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—¿De qué? —preguntó.
—Del trabajo que haya —fue la primera respuesta
que se le ocurrió a Isabel.
—Me parece bien, pero me lo tienes que decir con tiempo
para organizar el planning.
—No te preocupes, Adrián, cada lunes te diré
cuando tengo las clases.
—¿De qué es el curso, por cierto?
—De inglés. Pensé que me vendría
bien para mi trabajo de teleoperadora.
—Perfecto, quedamos en eso. Cuando llegue el lunes me
dices qué horas tienes de clases y lo ajusto.
—Gracias, Adrián.
—De nada. Si no quieres nada más, por favor,
cierra la puerta al salir.
—No, no, muchas gracias. Adiós.
"Perfecto", pensó Isabel, "ahora solo
falta el apuntarme al curso".
Se abrió la puerta y una voz dijo su nombre:
—Isabel, perdona. ¿Me podrías traer mañana
la matrícula del curso y justificantes para el expediente?
—Sí, claro, lo tengo en casa. Déjame que
lo busque y esta semana te lo traigo.
—Perfecto, hasta luego Isabel.
—Adiós, Adrián, y gracias.
"Lo que decía, me tengo que apuntar a una academia",
pensó Isabel.
Llamó a Rafael cuando se quedó libre de gente
a su alrededor para darle la buena noticia.
—Lo tengo todo arreglado.
—¿No habrás pedido la cuenta?
—Es algo más sencillo. Le dije a Adrián
que voy a un curso de inglés y que se me olvidó
comentarlo en la entrevista, y no me gustaría dejarlo.
—¿Qué te ha contestado? Tú no sabes
cuándo tendré las sesiones.
—Que le diga el lunes el planning semanal para adaptar
el horario al trabajo. Tú me habrás dicho qué
día y hora tienes la sesión, así que
yo casualmente faltaré para ir contigo. Pero hay un
problema.
—¿Cuál?
—Tengo que apuntarme a un curso y llevar la matrícula
y justificantes de pago a Adrián para demostrar que
no le miento.
—¿Cómo lo vas a arreglar?
—Me apuntaré a una y ya veré qué
hago con la fecha. Se supone que llevo tiempo.
—¿Cuánto?
—No se lo dije, ya veré cómo lo arreglo.
Tú no te preocupes. Solo me tienes que decir el día
que tienes la próxima cita y así me das tiempo
a preparar la excusa de ir al curso.
—Si te vienes conmigo, lo sabremos a la vez.
—Sí, eso he pensado. Mañana es el primer
día que • ? « i •>•>
iré a clase .
—¿Le has dicho a Adrián que a las 6 tienes
clase?
—No, se me ha pasado, pero aún hay tiempo. Poco,
pero algo hay.
—Vuelve y di que tienes que ir a clase. Precisamente
a la de hoy no puedes faltar; tienes un examen.
—Vale, ¿dónde nos vemos? No podemos salir
juntos de la oficina ni quedar en el bar de enfrente. Tenemos
que tener mucho cuidado y medir los pasos.
—Sí, Rafael, no te preocupes, así lo haremos.
Espera a las 5 en el parque, cerca de la rotonda donde da
la vuelta el autobús. Allí es difícil
que nos vea alguien.
—Hasta las... Bueno, dentro un rato —dijo mirando
el reloj.
—Hasta luego. Un beso.
Corrió y tropezó con un compañero que
salía.
—Cuidado, que me tiras. Isabel te llamas, ¿no?
—Perdona es que llego tarde; se me ha escapado un autobús.
Lo siento. ¿Estás bien, te hice daño?
—No mujer, es broma. Hasta luego.
—Adiós, y perdona de nuevo.
Se perdió por el pasillo hasta llegar al despacho de
personal. Sin aliento, entró apenas sin llamar. Adrián
estaba hablando por teléfono y colgó al ver
entrar a Isabel.
—¿No te han enseñado a llamar a la puerta?
—Perdón. Es que esta mañana al hablar
los dos de mi curso se me ha olvidado decirte que a las 6
tengo un examen muy importante y no puedo faltar.
—¿Y quién cubre tu puesto? Si no encuentras
a nadie lo descontaré de tu sueldo o vienes a hacer
horas hasta que recuperes lo que faltes.
