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Pasaba el tiempo y el móvil no sonaba. Isabel se dio
cuenta de que a lo mejor Rafael podía arreglárselas
solo, sin su ayuda, sin nadie. Quedaba el fin de semana por
delante. Si al menos al día siguiente se trabajara
lo vería, pero hasta el lunes no había que volver
a la oficina. Tenía, por tanto, 2 días por delante
para esperarle.
Al terminar de estar con los compañeros se fue a casa.
Llegó, se tiró en el sofá a ver la televisión
sin gana y ni siquiera cenó, con el móvil cerca
por si le ponía un mensaje o llamaba su amigo, pero
no fue así.
Por su parte Rafael llegó a casa, se duchó y
se metió en la cama. Antes de acostarse, apagó
el móvil.
El sábado amaneció algo mejor de temperatura
que días atrás. Isabel, animada, fue a correr
al parque cercano. Pensaba en tener la mente ocupada y así
olvidar a Rafael. Vivir sola tiene la ventaja de no dar explicaciones.
Cerró la puerta con idea de volver tarde, cogió
un bolsón grande, metió ropa informal para cambiarse
y aprovechar el día, y también metió
un libro, el mp3 y, en el fondo de la bolsa, el móvil.
Yendo por el parque vio un perro que a dos patas hacía
carantoñas invitando a jugar con él. No tardó
Isabel en corresponderle acariciándole la tripa y la
cabeza.
—Es muy cariñoso —le dijo una voz.
—Sí ya lo veo —respondió sin mirar.
—Me llamo Antonio.
—Yo Isabel, perdona. Encantada.
—¿Te puedo invitar a tomar un café? —preguntó.
—Sí, iba ahora a tomar uno.
—¿Cómo se llama? —preguntó
Isabel señalando al perro.
—"Chucho".
—¿Cómo dices que se llama? —preguntó
sorprendida Isabel.
—No tiene nombre, le puse "Chucho".
—Ah, pues eso hay que solucionarlo. Ahora mismo le buscamos
un nombre. ¿A ti te gustaría que te llamaran
"chico"?
—No —y sonrió.
Isabel, Antonio y "Chucho" se fueron de paseo. Ya
no se acordaba de Rafael. Estaba entretenida paseando por
el parque, corriendo y jugando con sus nuevos amigos.
—¿Tienes plan para hoy? —preguntó
Antonio.
—No, ni para hoy ni mañana.
—Bien, ni yo.
—Podemos hacer algo juntos, si te parece bien.
—¿Por ejemplo? —preguntó.
—Dejarnos llevar —contestó Isabel.
—Buena idea. De momento sigamos de paseo. Hace buena
tarde y luego sé de un sitio para comer que te encantará.
—Me parece un buen comienzo de plan —dijo Isabel
mientras jugaba con el perro.
—¿Pero qué hacemos con "Chucho"?
No creo que le dejen entrar en el bar.
—Dejarle en casa. Ya ha estado en la calle más
tiempo del normal y ha recibido más mimos de los normales.
—Lo dices con ciertos celos.
—Los que merece que una mujer tan bella como tú
prodigue caricias y mimos a un perro y al dueño no.
—Bueno, vas a hacer que me sonroje.
Llegaron al portal. Antonio preguntó a Isabel si quería
subir con él y ella aceptó. Así se cambiaba
de ropa, y si podía, hasta ducharse.
—Esta es mi casa, espero que te guste.
—Perdona, ¿te importa si uso tu ducha? Verás,
traigo ropa para cambiarme; estoy algo sudada y..
—Por supuesto. Ahora te doy toallas limpias.
—Gracias.
Al salir había preparado un aperitivo. Isabel apareció
vestida con un pantalón negro que señalaban
sus formas una camiseta de mangas transparentes en negro.
Al verla Antonio no puedo por menos que besar su mano, a la
vez que miraba en lo que se había convertido la chica
que minutos antes iba con coleta y chándal.
—Estás preciosa. ¿Me dejas que te mire?
—preguntó
—Sí, y que me beses —añadió
Isabel.
—No quería llegar a tanto.
—Pues yo sí —aclaró Isabel.
La besó. Sin más. Después fue a por las
copas, le ofreció una y brindaron. Ya no querían
salir. Sin prisa bebieron hasta que al final Antonio sugirió
ir a la cama. Isabel sin hablar afirmó.
Llegaron despacio. Por cada paso se daban un beso; por cada
beso, una caricia. Antonio le quitó la ropa con suavidad
a Isabel y esta se dejaba hacer. "Chucho" apareció,
Antonio le chilló diciéndole que se fuera a
su manta, pero Isabel le pidió que se quedara con ellos.
También necesitaba el perro contagiarse de aquel cariño.
Se acurrucó en un cojín mientras hacían
el amor.
Rafael no madrugó; se despertó casi a la hora
de comer. Estaba de buen humor. Pensó en llamar a Isabel,
pedirle que comieran juntos y disculparse. Marcó el
número, dio los tonos y saltó el buzón
de voz, donde dejó un mensaje.
