?
—No, muy amable y buenos días.
—Buenos días.
Salió de la empresa y preocupada no dejó de pensar en él. Ni siquiera importó el trabajo, aceptó por amistad, pero en ese momento sus energías estaban concentradas en Rafael.
"No se acordaba de que años atrás viví esta experiencia con mi padre. Dejé mi trabajo por cuidarlo y estuve un año pendiente de él.
Un día, cuando estaba en casa me llamó diciendo que estaba enfermo. Fuimos a buscarle, le llevamos a un hospital en una ambulancia y preguntó al oncólogo si se moriría. Cuando me quedaba en casa con él me decía que iba a durar poco. Él había leído libros y no podía engañarle.
Un día le vi llorar en soledad y me conmoví; hasta ese día nunca antes había visto a mi padre echar una sola lágrima.
Sonó el móvil.
—¿Cómo fue la entrevista? —preguntó Rafael a Isabel.
—Bien, ya me llamarán, pero te agradezco que me hayas dado una oportunidad.
—Gracias a ti.
—¿Cómo fue la reunión? Cuando salí fui a darte las gracias, pero me dijo tu secretaria estabas reunido.
—Cansada, como todas.
—¿Estás cansado? Apenas es mediodía...
—Sí, bueno, ya te dije que no tomé las vitaminas y no duermo bien.
—Ya, sí, es verdad. Estamos en contacto, y gracias de nuevo.
—Sí. Ya estamos en contacto. Te llamaré un día para comer.
—Cuídate.
—Un beso.
Rafael llamó al médico porque no se encontraba bien y no podía esperar a que llegara el martes.
—Doctor, no tengo ganas de comer, estoy cansado y no duermo bien.
—Pásate esta tarde.
—Sí, ¿a qué hora?
—A las 4 tengo un hueco. ¿Me confirmas que vendrás?
—Ahí estaré doctor, y muchas gracias —colgó.
No podía seguir viviendo así, con los mareos, sin poder dormir y, sobre todo, mintiendo, buscando excusas, todo el día al acecho.
Sonó el teléfono. Era Adrián.
—Hola. ¿Estás con tu amiga?
—No, estoy saliendo de una reunión. Con Isabel quedaré otro día, pero no está conmigo. ¿Por qué?
—Necesito que venga. José me ha dicho que busque teleoperadoras y quizás pueda interesarle.
—Ok, yo creo que le gustará; está buscando trabajo.
—Entonces es mejor que un amigo le dé la buena noticia.
—Te cuento. Hasta luego.
Colgó a Adrián y llamó inmediatamente a Isabel. Era cierto que era más conveniente que un amigo diera la noticia, más incluso que un jefe de personal.
—¿Isa?
—¿Rafa? ¿Ocurre algo? ¿Estás bien?
—Sí. Oye, que les has encantado. Adrián quiere que hagas otra entrevista. ¿Mañana vienes a la misma hora?
—Sí, ¿y me invitas a otro café? Jajaja.
—Pues sí. A las 10 en la cafetería donde estuvimos hoy.
—Hasta mañana.
—Adiós.
Al día siguiente Isa se levantó muy temprano. Quería llegar cuanto antes a su cita con Manu, ir despierta a la entrevista y salir con el trabajo conseguido. Se fue a la ducha pensando las posibles preguntas y sus respuestas, y de paso seleccionó qué ropa era más adecuada. Enseguida acabó de ducharse, vestirse y tomar un zumo de naranja, porque el café ya lo tomaría con Rafael.
Por su parte, Rafael estaba nervioso, pero sus motivos eran muy diferentes. Quería que llegara el martes para irse de viaje. Diría a sus compañeros que le ha surgido un cliente nuevo, aunque no era verdad, pero no importaba, lo primordial era salir airoso ese martes. Ya está, los llamaría para contarles que había salido un cliente nuevo muy importante, eso de que "es muy provechoso el boca a boca", o que "hay que cuidar al cliente porque no están las cosas para perder oportunidades". Esas frases que enseñan en el curso de Agente comercial que le impartió Germán Pérez Burillo, el mejor comercial que tuvo la empresa, y que él aprendió bien. Unas frases más y convencería a todos.