—Me parece bien. Estúdialo y lo vemos. Prefiero
recuperar el tiempo que pierda, si no te importa. El dinero
lo necesito —respondió Isabel.
—Está bien. Lo descontaré de tus días
libres y así no deberás nada a la empresa —confirmó
Adrián.
—Vale, me parece muy bien. Hasta luego. Ya llego tarde.
—Espera Isabel, solo una cosa. Mañana trae lo
que te pedí para justificar tus ausencias.
—Sí, claro. Pero mañana es pronto. Me
tendrás que dejar tiempo para buscarlo. Es que me acabo
de mudar y tengo todo prácticamente en cajas —mintió.
Otra mentira más. Sería un año lleno
de mentiras, excusas rápidas, para ayudar a su amigo.
Todo merecía la pena por su amigo.
Corrió al lugar de la cita, donde Rafael la estaba
esperando. Ya había dicho que un cliente le tendría
toda la tarde ocupado. Apagó el móvil. Era mejor
hacer la cosa lo más creíble posible. No era
conveniente dejar huellas de algo que podría perjudicarle,
sino para justificar esa mentira, para que nadie sospechara,
todo muy bien programado y preparado, todo milimétricamente
pensado para no quedaran cabos sueltos. Si hoy salía
todo bien, pensaba Rafael, sería así todos los
días. Tenía además a su amiga, y eso
le daba fuerzas.
—Vamos —le dijo Isabel sin dejarle tiempo a reaccionar—,
que llegamos tarde.
—Vale, ¿en taxi o en bus? —preguntó.
—Taxi, que no tenemos tiempo. A ver si vamos a llegar
tarde el primer día.
Pero alguien los vio, alguien que no debía estar ahí.
Ellos, ajenos, seguían sus planes.
Llegaron a la consulta y fueron a la sala donde el médico
les esperaba. Llamaron a la puerta de la consulta y entraron
después de que el doctor les autorizara.
—Espere fuera. Tiene que venir conmigo a la sala de
quimioterapia —le dijo el doctor.
—Bien, aquí te espero.
—Hasta luego, princesa —y se despidió Rafael
con un beso.
—Hasta luego.
El tiempo pasaba lento. Era el primer día de la terapia,
el más importante, el más sorprendente.
Isabel leía su libro sin prestar atención al
contenido; miraba constantemente el reloj. Un señor
se le acercó y afirmó:
—Es el primer día.
—Sí, ¿cómo lo sabe —preguntó
Isabel.
—Porque yo tuve un primer día con mi esposa.
No me he presentado, me llamo Daniel.
—Encantada, soy Isabel.
—¿Tu marido, tu padre o tu hermano? —preguntó.
—No, es mi amigo.
—¿De qué tiene cáncer? —se
interesó.
—De colon. ¿Y tu esposa?
—De mama.
—Lo siento. ¿Cómo está? —preguntó
Isabel.
—Tiene días. Hay veces que parece que no tiene
cáncer. Diana es muy activa. En casa no está
quieta, organiza las cosas. Es muy cabezona. ¿Te bajas
a la cafetería?
—No, prefiero esperar. A ver si sale y al no verme se
asusta.
—No te preocupes, aún tardarán.
—En ese caso, un café rápido sí
me tomaría —convino Isabel.
—Me dijiste tu nombre, ¿Isabel? —Sí.
Llegaron en silencio a la cafetería y al llegar le
ofreció sentarse. Solo quedaba una silla libre y no
desaprovechó la ocasión de parecer un caballero
ante los ojos de esa dama tan joven.
—Gracias —dijo Isabel.
—De nada, soy de los antiguos —y le dedicó
una sonrisa mientras iba a por los cafés.
Instintivamente pidió los dos con leche y azúcar.
Regresó con los cafés en una bandeja. Aún
humeaban, calientes y con el olor de recién salidos
de la máquina. Isabel se quedó mirando el vaso
que se acercaba a su lado, pensando en el café que
días atrás tomó con Rafael.
—Perdón, estaba pensando en Rafael. Gracias por
el café.
—De nada. ¿Es tu amigo solo?
—Sí, solo somos eso, amigos.
—Bien, es lo mejor.
—¿Cuánto tiempo llevas casado? —correspondió
con esa pregunta Isabel.