Se duchó, fue a la nevera, cogió un plato de
comida preparada y lo metió en el microondas mientras
puso la mesa. Comió sin gana, pero necesitaba comer
algo. Desde el día anterior no había probado
bocado y el estómago le estaba recordando que requería
su atención. Guardó las sobras en la nevera,
se vistió y salió a caminar.
Alguien, desde lejos, sin ser visto, le estaba vigilando.
Volvió a llamar a Isabel, pero de nuevo el dichoso
buzón de voz, y dejó un mensaje parecido. ¿Dónde
estaría Isabel?, pensó. Lo más probable
es que no quisiera saber de él por cómo la trató
el día anterior. Se comportó como un animal
insensible. Ella que lo está cuidando, se está
jugando su trabajo faltando por acompañarle, y se lo
paga chillando como un niño malcriado. Es lógico
que no quiera verlo ni oírlo.
Nada más lejos de la realidad, Isabel estaba ajena
a estos pensamientos, disfrutando de una placentera tarde
de carantoñas y besos con Antonio y "Chucho".
El móvil no se oyó porque estaba en el fondo
del bolso.
La tarde se fue deprisa y llegó la noche. Antonio no
quería que su nueva compañera se despidiera,
más cuando aún estaba por delante el domingo.
Isabel, por su parte, pensó que para estar sola en
casa mejor estar bien acompañada y se "premió"
con ese fin de semana inesperado con aquel desconocido.
Salieron a pasear con "Chucho", al que Isabel se
propuso buscar nombre, y reservó en un sitio la cena
donde irían después del paseo con el perro.
Rafael pasó el día solo, lo que se merecía.
Harto de estar en la calle, alquiló una película
y se fue a casa a verla. Después cenaría algo
sin gana y a la cama, otro día más.
—Qué buena noche hace, ¿verdad? —preguntó
Isabel.
—Sí, pero tú eres más bonita —le
contestó.
Lo besó. Fue el premio a la respuesta. Quizás
era lo que necesitaba, alguien que cuidara de ella. Le agarró
fuerte del brazo y preguntó dónde iban. Antonio
contestó que era una sorpresa e Isabel se dejó
llevar.
El restaurante era pequeño, pero bien repartido. Al
fondo, la barra y hasta llegar a ella, mesas y sillas, taburetes
y una máquina de café, chucherías, y
bebidas para quien no puede esperar. El dueño era amigo
de la infancia de Antonio y, aunque no hubiera mesa libre,
siempre le conseguía alguna. Ese sábado no había
mucha gente, estaba medio vacío, por lo que no tuvieron
problema en escoger mesa. Nico, el amigo y dueño del
local, les puso en una cerca de la ventana. Las luces de la
ciudad empezaban a encenderse y daba aspecto de misterio.
Trajo unas velas y flores para adornar la mesa, y unos aperitivos
mientras se hacía la cena, que previamente había
seleccionado Antonio.
Isabel se dejó llevar.
—¿Te gusta este sitio? —preguntó,
cogiendo su mano.
—Sí.
—¿Damos un paseo a la luz de la luna? —Sí.
El sonido del móvil les despertó de su ensimismamiento.
Era Rafael. Isabel vio el nombre reflejado en la pantalla
del móvil y dijo:
—Es del trabajo, el lunes lo atenderé —y
lo guardó en el bolso.
—Puede ser algo importante —contestó.
—No hay nada más importante en estos momentos
que tú y yo.
—Me parece bien, pero no me importa que atiendas el
teléfono delante de mí.
—Te lo agradezco, pero si acostumbro a los compañeros
a que me llamen en cualquier hora, nunca tendré tiempo
libre —mintió.
Sabía que no era de trabajo, pero la creyó.
Aún no conocía nada de su vida, nada de sus
amigos, nada de su trabajo, nada de Rafael.
Isabel no quería estropear el día tan maravilloso
que estaba pasando. Rafael había decidido quitar de
su vida a toda aquella persona dispuesta a ayudarle. Tenía
razón, no era su problema.
—¿Qué piensas? —preguntó
Antonio.
—Nada, cosas mías —respondió Isabel.
—¿No las puedes compartir conmigo?
—Te aburriría.
—Prueba.
—Mejor en otro momento.
Llegaron a casa despacio, sin prisas. Isabel seguía
pensando en Rafael; le vino a la mente la idea de que probablemente
habría recaído, que estaba peor. No pudo esperar
más tiempo y dijo:
—Perdona, tengo que hacer una llamada.
—Claro, no importa.
Marcó el número de rellamada. Rafael cogió
el móvil enseguida. Era como si intuyera que Isabel
antes del lunes llamaría.
—Isa, menos mal, llevo todo el día llamándote.
Te he dejado recados en el buzón de voz.
—Quería saber cómo estás. Pensé
por las llamadas que estabas peor.