Puntuales, llegaron casi a la vez a la cita. Rafael dijo a Isabel que se iba el martes a ver a un cliente en las afueras de Madrid, e Isabel estaba pensando si para el martes seguiría en la empresa.
—Buenos días.
—Hola. Gracias por la ayuda para conseguir el trabajo.
—Dáselas a Adrián.
—No, a ti que me cogiste el currículum y se lo diste.
—No tiene importancia. ¿Café?
—Sí, por favor. Con leche fría y desnatada.
—Camarero, dos cafés con leche fría; uno de ellos con la leche desnatada, por favor.
—Marchando.
—Bueno, mientras nos trae los cafés me gustaría contarte algo —dijo intrigante.
—Tú dirás —contestó sonriente Isabel.
—Yo soy comercial, y debido a mi trabajo voy de viaje muy a menudo.
—¿Y por qué me lo cuentas?
—Porque no podré estar contigo todo el tiempo que me gustaría.
—Lo sé, pero Adrián me enseñará lo necesario.
—Sí, sí, no tengo dudas. Pero Isa, me gustaría estar más tiempo contigo, sobre todo los primeros días.
—Pues nos hacemos novios, así al salir quedamos y nos contamos cómo nos ha ido el día —rió.
—Bien, me encanta cómo enfocas los problemas y lo rápido que los solucionas —sonrió la ocurrencia Rafael.
—Supongo que es parte de mi trabajo el poder solucionar los problemas por teléfono lo más rápido posible.
Al terminar los cafés salieron juntos hacia la oficina. Repentinamente Rafael se sintió mal y se mareó. Isabel, asustada, llamó al 112 rápidamente mientras apoyaba la cabeza de Rafael en sus rodillas. Esta lo tranquilizó con palabras tiernas y le acariciaba la cabeza musitando con poca voz que no pasaba nada, que enseguida llegaría la ambulancia.
Cuando llegó la ambulancia se lo llevó al hospital. Isabel fue detrás de la ambulancia en un taxi.
Llegaron enseguida y lo metieron en observación. Isabel se encargó de rellenar el impreso de admisión y confirmó los datos del enfermo, pues se había quedado con la cartera para poder obtener dichos datos. Al terminar, la recepcionista de Admisión dijo: "Espere en la sala; le avisaremos cuando sepamos algo".
—Gracias.
Se sentó en aquella estancia. El frío se metía en los huesos; la calefacción estaba rota. Sin querer, se vio jugando con la cartera de Rafael y se escurrió de sus manos, cayendo los papeles. Al recogerlos vio un papel con una cita para el martes a las 6 de la tarde. De repente, se acordó que dijo en la cafetería algo de un viaje, precisamente para el día que ponía en el papel. "¿Se equivocó? ¿Sabía lo que decía? ¿A quién quería engañar? Ir al médico es algo normal, cientos de personas van al médico a diario. ¿Por qué dijo algo de un viaje, justo a la misma hora que tenía el médico?", pensaba Isabel, para llegar a la conclusión de que simplemente no se había cuenta de que tenía una cita cuando concertó la otra.
—¿Familiares de Rafael Lozano Urquijo?
—Sí, yo.
—Acompáñeme, por favor.
—¿Cómo está, doctor?
—Bien, ha sido un susto, pero tiene que cuidarse.
—Yo me encargo, no se preocupe. ¿Cuando le podré ver?
—Enseguida, aunque es probable se quede en observación algún día y lo trasladaremos después a planta.
—Les dejo mis datos por si ocurre alguna cosa.
—Sí, al salir, en recepción, deje el nombre y el teléfono donde podamos localizarla en caso de urgencia.
—Gracias, doctor.
—De nada.
—Espere en la sala, le avisaré para verle.
—Gracias de nuevo.