—Muchos años —dijo sin especificar cantidad.
—Pues parece que lleváis pocos por cómo
estás de pendiente. ¿Aún estás
tan enamorado como el día que te casaste?
—Sí, como el día que nos conocimos, diría
yo.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó
Isabel cogiendo su mano.
—No, ahora solo quiero creer que estoy en un mal sueño
del que me despertaré y todo será como antes.
—Y lo lograrás. Ya verás como sí
—le animó Isabel—. ¿Subimos?
—Sí, perdón. Supongo que estarás
nerviosa por re-encontrarte con tu amigo para saber qué
tal le fue el primer día.
—Sí, perdóname. Estoy siendo muy egoísta.
Solo pienso en Rafael. Toma mi teléfono y si quieres
dame el tuyo, y así estaremos en contacto. ¿Te
parece buena idea? —preguntó Isabel.
—Sí, claro.
Le acercó una tarjeta de visita con todos sus datos.
Isabel no tenía tarjetas de visita, pero cogió
una servilleta y lo anotó allí. Después
salieron de la cafetería rumbo a la sala de espera.
Alguien los vio.
En la sala de espera hacía calor. Isabel se sentó
a leer y a esperar. Quedaba poco para que saliera de su primera
sesión, quedaba poco para verle. Estaba impaciente
como una novia en su primera cita, como si fuera a pedir su
mano, como si fuera a casarse.
En aquel instante se abrió la puerta y apareció
Rafael.
Algo decaído y asustado le dijo a Isabel que la sesión
fue dura, y que pensó en levantarse e irse y dejar
todo, pero pensó en Isabel y que le defraudaría
esa aptitud de abandonar. Y por ella se quedó.
—Casi no puedo acabar la sesión —dijo.
—Tranquilo, es el primer día —le animó
Isabel.
—Ya, es muy duro.
—Lo sé.
Esas palabras tranquilizaban a Rafael.
—¿Cuándo es el próximo día
que tienes que venir?
—Mañana.
—Vale, ¿a qué hora?
—A la que quiera, pero tiene que ser la misma.
—Hasta mañana —dijo despidiéndose
Daniel.
—Hasta mañana —contestó Isabel.
—¿Quién es ese señor? —preguntó
Rafael.
—Se llama Daniel. Lo he conocido en la sala de espera;
su mujer tiene cáncer.
—¡Qué novedad! Aquí todos tenemos
cáncer —le cortó en seco Rafael.
—De mama —zanjó Isabel.
—Lo siento. Es la quimio, que me hace reaccionar así.
De verdad que no quería hablarte así —se
disculpó.
—No importa, lo entiendo. Me fui a la cafetería
mientras os daban la quimio, por eso sé lo de su mujer
—le contó.
—Ya, sí. Es bueno tener a alguien a tu lado —murmuró
Rafael.
Isabel hizo como que no oía. Lentamente, para no cansar
a Rafael, se alejaron del hospital en un taxi.
Alguien se les quedó mirando, sin ser visto.
La llegada a la oficina fue escalonada. Primero entró
Isabel, y al poco rato, Rafael.
Nada más llegar a la mesa Isabel se sentó y
se colocó los cascos de teleoperadora. Pensó
que ya le debía horas a la empresa y que irían
irremediablemente en aumento.
Adrián pasó por su lado y le preguntó:
—¿Y tu examen?
Tardó en darse cuenta de la pregunta que le hacían.
Menos mal que firmemente contestó:
—No lo sé. Hasta que no me dan el resultado.
—Trae cuanto antes la matrícula y los justificantes
de pago, si es que los hay. Sobre todo la inscripción
o dime qué academia es y los pido por internet, pero
entiende que lo necesite para poder justificar las ausencias.
—Sí —dijo Isabel—. El problema es.
—Sí, que te has mudado y no sabes dónde
están las cosas.
—Exacto —afirmó Isabel.
—Por eso te digo que me des el nombre de la academia
y la persona de contacto. Lo pido por internet, lo envían
con un certificado, y eso me sirve. A ver, vamos a zanjar
el tema, ¿cómo se llama la academia? Lo busca
mi secretaria en internet, llamo y pido el certificado; no
es tan difícil.
—Perdón, Adrián. Te llama el "gran
jefe" —le cortó la secretaria del director.