—No, solo quería pedir perdón por como
me comporté ayer, lo que te dije.
—Tienes razón, no tengo derecho a meterme a organizar
tu vida; apenas nos conocemos. He querido comportarme como
si fuese de tu familia. Te deseo lo mejor, que la terapia
te haga efecto, pero es preferible que me mantenga al margen
de todo esto. Además, tienes de nuevo razón,
me van a terminar despidiendo y no es que ande muy bien de
dinero como para estar sin trabajo.
—Lo siento, Isabel. ¿Quedamos mañana y
lo hablamos?
—No puedo. He quedado con un amigo a pasar el fin de
semana. No estoy en Madrid hasta el lunes —mintió—.
Supongo nos veremos en la oficina.
—Espera, no cuelgues.
—Lo siento, pero me está esperando mi acompañante.
Buen fin de semana —y colgó.
Volvió enseguida al lado de Antonio. Este no quiso
hacer preguntas y solo la besó en los labios.
—Es.
—No me tienes que dar explicaciones.
—Te lo quiero contar.
—Pues entonces soy todo oído. Conozco un sitio
en el que hacen un café extraordinario, con unos bollitos
de chocolate y crema.
—Genial. Será una buena compañía.
Llegaron al sitio, se sentaron y trajeron en una bandeja los
cafés con una buena ración de bollos de chocolate
y crema. Isabel dio un sorbo del café y se metió
en la boca un bollo. Antonio la miraba entretenido, no tenía
prisa, hasta que inició la conversación:
—Es un compañero del trabajo, se llama Rafael.
—¿Quería quedar contigo?
—Sí, pero no por nada de trabajo. Está
enfermo.
—Deberías haber ido con él. Si está
enfermo y te necesita.
—Yo le estaba cuidando hasta ayer, que vino a comer
y me trató mal. Dijo que él solo podía
con todo. Me sentí una intrusa en esa casa, así
es que me fui. Quizás tiene la razón, no soy
quién para llegar a su vida y hacerle el planning semanal
con lo que debe o no debe hacer. Me lo tengo bien merecido
por querer ser la madre de todos los hombres que rodean mi
vida.
—Pero no es malo cuidar de una persona. A mí
me encantaría que una mujer como tú me cuidara.
—No estoy de broma. La enfermedad que tiene es muy seria.
—No lo dudo. ¿Y qué quería, que
fueses a su casa?
—No. Quería pedirme disculpas por cómo
me habló y quedar mañana.
—Bien, pues si quieres te acerco a casa y mañana
quedas con él.
—No, le he dicho que estoy con un amigo fuera de Madrid.
¿No es eso lo que él quería, que hiciera
mi vida? Pues la estoy haciendo. Este fin de semana es nuestro.
El lunes se habrá apaciguado más, charlaré
con él, pero nada ni nadie me va a fastidiar estos
2 días juntos, ¿o es que ya te has cansado de
mí?
—Noooo —exclamó sonriente Antonio.
—¿Terminamos el café y vamos a casa?
—No es mala idea —contestó Isabel—,
me parece bien.
Rafael estaba arrepentido realmente por cómo habló
a su amiga. Nadie va a una sala de espera ni a un hospital
porque no sabe dónde ir, sino porque alguien muy querido
está ahí. No durmió bien, daba vueltas
en la cama, pensaba en Isabel. Habrían pasado el fin
de semana juntos, pero por su estupidez estaba solo. Cogió
de nuevo el móvil, pero era muy tarde para llamar a
sus padres; se asustarían de ver la llamada. Apagó
el móvil y se acurrucó en las mantas intentando
dormir.
Isabel y Antonio llegaron a casa y encendieron la ca-lefacción.
Aún hacía frío para estar sin ella. Todavía
les quedaba un largo rato para acostarse.
—¿Pongo la tele? —preguntó Isabel.
—Vale, a ver qué echan.
—¿Quieres tomar algo más? —preguntó.
—No. Si acaso un vaso de leche antes de dormir.
"Chucho" apareció y se metió entre
los pies de Isabel. Quería jugar como horas antes con
su nueva amiga.
—¿Este perro no duerme nunca?
Sonrió la broma y dijo:
—Como nosotros.
—Pues nada, que se quede aquí. El comedor es
grande, cabemos todos.
—¿Estás más tranquila? —dijo
mirando a los ojos de Isabel.
—Sí, porque estás a mi lado —y lo
besó.
En la televisión no echaban gran cosa como para perder
el tiempo en el sofá, por lo que minutos más
tarde Isabel se fue a la cama, siguió sus pasos y "Chucho"
se quedó dormido a los pies del sofá.
Al llegar al dormitorio Isabel se acurrucó entre los
brazos de Antonio, pensando qué estaría haciendo
ahora Rafael.
Al día siguiente fue domingo y no se trabajaba. Sonó
el móvil de Antonio:
—Dígame.
—¿Estás aún en la cama?
—Sí, ahora me iba a levantar y sacar al perro.