Cerró la puerta y fue a la recepción. Tenía que facilitar sus datos y un teléfono, y después volvería a la sala donde oiría por megafonía su nombre para poder entrar a verlo. No convenía empezar a hacerle preguntas por el papel con la cita médica; era pronto, quedaban días aún, y seguro que necesitaría descansar.
—Familiares de Rafael Lozano Urquijo, pasen por el box 2.
Isabel corrió por los pasillos como sonámbula, puesto que no sabía dónde estaba el box 2 que indicaba la megafonía, hasta que llegó a él. Dentro buscó con la mirada a Rafael, lo vio en la cama y se acercó:
—¡Qué susto! ¿Cómo estás?
—Bien. Cansado, pero bien.
—¿Cuándo me dan el alta? —preguntó nervioso.
—No sé, pero me parece que te quedas unos días en observación. Verás, pidieron si había algún familiar y yo me ofrecí —dijo Isabel.
—Has hecho bien, no tengo familia.
—¿No tienes padres?
—Sí, pero no viven aquí. Si los llamo, se asustarán. —¿Donde están? —En Orusco de Tajuña. —¿En dónde?
—Orusco de Tajuña es un pueblo de Madrid. —Ya me llevarás cuando te mejores. —Sí..., cuando me mejore.
Isabel se fue del hospital cuando oyó por megafonía que las visitas tenían que abandonar el recinto. Rafael se quedó dormido y ni se enteró. "Mejor", pensó Isabel, "será más conveniente que descanse".
Pero al salir se dio cuenta de que Rafael tenía la cartera y el móvil metidos en una bolsa al alcance de todos, y su instinto le dictó el volver a la habitación de su amigo, cogerlo y custodiarlo hasta que se restableciera o pudiera estar consciente.
Sacó todo de la bolsa con cuidado de no hacer ruido y así no despertar a Rafael, pero al sacar todos sus efectos personales, que Isabel se llevaba consigo en el bolso, una enfermera la sorprendió en la habitación, y ella salió.
A los pocos días subieron a Rafael a la habitación. Aún tendría que estar unos días en observación. Él no había reparado en que le faltaban algunas cosas, pero enseguida llegó Isabel y se lo contó:
—Me llevé el móvil, la cartera, las llaves de tu casa y el dinero —le dijo Isabel.
—¿Por qué lo hiciste?
—Me dio miedo que se perdiera algo —le aclaró.
—¿Cuánto tiempo estarás aquí? —preguntó Isabel.
—No lo sé, supongo que unos días.
Isabel iba todos los días a verle y le contaba cosas de la empresa, de cómo poco a poco se iba adaptando a su trabajo y Rafael, por su parte, seguía pensando que el martes tenía que viajar como fuera para poder ir a la primera consulta del oncólogo.
Afortunadamente, cuando el médico le dio el alta era lunes, víspera del día de la cita médica.
—Buenos días.
—Hola, ¿qué tal estás?
—Bien. Menudo susto os he dado...
—Sí, bueno. Los análisis son buenos y estás recuperado del mareo, porque de lo demás, ¿cuando empiezas el tratamiento? —preguntó el doctor.
—Verá doctor, de eso querría hablarle: mañana martes empieza la quimio.
—¿Te acompaña alguien a las sesiones? Es muy importante que estés en todo momento acompañado: tus amigos, familia, compañeros de trabajo y tu esposa — recomendó el doctor.
—No estoy casado —aclaró.
—Pues amigos, compañeros y, sobre todo, la familia. ¿Lo saben tus padres?
—No, doctor, mis padres no viven en Madrid.
—Sí, ya me figuro que no es fácil. Contaba con algo así... Isabel, la chica que viene a verte, ¿lo sabe? Fue ella quien se ocupó de ti.
—Ya, doctor. Si no hubiera sido por ella. La pobre, vaya susto se llevó.
—Sí, pero afortunadamente se acabó todo. Recoge el certificado de alta en la recepción y suerte.
—Voy a ver a Isabel. Hasta luego, doctor.
—Adiós.