—Voy, gracias. Isabel, luego hablamos.
Y se fue.
Isabel pensó cómo podía escapar de ese
problema. Ninguna academia le haría un certificado
de estar estudiando sin estarlo. Era un verdadero problema.
Ya lo tenía perdido cuando vino un comercial.
—¿Qué desea? —preguntó Isabel.
—Buenos días. Buscaba al gerente o encargado.
—Está reunido. Soy su secretaria —mintió.
—Verá soy comercial de la escuela "English
School".
—¡Qué casualidad! Precisamente estaba pensando
en aumentar mi nivel de inglés. ¿Cuándo
podría matricularme?
—Oh, ahora mismo si lo desea —respondió
el comercial.
—Déjeme el papel de inscripción, que ahora
no me puedo entretener. Llevo 2 días en el trabajo.
Vamos a hacer una cosa: me lo da, lo relleno y le llamo para
que venga a recogerlo, y así los dos ganamos.
Sin dejar tregua para que le respondiera, Isabel le cogió
el impreso y después le acompañó a la
salida.
—Hasta mañana, señorita.
—Adiós, buenas tardes.
Salvada, pensó. Inmediatamente rellenó la solicitud,
cambió la fecha, y lo guardó en el bolso. Cuando
vio a Adrián se las ingenió para que desistiera
del plan de llamar a la academia, pero sí le dijo:
—Creo que sé dónde puede estar el impreso.
Mañana te lo traigo, de verdad.
—Bien. Mañana al llegar se lo dejas a mi secretaria
—asintió.
Respiró aliviada. Ahora le quedaba pensar dónde
estaría Rafael, que no venía. Quizás
se había ido a casa a descansar.
Sonó el teléfono en la oficina y la recepcionista
lo atendió:
—Dígame.
—Soy Rafael. Era para decir que se me hizo tarde para
volver a la oficina. Ya iré mañana por la mañana,
porque en la tarde tendré que regresar; hay clientes
que podrían interesarme para en un futuro venderles
los productos.
—Vale, te paso con el director —y transfirió
la llamada.
—Despacho de dirección —contestó
la secretaria.
—Hola, soy Rafael. ¿Me puedes poner con el director,
por favor?
—Claro, lo que quieras —le contestó.
—Sr. Díez, le paso a Rafael.
—Gracias. ¿Qué tal se te dio el día?
—Bien. Estaba pensando que tendría que volver
aquí varios días. Hay un potencial de clientes
interesantes que en unos meses podrían hacer pedidos.
—Si lo crees, adelante. Siempre me he fiado de tu intuición.
Si necesitas dietas o dinero, dímelo para pasar orden
de que te ingresen en tu cuenta.
—Gracias.
—Pide justificantes de todos los gastos que tengas y
los pasas a contabilidad.
—Sí, por supuesto —le contestó Rafael.
—Bueno mañana daré orden para que te ingresen
2.000 € en tu cuenta. Tendrás que invitar a los
clientes y no quiero que gastes. Si crees que en el futuro
voy a amortizar esa inversión, adelante. Confío
en ti.
—Gracias, muy amable.
—No te preocupes. En estos días lo verás
en tu cuenta, la misma en la que te ingresan la nómina.
¿Te parece bien? Es para no liar a Ramírez,
el contable. Ya sabes cómo es.
—Sí, sí, conforme —y colgó.
Lo siguiente que pensó fue en eso: los clientes. Tendría
que tener una cartera de clientes: nombres, apellidos, direcciones,
teléfonos, direcciones de correo electrónico.
Era mejor estar prevenido, así antes de que nadie preguntara,
él se ofrecería a despachar con el gerente y
no sembrar dudas.
Se hizo con un listín de teléfonos justo de
la zona por la que supuestamente iría. Uno a uno fue
llamando a empresas y ofreciendo sus servicios. Cogió
nombres de personas de contacto y llamó desde el móvil
para que quedara registrada la llamada. Todo lo tenía
planeado, con cuidado que no quedara nada al azar.
Cuando salió, compró en una papelería
unas tarjetas y las rellenó con los nombres de todas
las empresas a las que iba llamando. Previamente, había
pedido todos los datos. Era mejor cubrirse las espaldas y
no dejar sospechas. Con 2 ó 3 "clientes"
que captara a diario, sería bastante. Había
que tener en cuenta que por las mañanas iba a la oficina,
comer e ir al destino.