—¿Qué hiciste ayer?
—Nada de particular: estuve en casa y salí por
la tarde a pasear.
—Te dejo, me llaman por megafonía. Hasta luego.
—Adiós.
Isabel se despertó y preguntó con quién
estaba hablando y él respondió que con "una
persona equivocada" y se volvió a dormir.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntó.
—Dormir, que mañana madrugo.
—No pensarás estar todo el día en la cama,
dormilona.
—No, ahora me levanto, preparo el desayuno y luego sacamos
al perro.
—Vale. Voy a la ducha primero.
Volvió a sonar el móvil. Isabel no sabía
qué hacer y le dijo:
—Te suena el móvil.
—Déjale sonar, que deje el recado.
—Vale.
"Bueno", pensó, "no será tan
importante". Se adormeció mientras se duchaba
y al salir fue a ver quién le había llamado.
Era la misma persona de antes. Prefirió no contestar
y apagó totalmente el teléfono. Dijo a Isabel:
—No quiero que nadie me estropee el día.
—Genial. El día para nosotros. Espera, que apago
el mío.
Se fue a duchar, y mientras Antonio preparó café.
—¿Qué te apetece hacer hoy? —le
preguntó a Isabel.
—Sacar a "Chucho", comprar la prensa, el pan
y fruta, que no hay.
—Vale, tú mandas.
Desayunaron entre besos y caricias. Antonio preguntó
por qué había que comprar pan y fruta si apenas
estaba en casa. Comía fuera porque no le daba tiempo
para venir a casa desde el trabajo. Isabel le aclaró
que "es un básico de la cocina".
Salieron con "Chucho" a pasear, compraron la prensa,
pan y naranjas, piñas, plátanos y toda clase
de frutas, pasearon por el mismo parque donde el día
anterior se conocieron y revivieron los momentos pasados.
"Chucho" correteaba con un palo que había
cogido en el camino, y los tres eran la imagen de la felicidad.
Rafael se fue a comer fuera. Pensó que estar en casa
no solucionaba nada. Isabel no iría hasta el día
siguiente, así que para qué esperar más.
No le llamaría porque "estaba con un amigo pasando
el fin de semana". Se sentó en un parque a leer
el ebook. El frío y la lluvia habían calmado
y daba gusto pasear; el fresco de la mañana le sentaría
bien. No se acordaba de su situación. Ver pasar a parejas
besándose, niños corriendo, perros, y por un
momento se olvidó de su cáncer. Leyó
un rato más, sin prisa, y se fue a comer a un restaurante;
no tenía gana de guisar.
Antonio e Isabel también decidieron comer fuera.
Estaba cerca Semana Santa y Rafael pediría toda la
semana libre. El mismo viernes anterior a la Semana Santa,
el de Dolores, iría a ver al gerente y le explicaría
que necesitaba huir de Madrid o que tenía cosas pendientes
que hacer, o aprovecharía para irse a casa de sus padres,
esa pequeña que tenía en la playa donde iba
en verano cuando era niño al acabar el curso. Su padre
le llevaba a pasar el verano entero. Era todo recuerdos lo
que se agolpaba en su mente. Esos amigos de chico con los
que estaba hasta tarde en la playa riendo, con los que miraba
de reojo alguna chica al pasar o con los que se intercambió
cartas el resto del año.
Sí, lo necesitaba. Al día siguiente, lunes,
iría a ver a su jefe. Seguro que lo entendería.
Le diría que vale, que se fuera unos días, que
no le importaba. Dejaría solucionados todos los temas,
concertadas citas para la semana siguiente porque la mayor
parte de sus clientes se irían de vacaciones.
La tarde se terminó, igual que la noche, que dio paso
a otro día, lunes.
Otra semana que comenzaba. Perezosa se levantó Isabel,
se duchó, dejando caer el agua por su cuerpo desnudo,
sin prisa. Después se vistió sin prestar atención.
Parecía que no la importaba nada. El lunes era el día
que más temía Isabel, pero había que
animarse. Isabel, de actitud positiva, no podía dejarse
vencer por eso. Al revés. Decidida a pasar un buen
día, sonrió delante del espejo.
El móvil sonó. Era Antonio.
—Hola —contestó Isabel rápidamente.
—Hola cariño. ¿Cómo has amanecido
hoy? —preguntó.
—Dormida, como todos los lunes. Es que no me gusta madrugar.
—Bueno, quizás puedo arreglarlo. Había
pensado en ir a recogerte, tomar café juntos y llevarte
al trabajo.
—Genial. Así da gusto empezar el lunes. Enseguida
estoy lista. ¿Podrías venir en media hora?
—¿Te dará tiempo a llegar a tiempo al
trabajo? —preguntó preocupado.
—Sí, no te preocupes, que me levanto siempre
con tiempo de sobra.
—Bueno, en media hora estoy en tu portal.
Y colgó.
"Borde", pensó Isabel. No le dejó
tiempo para despedirse de él.