Llegó a la habitación, donde Isabel estaba esperando. Llamó a la puerta con los nudillos:
—¿Se puede? —preguntó Rafael de muy buen humor.
—Adelante, si estás en tu habitación —rió Isabel.
—Con permiso.
—Pasa, siéntate y cuéntame.
—Afortunadamente, todo ha quedado en un susto.
—Bueno, ¿qué te dijo el médico? —preguntó Isabel.
—Que me vaya. Tengo que pasar a recoger el alta por recepción y preparar la bolsa con mis cosas.
—Te ayudo, no debes cansarte. Por cierto, toma tus cosas. Me las he quedado en mi casa por el miedo que se pierdan —aclaró Isabel.
—Gracias, no sé qué haría sin ti. Me has salvado la vida. Sin ti, que llamaste a Emergencias y arreglaste el papeleo, venías a verme, hablas con el médico,.
—Llamé a tus padres.
—¿Cómo has dicho?
—Llamé a tus padres. Tienen derecho a saber que estás en el hospital.
—¿Les has dicho que estoy en el hospital? ¿Con qué derecho te crees para coger mis cosas, sin mi permiso, por cierto, y mucho menos actuar sin permiso? ¿Tú no te has parado a pensar que es mi decisión? —contestó iracundo—. Y lo más importante: ¿cómo se lo has dicho? —preguntó intrigado.
—No les he dicho que tienes cáncer, solo que estás en el hospital. Pero no puedo encargarme todo el día de ti. Imagina que tienes que guardar reposo en casa. Hacer la compra, guisar, limpiar, no puedes hacerlo tú. Y yo no puedo estar faltando al trabajo. Bastante es que venía a verte a diario. Pero si te dan de alta, quizás no te puedas incorporar mañana —le respondió enfadada Isabel.
—Al final te tendré que dar las gracias —dijo enfadado.
—No hace falta. Además, no les dije exactamente que estás en el hospital; solo les comenté que tal vez podrías necesitarlos. Eres un gilipollas, un egoísta, que solo piensa en ti, y no te das cuenta que hay gente que te quiere y a quien de verdad importas. ¿Qué te crees? ¿Dios? Tú puedes con todo,. —y de un portazo cerró la puerta y se fue.
Rafael se quedó en silencio ordenando sus cosas, guardándolas, repasando que no dejaba nada olvidado y preparando la ropa. Se fijó en la agenda, la abrió, miró el listado de contactos y llamó a su madre. Hacía meses que no sabía de ellos; el trabajo se lo impedía.
—Dígame —contestó una voz femenina.
—Mamá, soy Rafael. ¿Qué tal estáis?
—Hijo, qué alegría oírte. ¿Estás bien?
—Sí, estoy acabando de salir de una reunión y tengo que meterme en otra, por eso aprovecho este hueco para llamaros, que hace tiempo que no sé de vosotros.
—Es verdad, a ver si un fin de semana te escapas y vienes al pueblo —dijo su madre esperanzada.
—Quizás antes de lo que imaginas —contestó.
—¿Cómo van las cosas por Madrid? ¿Comes bien, hijo? Es que desde que nos vinimos aquí, creo que no debimos dejarte solo.
—Mamá, que soy mayorcito para cuidarme, aunque el cariño y los mimos de una madre.
—Anda zalamero, te paso con tu padre.
La relación de Rafael con su padre fue siempre respetuosa, pero no era muy estrecha. Su madre se dolía por ello, prefería no entrometerse. Era mejor dejar las cosas así.
—Hola, ¿qué tal estás? —preguntó su padre.
—Bien, papá. Algo cansado por el trabajo, pero bien.
—¿Vendrás al pueblo a vernos?
—En breve. Ahora tengo mucho trabajo.
—Vale, cuídate. Te paso con tu madre —y se fue.
—Bueno cariño, cuídate y ven a vernos pronto. Un beso, hijo.
—Un beso, madre. Cuidaos vosotros también —y colgó.