Sonó el móvil. Era Isabel.
—Dime.
—Nada. Como no has venido, quería saber qué
tal estás.
—Bien. Tengo que disimular. Se supone que estoy fuera
de Madrid. Me he venido a casa, pero mañana iré
a la oficina para no levantar sospechas.
—Yo aquí, trabajando, a ver si da la hora de
salir.
—Nos vemos mañana —le dijo.
—Sí, hasta mañana. Que descanses —contestó
Isabel.
Isabel pensó que cuando saliera del trabajo le haría
la compra, le cuidaría, se la llevaría para
que no se preocupara de nada. Pero la decisión de no
verse hasta mañana cambió sus planes.
Pero Isabel tenía en qué pensar. Por ejemplo,
en rellenar la solicitud despacio, sin tachaduras, con calma,
y después arrugarla un poco, dando así la idea
de antigüedad. Por supuesto, la fecha sería antigua,
y los datos, los de su antigua vivienda. Había sido
mejor no quedar esa noche con Rafael. Al día siguiente
Adrián pediría aquel justificante y era mejor
no demorarlo más.
La noche llegó para ambos. Isabel, cansada, dejó
ultimado todo lo relativo a la jornada del día siguiente.
Rafael, por su parte, se dedicó a repasar el guión
de la conversación que mantendría con los compañeros.
Les diría frases como "los clientes son muy egoístas,
lo quieren todo", "se quejan por los precios",
o la más socorrida: "Qué pesados. No se
acaban de convencer.
Tendré que insistir e invitarles a comer". Menos
mal que aún se acordaba del Curso de Técnicas
Comerciales que hizo años atrás.
Alguien, debajo de la ventana, frente a la casa, estaba vigilando.
El día siguiente amaneció con lluvia, frío
y desapacible. Una contrariedad, pues debía desplazarse
por carretera. Si bien no iba a conducir, le era molesto estar
en carretera con la lluvia.
Isabel se despertó antes de la hora. Se duchó
y almorzó rápidamente. Tenía tiempo más
que de sobra. Podía ir despacio, elegir el modelito
y pensar qué excusa daría a Adrián para
faltar esa tarde de nuevo a trabajar.
Al salir, cogió la carpeta con la solicitud dichosa
para darle en las narices a ese desconfiado jefe de personal,
y triunfante cerró la puerta, encaminándose
al trabajo.
Por su parte, Rafael también se levantó animado.
Pensó que le quedaba un día menos de terapia
y que lo peor, el primer día, estaba pasado.
Al llegar al trabajo Isabel empezó a sentirse mal (era
la excusa para no ir por la tarde), pero con unas dosis de
teatro y algún gesto de dolor, lograría su objetivo.
No le costó trabajo el que Adrián le dijera
que fuera al médico de la mutua y llamara con el resultado.
Como no podía ser de otra manera, Rafael llegó
des-potricando de los clientes. También tenía
que hacer la comedia, y al final, pocas horas más tarde,
una oportuna llamada de Isabel diciéndole que se iba
al médico y que intentaría coger varios días
de baja, fue la ocasión perfecta para, fingiendo ser
un cliente obstinado en que le fuera a visitar a la hora de
comer, hiciera que Rafael se fuera.
—Me voy. Ayer vi a un cliente y hoy me acaba de llamar.
Quiere comer conmigo. Hasta mañana, ya no vengo —y
se fue antes de que ningún compañero lo entretuviera
con preguntas.
—Isabel, te llamo para saber si vendrás hoy conmigo
a la quimio.
—Sí, claro. Estoy en el médico de la mutua
de la empresa. Es que no me sentía muy bien y Adrián
me ha mandado al médico. Pero estoy bien. A ver si
me da la baja.
—Eso sería extraordinario.
—Bueno, te llamo con lo que sea. ¿Tú dónde
estas? ¿Qué haces? —preguntó Isabel.
—Estoy de camino a casa. He aprovechado tu llamada para
decir que eras un cliente insistiendo en comer hoy.
—Bien, pues podemos hacerlo —le propuso Isabel.
—Bueno, está bien. Te espero por mi barrio. Desde
allí vamos a la quimio. ¿Te parece bien el plan?