Media hora más tarde, Isabel estaba en el portal. No
veía el coche de Antonio. Quizás para trabajar
usaba el metro o el autobús. Hasta que de lejos lo
vio llegar. Vestía un traje negro elegante. Su estilizada
figura hacía que aún le quedara mejor. Isabel
pensaba, sin saber por qué, en la llamada misteriosa
que recibió Antonio cuando estuvo en su casa pasando
el fin de semana.
—Buenos días —dijo Antonio.
—Hola. Estaba mirando cómo llegabas hasta mí.
Caminando se pasó el tiempo rápido. Isabel miró
el reloj apurada, diciendo:
—Lo siento. Tendremos que dejar ese café para
otro momento; se me hace tarde para llegar al trabajo. Espero
que no te moleste.
—No —mintió —. Mañana, o esta
tarde, o quizás podría invitarte a comer.
—Vale —contestó Isabel—. Te llamo.
Al llegar a la oficina Rafael ya había llegado. Estaba
revisando la agenda, apuntando algunas direcciones, teléfonos
y contactos para dejar todo preparado si es que pedía
la semana siguiente de vacaciones. No se lo iba a decir a
Isabel porque creyó injustamente que su decisión
le molestaría y no le dejaría ir. Sin poderse
concentrar miró el móvil por si había
alguna llamada. Nada.
Isabel entró deprisa y se sentó en su puesto
de teleoperadora sin casi saludar a nadie. Rafael vio cómo
pasó deprisa, por delante de él, sin interesarse
por cómo había pasado el fin de semana, y le
dolió. Definitivamente, no le comentaría nada
de sus planes a Isabel, que iba a pasar fuera, de viaje una
semana, que no le vería porque estaría lejos.
Distanciarse le vendría bien para aclararse las ideas,
aunque todavía quedaba la semana entera por pasar,
los días de terapia yendo a la radioterapia diariamente,
viendo las mismas caras, estando con las mismas personas y
pensando que al salir una vez acabada la sesión de
ese día ya le faltaba uno menos para terminar.
Se concentró en su trabajo como le dijo el oncólogo.
Es mejor hacer la vida diaria, la rutina y los quehaceres
a los que estaba acostumbrado a pensar en que tenía
cáncer.
Llegó Semana Santa. A Rafael le concedieron toda la
semana libre, pero no se preocupó Isabel de llamarle.
Estaba pensando en otras cosas. A decir verdad, ¿a
quién le interesa estar pendiente de alguien que tiene
cáncer? Comprendía que no tenía derecho
a "atar" a Isabel a su enfermedad, pero no pudo
evitar sentirse abandonado por su amiga al no recibir ninguna
llamada.
Los días pasaron deprisa. El miércoles por la
tarde Antonio quedó en recoger a Isabel en su trabajo
e irse directamente de viaje. Isabel estuvo todo el día
mirando el reloj; las horas no pasaban y cuando lo hacían,
parecían eternas.
Llegó puntual a recogerla. Salió del trabajo
corriendo, de nuevo sin despedirse de nadie. Cuando vio su
coche y se subió, tiró la maleta en el asiento
de atrás y le dio un leve beso en la mejilla.
—No pasaban las horas, ¡que horror! Es el día
más largo de mi vida —comentó Isabel.
—Yo no. En perfilar las cosas para la semana que viene
se me ha ido el día volando. Ni siquiera he comido.
—Pobrecito —sonrió Isabel—. ¿Y
solo tienes hambre de comida? —preguntó maliciosa.
—No, también de otras cosas.
Siguieron conduciendo hasta llegar al destino. Isabel le ayudó
a bajar las bolsas y a colocar la ropa y la comida. Pensaban
estar tiempo en casa, pues estar toda la semana fuera hacían
propicios estos días para descansar.
Cuando terminaron de colocar todo se dieron un baño
y después, ya en la habitación, Antonio quitó
el albornoz que cubría el cuerpo de Isabel y empezó
a besarla el cuello. Bajó por los pechos, que a la
vez acarició suavemente, logrando sacar de sus labios
un gemido de placer. Después la tendió en la
cama y con mimo empezó a besar el resto del cuerpo.
Abrió los muslos y con los dedos penetró dentro
de Isabel, que agarrada a su brazo soltó otro gemido,
esta vez más breve pero intenso. Isabel se dejaba llevar
entre sus brazos. Por su parte, Isabel también acariciaba
a Antonio, con mimo, despacio, sin prisa, como queriendo disfrutar
de aquellos momentos.
Y sonó el teléfono de Antonio. Obviamente lo
ignoraron.
Después de terminar lo que estaban haciendo, relajados
en la cama:
—¿Y estos días van a ser todos así?
—preguntó Isabel.
—Eso espero.
—Por cierto, antes te sonó el teléfono.
Quizás deberías llamar. ¿No vas a mirar
quién es? —preguntó Isabel.
—No, luego lo hago.
—Podría ser importante.
—No. ¿Quién me va a llamar importante
estos días? Luego llamo. Por cierto, ¿qué
te apetece hacer mañana?
Isabel se quedó pensativa en la propuesta y le dijo:
—Quedarnos en casa todo el día.
—No, podemos ir a algún lado, salir fuera a comer,
pasear,.
—¿Ver alguna cofradía? —sugirió
Isabel.
—¿Te gusta ver cofradías?
—Sí. Una vez fui de viaje a Sevilla, iba a estar
4 días, pero al final se convirtieron en diez. Me vi
todos los pasos.
—Ya será menos.
—No, todas las tardes iba a sentarme a una silla en
"carrera oficial"; por allí pasan todos los
pasos de la Semana Santa, sea el día que sea.
—No sé si aquí habrá procesiones.
—Es una broma, pero si nos encontramos algún
paso, lo vemos.
Así llegó la noche, y cansados enseguida se
fueron a dormir.
Al día siguiente era Jueves Santo. Tenían 4
días para disfrutar el uno del otro. Isabel, mientras
se duchaba, no se acordaba de Rafael porque llenaba su vida
ahora otra persona. Pensó que cuando llegara a Madrid
se lo diría a Rafael, que conoció a un hombre
y que había empezado una relación con él.
Al salir de ducharse fue a la cama con el desayuno para Antonio,
que la esperó mientras veía las llamadas del
móvil. Isabel vio cómo escondía el teléfono
al aparecer con la bandeja del desayuno en la cama, pero no
le dio mucha importancia. Pensó que al verla venir
a la cama no era muy educado estar más pendiente de
un simple teléfono que de ella.
Desayunaron riendo mientras planeaban los días que
iban a estar juntos. Había oído que cerca del
pueblo había una escuela hípica, y le sugirió
a Isabel ver los caballos y montar un rato, pero Isabel se
disculpó diciendo que tenía miedo.
Al día siguiente era Viernes Santo. Antonio estaba
en la ducha cuando sonó el teléfono. Isabel
pensó que podía ser urgente y lo atendió:
—Dígame.
—¿Está Antonio por ahí? —preguntó
una voz femenina.
—Se está duchando.
—Vale, cuando salga dígale que le llama su mujer.
Antonio salió del baño ajeno a lo que iba a
pasar
—¿Me das una coca-cola?
—Cógela tú. O mejor vamos a llamar a tu
esposa y que te la dé ella.
—¿De qué estas hablando?
—Que te ha llamado tu mujer.
—¿Me has cogido el teléfono? ¿Tú
quien te crees que eres?
—Estaba sonando, tú no lo oías y pensé
que era importante.
—¿Quién coño te crees tú
para cogerme el teléfono?
—¿Y tu por qué no me has dicho que estabas
casado?
—No te hagas la tonta. Tú sabías muy bien
lo que había.
—¿Y se puede saber cómo? He pasado el
fin de semana contigo, nos vamos de vacaciones,.
—Pues eso que has salido ganando. No te quejes tanto,
que tampoco te ha ido tan mal.
—Tenías que habérmelo dicho desde el primer
momento.
—¿Me estas diciendo que no lo sabías?
—No.
—Claro. ¿Qué nivel cultural puede tener
una teleope-radora? Creí que eras más avispada.
—Y tú menos cabrón.
—¿Te vas a ir? A ver cómo vas a Madrid.
—No te preocupes, no me faltan amigos que me ayuden.
—Ya. Como el Rafael ese de los cojones, que no te hace
ni puto caso.
—Ni le nombres. Tú no le llegas a él ni
por asomo. Rafael jamás me mentiría, y menos
en una cosa así.
De un portazo cerró la puerta y se fue.
Al salir llorando de la casa, Isabel pensó cómo
podría regresar a Madrid. No se le ocurrió otra
forma que llamar a Rafael. Marcó el número de
teléfono y esperó que lo cogiera, pero no fue
así, por lo que Isabel dejó un recado en el
contestador del buzón de voz del móvil diciendo:
"Por favor, llámame. Es urgente".
Pasaba el rato y Rafael no llamaba. Isabel estaba pensando
en que quizás aún estaba enfadado porque se
fue corriendo de la sala de espera, pero se lo merecía.
¿O no? Tendría que haber sido más comprensiva
con él. El tratamiento le estaba afectando al carácter
y unos días tenía mejor humor que otros. Isabel
no supo estar a la altura y se fue dejándole así.
De repente, el teléfono sonó. Era Rafael.
—Ayúdame, por favor.
—¿Qué te pasa? —contestó
indiferente Rafael.
—Estoy en un pueblo y no sé cómo salir
de él.
—¿Y cómo has llegado?
—Bueno, es que no viene sola. Iba a pasar estos días
con un amigo, pero la cosa se torció esta mañana.
—Pues chica, mira que te duran poco los hombres.
—Rafa, por favor, no sé cómo llegar a
Madrid. Sé que tienes coche. Por favor, ven a buscarme.
—No puedo. Estoy en el pueblo con mis padres. He venido
a pasar estos días.
—¿Y les vas a decir tu enfermedad?
—No. Lo siento, Isabel. No puedo ir a recogerte. Pregunta
en el pueblo, seguro que habrá algún medio de
transporte.
—Gracias, y buen puente; o por lo menos mejor que el
mío —y colgó.
"Está enfadado conmigo. Este no está en
el pueblo, y menos una semana. Lo que le pasa es que aún
me guarda rencor por mi huída".
Mientras caminaba Isabel vio acercarse un coche y le hizo
señas de que parara. El coche se detuvo, y cuando llegó
a su altura:
—Perdone, es que no sé cómo llegar a Madrid.
—Sube que te llevo. Voy cerca, pero te dejaré
en una estación de autobuses desde donde salen periódicamente.
—Vale, gracias.
—¿Cómo te llamas?
—Isabel. Es verdad, no me he presentado.
—Yo soy Luis, pero aquí me llaman Rubio.
Fueron todo el camino charlando. Luis se dio cuenta de que
Isabel había estaba llorando. Tenía los ojos
rojos y la mirada triste, pero no se atrevía a pregunta.
Isabel lo notó y se vio en la obligación de
contarle lo que había pasado, a lo que Luis, después
de escucharla, solo le dijo:
—Lo siento.
Llegaron a Madrid. Al final Luis decidió dejar a Isabel
en la misma capital para que no tuviera que coger el autobús
de línea, que quizás al ser fiesta, pasaría
2 veces al día. Allí conocía a unos amigos
que tenían un hotel y se ofreció a llamarles
para que esa noche, pero Isabel le contestó, dándole
las gracias, que tenía casa, aunque tuviera que pasar
sola esa noche.
Luis pensó que siendo días festivos habría
poco tráfico y por un poco que retrasara el viaje no
pasaría nada, así que le propuso pasar la noche
con ella. Así, entre charlas y risas olvidaría
a Antonio, pero Isabel le contestó:
—Otro día te invitaría encantada a casa.
Cuando vuelvas a Madrid, dímelo con tiempo y vienes
a mi casa a pasar unos días si quieres, pero hoy no
soy buena compañía, de verdad.
—No insisto más. Toma mi teléfono y llámame
al menos de vez en cuando.
—Así lo haré, y gracias por traerme.
—De nada, fue un placer.
Se dieron dos besos. Luis vio cómo Isabel se iba alejando
de la vista, y emprendió camino de regreso; aún
le quedaba toda la noche conduciendo.
Cuando Isabel llegó a casa tiró la maleta, se
duchó y se puso a ver la tele. Dejó el teléfono
en el bolso y se olvidó de sacarlo, ya que no esperaba
que nadie se acordara de ella. Rafael estaba fuera de Madrid
y Antonio, mejor que no se volviera a acordar de ella. En
un momento de rabia lo sacó del bolso y borró
de la lista de contactos su nombre. Después tiró
el papel donde se lo dio apuntado y así evitaría
la tentación de llamarle pasados unos días.
Acurrucada en el sofá, con la tele encendida, Isabel
se quedó dormida.
Era fin de semana y en 2 días vería a Rafael.
Centró sus ideas en pensar en él y así
olvidar a Antonio. Era la única forma de tener la mente
ocupada en algo. Además aprovechó esos días
para ordenar los armarios, tirar ropa que no se ponía
y hacer dieta porque había cogido algo de peso. Mientras
estaba en estas tareas sonó el móvil. En el
visor de la pantalla vio que era Rafael. Dudó si cogerlo
o dejarle sonar, pero pensó que quizás era urgente.
—Dígame.
—Hola, ¿dónde estás?
—En Madrid. Concretamente, en mi casa.
—¿Quién te trajo?
—Luis.
—¿Quien es Luis?
Isabel no le quiso dar explicaciones y simplemente dijo:
—Un amigo. Cuando colgué contigo le llamé
e inme-diatamente vino a recogerme.
—¿Por qué has venido tan pronto?
—Antonio está casado, su mujer le llamó
y yo cogí el teléfono.
—¿Nunca te dijo nada?
—No. Él pensó que dada su edad y que a
veces eludía coger el móvil, yo tenía
que haber deducido que estaba casado.
—¿Tú cómo te encuentras?
—Cansada, decepcionada y por lo demás, deseando
que llegue el lunes para ir a trabajar. ¿Tú
cómo estás?
—Bien. Estos días en el campo con mis padres
me están sentando muy bien.
—¿Se lo has dicho a tus padres?
—No.
—¿Cuándo vuelves a Madrid?
—No sé. Igual me quedo aquí hasta el lunes,
madrugo y voy directo a la oficina.
—Vale. Te lo decía por si quieres quedar para
tomar algo y charlar mañana por la tarde, pero si te
quedas allí a dormir, ya te veo el lunes en el trabajo.