Era hijo único y siempre echó de menos tener una hermana que se ocupara de sus padres, sobre todo de su padre, que jamás le perdonó que hiciera sus planes sin consultarle, sin su aprobación. No, su padre tenía otros planes para él. Había trabajado en una empresa y al jubilarse trató de que a su hijo le colocaran, e incluso le consiguió una entrevista con el jefe de personal, pero Rafael no fue. Y ahí empezó la distancia. Su madre en silencio vivió ese episodio. No se posicionó y calló.
Rafael notó que sus padres no sabían nada de la en-fermedad, que Isabel solo les llamó para que supieran que estaba bien, porque sabía de su dejadez, pero fue leal y no les dijo nada de su enfermedad ni que estaba en un hospital.
Se levantó de la silla y llamó a Isabel. Tenía que pedirle disculpas porque había sido muy ruin al acusarle de cosas falsas. Marcó el número del teléfono y esperó. Pasaron los tonos de llamada y saltó el contestador, y dejó un recado: "Isabel, perdóname. Soy el idiota de tu amigo, si es que aún soy amigo tuyo. Tienes razón, no sé tratar a la gente que me quiere. Llámame si quieres. Un beso". Y colgó. Pensó que ella había visto la llamada y que lo había dejado sonar.
En cambio, Isabel estaba ocupada. No oyó siquiera el teléfono y por eso no lo cogió. Quería tanto a su amigo que no le importaban sus defectos. En eso basaba la amistad, y al final, minutos más tarde, lo olvidó. Al acabar, instintivamente, Isabel cogió el móvil, vio la llamada, oyó el mensaje del buzón de voz y lo llamó.
—A ver, ¿qué te pasa ahora?
—¿Estás enfadada? —sondeó.
—¿Para eso me llamas?
—No. Es que. eh, bueno, hablé con mis padres; los llamé.
—Bien, eres un buen hijo. ¿Y? —contestó secamente Isabel, ya que no quería demostrar que se le ha pasado el enfado.
—Nada, que soy un tonto. Alejo de mi vida a quien me quiere.
—Eso está bien. La gente que te quiere de verdad es la que está a tu lado cuando la necesitas.
—Sí, como tú —afirmó.
—Por ejemplo.
—Y mis padres.
—También.
—Tendría que contarte algo.
—Bien, seré toda oídos.
—¿Hoy te viene bien quedar? —preguntó.
—No sé, déjame que mire la agenda y te llamo. Ahora tengo que dejarte. Hasta luego —y colgó.
Toda la tarde se la pasó mirando el teléfono por si le llamaba Isabel y ni siquiera se acordó de su enfermedad. Pensó que lo más correcto fue contárselo a su amiga. Después de haber comprobado que sus padres no sabían nada se dio cuenta de que podía confiar en ella. Pero, ¿qué les dijo a sus padres? Isabel dijo que había llamado a sus padres y, sin embargo, cuando habló con su madre, ella no le dijo nada. Eso era algo que descu-briría tiempo más tarde.
El día de la cita con el médico se acercaba para ir a las primeras sesiones de quimio. Seguro que no era buena idea acudir solo porque podría marearse, caerse, y lo peor, estar solo al salir de la sesión. Esto era algo que no se había planteado. Tenía que contar a Isabel que en realidad él sabía por qué fue el mareo, por qué estaba tan cansado siempre, inapetente. En el trabajo iba a decir que un cliente de fuera le había llamado insistentemente para hacerle una visita y que le había pedido que fuera precisamente el martes a las 18,00 horas, a la misma hora que tenía las sesiones diarias de quimio y radioterapia.
En el trabajo corrió la voz de que algunas tardes no iría a trabajar. A la secretaria le informó de que estaría fuera captando clientes, con el móvil apagado porque no le parecía correcto estar en una reunión con el teléfono encendido. Al salir lo encendería de nuevo y vería las llamadas.
Sonó el teléfono y en la pantalla apareció un nombre: Isabel.
—Dime —contestó ansioso.
—¿Te viene bien quedar a comer?