—Sí. Cuando acabe de aquí, me voy allí
—sonrió Isabel, y colgaron ambos a la vez.
Como era de esperar, y a pesar de que hizo todo lo que pudo
Isabel para ganar unos días al calendario y poder estar
tranquila, el médico no lo vio así, y tras examinar
despacio el estómago y descartar males mayores, le
recomendó reposo en el día y que podía
volver al trabajo al día siguiente. Solo era una pequeña
indigestión sin importancia. Le firmó el parte
y se fue.
"Menos es nada", pensó Isabel.
Sonó el móvil. Era Adrián. Isabel cogió
el teléfono sin gana, pero lo consideró mejor;
tarde o temprano tendría que llamarle para decirle
que esa tarde no iría a trabajar por "prescripción
facultativa". Cuando acabó de hablar exclamó:
—Si tengo que justificarme para no ir a trabajar, mejor
que pague él la llamada.
Desde la puerta de la mutua cogió un taxi al lugar
donde se citó con Rafael. Llegó en media hora.
Así podría verle, charlar, preparar la sesión
y comer. Al llegar, Rafael estaba esperando.
Cuando entraron en el portal de su casa, alguien les estaba
mirando.
La sesión de radioterapia fue mejor que la del día
anterior. El descanso y poder escapar a tiempo del trabajo
ayudó bastante, aunque tener la mente ocupada era favorable
para evitar pensar en el día solo en la quimio.
Antes de salir de casa se había guardado otro justificante
de la agencia de viajes correspondiente al segundo día
de terapia.
Al terminar, Isabel propuso ir a dar un paseo. Le había
sentado bien la sesión, aunque no vio a Daniel; quizás
no coincidían en las horas.
—Qué bien sienta un paseo después de la
terapia —dijo.
—Estás de muy buen humor —le contestó
Isabel.
—¿Qué vas a decir mañana en el
trabajo? —le preguntó preocupado.
—Es viernes, fin de semana, último día
de quimio en la semana con 2 días para nosotros.
—Isabel, de verdad, te van a echar del trabajo y no
es que estés muy bien de dinero.
—Ahora me importas tú y tu enfermedad, ese maldito
cáncer.
—Pero quizás tienes razón: sería
mejor hablar con mis padres, decirles la verdad, que estoy
enfermo y que vengan a cuidarme.
—No, tu madre no tiene por qué saber nada. Si
se entera lo dejará todo y tú, con el tiempo,
tendrás cargo de conciencia por haberle dejado hacerlo.
Queda las cosas como están, por favor.
—¿Por qué dices solo mi madre?
—Porque son más sensibles con las enfermedades
de los hijos, pero supongo que tu padre haría igual.
—No lo creas. La relación con mi padre no es
la reco-mendable para un padre y un hijo.
—¿No te hablas con él? —preguntó
Isabel.
—Sí, lo justo. Me llevo mejor con mi madre.
—Está bien, pero no digas nada. Solo llevas 2
días. Ya se me ocurrirá algo para zafarme del
trabajo. Tú con el asunto de los clientes ya tienes
cubiertas las 25 tardes que dura la terapia.
—Sí, ¿y tú? ¿Qué
vas a hacer tú? No puedes estar mintiendo por mí.
Te descubrirán y será peor.
—No te preocupes por mí. Lo más importante
es que se vaya salvando día a día la terapia
—le aconsejó Isabel.
Pero tenía razón. Tanta mentira al final sería
peor. Se quedaría sin trabajo y no tenía nada
a la vista.
Cuando se metió en la cama, Isabel se puso a pensar
qué diría al día siguiente. Tenía
que ser una mentira creíble, algo que no dejara dudas
y que nadie sospechara.
Como un regalo del cielo, se le adelantó la menstruación.
"Genial. Es la primera vez que me alegro de que la regla
me venga antes de la fecha. ¡Con lo mala que me pongo!".
Llamó a la empresa para decir que el viernes no iría
tampoco al trabajo. Ni siquiera preguntó por Adrián.
Le darían el recado. Además, la recepcionista
advirtió que "estaba desayunando".
Con ese problema resuelto, Isabel fue a por Rafael. Por la
mañana tenía que ir a trabajar, pero la tarde
era para ellos dos. Aprovechó para limpiar la casa,
hacer algo de compra y dejar en la nevera algo de comida para
que al llegar lo calentara al microondas y lo comiera. En
eso pasó la mañana hasta que el timbre de la
puerta asustó a Isabel. No sabía qué
hacer, esa no era su casa. Mejor no abrir. Apagó la
radio y puso el móvil en "silencio", no fuera
la cosa que sonara. Esperó a que la visita se fuera
y salió.
Cuando se quiso dar cuenta era la hora de comer. Rafael vino
puntual, cansado, pero pensaba que le quedaba un día
menos y que al final, cuando quisiera darse cuenta, toda esa
rutina diaria acabaría.
Isabel preparó la mesa y puso la comida en los platos
con cuidado; aún estaba caliente, recién salida
del fuego. Rafael llegó y se fue a cambiar. Quería
ponerse cómodo para afrontar lo que le restaba de día.
—¿Por qué no has ido hoy a trabajar? —preguntó.
—Me bajó la regla esta mañana —contestó
Isabel.
—¿Y esa es excusa para faltar?
—Te pareces a Adrián. Seguro que se estará
preguntando eso.
—¿No has hablado con él?
—No, le he dejado el recado. —Está desayunando—,
me dijo la recepcionista.
—¿Y no te ha llamado?
—No. Seguro que no se lo han dicho y mira lo que me
echa de menos.
—Isabel, no juegues con esto porque no tienes trabajo
a la vista —le aconsejó.
—Vale, tú me importas más que cualquier
trabajo. Además, siempre me puedo instalar aquí
hasta que te recuperes. Después, ya veré qué
hago Te agradezco que me hayas recomendado, pero tú
vales más que el mejor de los trabajos —le dijo
con dulzura acariciándole la cara.
—Vale, no quiero discutir, pero esto se tiene que arreglar.
Me siento culpable. Por mi enfermedad estás faltando
a tus obligaciones. Te estoy jodiendo la vida sin querer.
¿Te das cuenta por qué no quiero que nadie lo
sepa? —dijo elevando el tono de voz.
—¿Acaso es tu culpa esta enfermedad?
—No, pero tampoco tuya.
—¿Sabes qué te pasa? Como vives solo,
crees que no necesitas de nadie. Tú solo puedes con
todo, eres un héroe de ciudad, y no es así.
Es verdad yo no tengo la culpa. Ni tú. Las enfermedades
vienen porque sí. Nadie pide tenerlas, pero al menos
se dejan ayudar y lo sobrellevan. Quédate tú
solo.
Y la puerta sonó como un trueno detrás de él.
Isabel regresó al trabajo. Iba furiosa por cómo
había reaccionado a sus esfuerzos ese egoísta
de amigo. Al llegar, la recepcionista le dijo:
—¿Tú no has llamado diciendo que estabas
con la regla y que hoy no venías a trabajar?
—Se me acaba de cortar.
Subió y se sentó en su puesto de teleoperadora.
No habían pasado 5 minutos cuando apareció Adrián:
—Isabel, ¿puedes venir a mi despacho, por favor?
—Sí, enseguida.
—Espero que te hayan dicho que esta mañana estaba
algo indispuesta. Por eso he faltado. Pero esta tarde estaba
algo mejor y he venido.
—Sí, me lo ha dicho en recepción. Pero
no es por eso por lo que te llamo. Es porque estoy esperando
tus justificantes del curso ese de inglés.
—Con las prisas de venir a trabajar he dejado en la
mesita de casa el papel de la matrícula. El lunes sin
falta lo traigo. Al llegar lo meteré en el bolso. Te
ruego me disculpes.
—Vale. No te doy más oportunidades. O lo justificas
o no vengas más a trabajar. No puedes estar faltando
a tus deberes cuando has sido la última en llegar.
Te permito hacer el curso porque puede ser en el futuro beneficioso
para la empresa; el saber idiomas da oportunidad a nuevos
clientes, pero no quiero que tengas privilegios extras.
—Gracias, Adrián. Te doy mi palabra de que el
lunes lo tienes encima de tu mesa. ¿Puedo irme ya a
trabajar?
—Sí, claro. Cierra la puerta al salir.
—Por supuesto, Hasta luego.
Adrián no contestó.
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