—Si decido irme mañana por la tarde, te llamo
para quedar, y si tienes planes pues nada. ¿Te parece
bien?
—Vale, un beso.
—Otro para ti —y colgó.
Al día siguiente era domingo y quería preparar
todo para el día siguiente ir a trabajar.
Para poder estar con Rafael todas las tardes, Isabel fue a
hablar con Adrián.
—Buenas tardes, ¿podría hablar contigo
un momento? —dijo Isabel.
—Tengo prisa, pero si no es muy largo.
—Necesito faltar las tardes. Te pediría trabajar
media jornada.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque un amigo me necesita.
—Pues ve con él al salir del trabajo.
—No me has entendido. Es necesario que falte por las
tardes.
—¿Qué le pasa?
—Tiene cáncer. Está yendo a darse sesiones
de radio y quimio, pero cada día está más
débil y no puede ir solo.
—Pues que contrate a alguien si no puede solo, pero
no puedo darte lo que me pides. Lo siento.
—Es lo que esperaba oírte decir. No me dejas
más remedio que pedirte el finiquito.
—Con mucho gusto. ¿Para cuándo lo quieres?
—Si puede ser, esta tarde o mañana, lo más
tardar. ¿Te viene bien?
—Sí, claro. Ahora mismo le preparo. Por supuesto,
te descontaré todas las horas que has faltado.
—Me parece correcto, no quiero deber nada. Por favor,
avísame cuando esté.
—No te preocupes. Si no te importa, vete a casa. No
hace falta que te quedes aquí más.
—Es lo que pensaba hacer.
Ya tenía libertad para ir con su amigo sin mentir ni
esconderse. Por supuesto no dijo que su amigo era Rafael porque
debía mantenerlo en secreto, pues él seguía
yendo a sus "viajes" y salvando los días
como podía para que no le descubrieran.
Esa misma tarde antes de ir a la sesión diaria de ra-dioterapia,
Isabel paró a Rafael en la puerta del hospital. Solo
bastó decir:
—Me he despedido de la empresa. Ahora estoy a tu entera
disposición.
Rafael no dijo nada. Solo le dio un beso.
Al día siguiente era la operación de Rafael
e Isabel estaba nerviosa. La tarde anterior se quedó
ingresado, y aunque Isabel le pidió que la dejara dormir
con él y así atenderlo, Rafael se negó.
Isabel no quiso insistir y cuando le dejó todo colocado,
se fue.
A la mañana siguiente hacía sol. Eran las 7
de la mañana de un 7 de septiembre. Isabel no quería
llegar tarde, por lo se levantó con antelación
y llamó a Daniel, que se brindó a recogerla
para ir juntos al hospital. Se vistió de forma informar
pero cómoda, y no desayunó porque se la cerró
el estómago de los nervios.
Llegaron al hospital justo a tiempo de despedirse de Rafael,
al que en breve bajarían al quirófano. Con un
beso en los labios se despidió Isabel, hasta 5 horas
más tarde que llegó el cirujano con la noticia
que estaban esperando:
—La operación ha sido un éxito. Le hemos
quitado un trozo del intestino y le hemos puesto un tubo para
empalmar ambas partes porque había que juntarlas. Ahora
le subirán a observación y en un rato podréis
verle un poco.
Isabel estaba llorando, mientras Daniel daba las gracias al
médico.
Al cabo de la hora la enfermera les indicó que podían
subir a ver al paciente, pero 5 minutos. Estaba aún
sedado y no los podía ver ni oír.
Al día siguiente le subieron a planta. Pidió
que llamaran a Isabel porque se había llevado todas
sus cosas, y de paso comunicarle dónde estaba ahora.
Isabel le confirmó que iría en cuanto terminara
de arreglarse.
9 meses más tarde:
—Estás curado. —Gracias, doctor. —¿Cómo
te encuentras? —Cansado, pero bien. —¿Qué
tal pasó este año?
—Tuve días de desánimo en los que pensé
que era mejor morirme para evitar ver cómo la gente
que me quiere sufría.
—Pero la gente que te quiere no dejó que lo hicieras.
—No. Quiero agradecerle que haya confiado en mí,
que me haya ayudado y curado y, sobre todo, porque me dio
el ánimo que necesitaba.
—Tendrás que volver a revisiones cada 6 meses.
—No lo dude. Haré lo que me pida.
—Por mi parte, creo que no tengo más que decirte.
Poco a poco recuperarás peso y el pelo, pero con un
poco más de paciencia verás como todo volverá
a ser como hace un año.
—No se preocupe, le haré caso en todo.
—Tienes que recuperar tu vida, hazme caso. Pensar que
no te ha pasado esto es inevitable, pero a la vez, esta experiencia
te ha hecho sacar de ti algo que desconocías: tu fortaleza.
Tendrás que olvidar los malos momentos y seguir adelante,
pero lo difícil ya lo has superado.
—Gracias y adiós, doctor.
—Adiós.
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