—Sí, te recojo en el trabajo.
—No estoy allí. Adrián me pidió que hiciera unas gestiones. Estoy fuera del despacho. Mejor quedamos en la cafetería donde solemos tomar café. ¿Qué te parece a las 14,30?
—Perfecto —asintió—. Allí estaré.
—Hasta luego —Volvió a colgar, sin dejar siquiera que se despidiera.
Las horas no pasaban y Rafael se impacientaba dando vueltas por el despacho: cambiaba de sitio los papeles, reorganizaba los archivadores, tiraba revistas atrasadas. Hasta que dieron las 14,15 y salió del despacho como un niño que va al parque o a un recreo. No miró nada más, solo que vería a su amiga. Le daría explicaciones, le pediría perdón, y le contaría su secreto; nada más lo sabrían los dos.
Llegó Isabel primero, se sentó en la barra, pidió una cola-cola y esperó mientras veía los mensajes que entraban en el móvil, hasta que una sombra apareció a su espalda.
—Hola —dijo Isabel sin mirarlo.
—¿Cómo sabías que era yo?
—Intuición.
—Supongo que te debo una explicación.
—Y una comida que no he cobrado aún.
—Sí, no hay problema —dijo Rafael.
—Pues vamos. He dejado reservada la mesa del fondo, al lado de la ventana —contestó levantándose Isabel.
—Vamos.
—¿No pagamos lo que has tomado? —preguntó.
—No, que lo sumen a la cuenta total.
—Como digas —y sonrió a su amiga.
Ver a Rafael sonreír era un premio para Isabel. Ella sabía qué le ocurría. Había visto esos síntomas en alguien muy cercano y revivió por un momento aquellas circunstancias. Prefirió dejar de pensarlo y se sentó, y sin darle tiempo a Isabel a que empezara una nueva conversación, le dijo:

Lección de vida, novela de  María Isabel Martínez Gilaranz
—Tengo cáncer.
—Lo siento —contestó, seria, Isabel—. Mi padre lo tuvo; sé lo que es.
—¿Te lo dijo el médico cuando me llevaste a urgencias?
—No, el médico solo me dijo que estabas algo débil y necesitas descansar. ¿Cómo crees que el médico me va a decir algo tan personal?
—Porque tú eras mi acompañante —le dijo cogiéndolo de la mano.
—¿Y? Eso no es suficiente motivo para decirle algo tan delicado, aunque sea una amiga o un familiar. Eres tú el que debes decírselo a quien quieras.
El camarero les sacó de su charla para preguntar si habían decidido qué les gustaría comer.
—Para mi sopa de verduras y carne guisada —dijo Isabel sin mirar al camarero.
—Para mí también, gracias.
—¿Para beber?
—Agua, una jarra de agua, por favor.
—¿La señorita?
—También, gracias.
Y se fue.
—¿Por dónde iba? —prosiguió.
—Por que tienes cáncer. Y ya está, lo demás no importa.
—No.
Durante la comida apenas hablaron. En los postres, Isabel inició otra conversación:
—¿Lo vas a decir en la empresa?
—No, y te pido por favor que no digas nada.
—No te preocupes, por mí nadie lo sabrá.
Le contó su plan y cómo iba a arreglárselas para todas las tardes a las 18,00 horas estar libre y ausentarse del trabajo, yendo a ver a "clientes".
—Querría acompañarte —pidió Isabel.
—Me niego a perjudicarte. ¿Y el trabajo? Acabas de conseguirlo. ¿Cómo vas a empezar a faltar? ¿Qué vas a decir?
—Ya veré qué me invento, aunque gane menos. Déjame intentar ayudarte, por favor, esta enfermedad es muy dura. Créeme, es mejor estar apoyado por gente que te quiere.
—No quiero perjudicarte.
—No lo haces. Por favor, déjate ayudar por mí.
NOVELA de María Isabel Martínez Gilaranz:
LECCIÓN DE VIDA ~ : ~ Continua



Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras