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        María Isabel M. Gilaranz

CUENTOS Y RELATOS

 

LECCIÓN DE VIDA
NOVELA DE Mª ISABEL MARTÍNEZ GILARANZ
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© 2013 LECCIÓN DE VIDA © 2013 María Isabel Martínez Gilaranz
Enseguida oyó su nombre, se levantó y se despidió de Daniel:
—Bueno, hasta otro día; me llaman por megafonía. Recuerdos a su esposa.
—Adiós.
A la misma hora que Isabel salía de trabajar acababa la sesión de radioterapia.
Para variar, se fue a tomar unas copas con los compañeros en vez de correr a llamarle para saber cómo le había ido la sesión. Era lo que se merecía. No tenía derecho a hablar así, y más a una persona que está preocupada por él. Sin embargo, comprendió que quizás la quimio tenía esos efectos negativos en el organismo. No "hablaba" Rafael, sino el tratamiento. Ahora estaba arrepentido por cómo la trató.

Pasaba el tiempo y el móvil no sonaba. Isabel se dio cuenta de que a lo mejor Rafael podía arreglárselas solo, sin su ayuda, sin nadie. Quedaba el fin de semana por delante. Si al menos al día siguiente se trabajara lo vería, pero hasta el lunes no había que volver a la oficina. Tenía, por tanto, 2 días por delante para esperarle.
Al terminar de estar con los compañeros se fue a casa. Llegó, se tiró en el sofá a ver la televisión sin gana y ni siquiera cenó, con el móvil cerca por si le ponía un mensaje o llamaba su amigo, pero no fue así.
Por su parte Rafael llegó a casa, se duchó y se metió en la cama. Antes de acostarse, apagó el móvil.
El sábado amaneció algo mejor de temperatura que días atrás. Isabel, animada, fue a correr al parque cercano. Pensaba en tener la mente ocupada y así olvidar a Rafael. Vivir sola tiene la ventaja de no dar explicaciones. Cerró la puerta con idea de volver tarde, cogió un bolsón grande, metió ropa informal para cambiarse y aprovechar el día, y también metió un libro, el mp3 y, en el fondo de la bolsa, el móvil.
Yendo por el parque vio un perro que a dos patas hacía carantoñas invitando a jugar con él. No tardó Isabel en corresponderle acariciándole la tripa y la cabeza.
—Es muy cariñoso —le dijo una voz.
—Sí ya lo veo —respondió sin mirar.
—Me llamo Antonio.
—Yo Isabel, perdona. Encantada.
—¿Te puedo invitar a tomar un café? —preguntó.
—Sí, iba ahora a tomar uno.
—¿Cómo se llama? —preguntó Isabel señalando al perro.
—"Chucho".
—¿Cómo dices que se llama? —preguntó sorprendida Isabel.
—No tiene nombre, le puse "Chucho".
—Ah, pues eso hay que solucionarlo. Ahora mismo le buscamos un nombre. ¿A ti te gustaría que te llamaran "chico"?
—No —y sonrió.
Isabel, Antonio y "Chucho" se fueron de paseo. Ya no se acordaba de Rafael. Estaba entretenida paseando por el parque, corriendo y jugando con sus nuevos amigos.
—¿Tienes plan para hoy? —preguntó Antonio.
—No, ni para hoy ni mañana.
—Bien, ni yo.
—Podemos hacer algo juntos, si te parece bien.
—¿Por ejemplo? —preguntó.
—Dejarnos llevar —contestó Isabel.
—Buena idea. De momento sigamos de paseo. Hace buena tarde y luego sé de un sitio para comer que te encantará.
—Me parece un buen comienzo de plan —dijo Isabel mientras jugaba con el perro.
—¿Pero qué hacemos con "Chucho"? No creo que le dejen entrar en el bar.
—Dejarle en casa. Ya ha estado en la calle más tiempo del normal y ha recibido más mimos de los normales.
—Lo dices con ciertos celos.
—Los que merece que una mujer tan bella como tú prodigue caricias y mimos a un perro y al dueño no.
—Bueno, vas a hacer que me sonroje.
Llegaron al portal. Antonio preguntó a Isabel si quería subir con él y ella aceptó. Así se cambiaba de ropa, y si podía, hasta ducharse.
—Esta es mi casa, espero que te guste.
—Perdona, ¿te importa si uso tu ducha? Verás, traigo ropa para cambiarme; estoy algo sudada y..
—Por supuesto. Ahora te doy toallas limpias.
—Gracias.
Al salir había preparado un aperitivo. Isabel apareció vestida con un pantalón negro que señalaban sus formas una camiseta de mangas transparentes en negro. Al verla Antonio no puedo por menos que besar su mano, a la vez que miraba en lo que se había convertido la chica que minutos antes iba con coleta y chándal.
—Estás preciosa. ¿Me dejas que te mire? —preguntó
—Sí, y que me beses —añadió Isabel.
—No quería llegar a tanto.
—Pues yo sí —aclaró Isabel.
La besó. Sin más. Después fue a por las copas, le ofreció una y brindaron. Ya no querían salir. Sin prisa bebieron hasta que al final Antonio sugirió ir a la cama. Isabel sin hablar afirmó.
Llegaron despacio. Por cada paso se daban un beso; por cada beso, una caricia. Antonio le quitó la ropa con suavidad a Isabel y esta se dejaba hacer. "Chucho" apareció, Antonio le chilló diciéndole que se fuera a su manta, pero Isabel le pidió que se quedara con ellos.
También necesitaba el perro contagiarse de aquel cariño. Se acurrucó en un cojín mientras hacían el amor.
Rafael no madrugó; se despertó casi a la hora de comer. Estaba de buen humor. Pensó en llamar a Isabel, pedirle que comieran juntos y disculparse. Marcó el número, dio los tonos y saltó el buzón de voz, donde dejó un mensaje.
Se duchó, fue a la nevera, cogió un plato de comida preparada y lo metió en el microondas mientras puso la mesa. Comió sin gana, pero necesitaba comer algo. Desde el día anterior no había probado bocado y el estómago le estaba recordando que requería su atención. Guardó las sobras en la nevera, se vistió y salió a caminar.
Alguien, desde lejos, sin ser visto, le estaba vigilando.
Volvió a llamar a Isabel, pero de nuevo el dichoso buzón de voz, y dejó un mensaje parecido. ¿Dónde estaría Isabel?, pensó. Lo más probable es que no quisiera saber de él por cómo la trató el día anterior. Se comportó como un animal insensible. Ella que lo está cuidando, se está jugando su trabajo faltando por acompañarle, y se lo paga chillando como un niño malcriado. Es lógico que no quiera verlo ni oírlo.
Nada más lejos de la realidad, Isabel estaba ajena a estos pensamientos, disfrutando de una placentera tarde de carantoñas y besos con Antonio y "Chucho". El móvil no se oyó porque estaba en el fondo del bolso.
La tarde se fue deprisa y llegó la noche. Antonio no quería que su nueva compañera se despidiera, más cuando aún estaba por delante el domingo. Isabel, por su parte, pensó que para estar sola en casa mejor estar bien acompañada y se "premió" con ese fin de semana inesperado con aquel desconocido.
Salieron a pasear con "Chucho", al que Isabel se propuso buscar nombre, y reservó en un sitio la cena donde irían después del paseo con el perro.
Rafael pasó el día solo, lo que se merecía. Harto de estar en la calle, alquiló una película y se fue a casa a verla. Después cenaría algo sin gana y a la cama, otro día más.
—Qué buena noche hace, ¿verdad? —preguntó Isabel.
—Sí, pero tú eres más bonita —le contestó.
Lo besó. Fue el premio a la respuesta. Quizás era lo que necesitaba, alguien que cuidara de ella. Le agarró fuerte del brazo y preguntó dónde iban. Antonio contestó que era una sorpresa e Isabel se dejó llevar.
El restaurante era pequeño, pero bien repartido. Al fondo, la barra y hasta llegar a ella, mesas y sillas, taburetes y una máquina de café, chucherías, y bebidas para quien no puede esperar. El dueño era amigo de la infancia de Antonio y, aunque no hubiera mesa libre, siempre le conseguía alguna. Ese sábado no había mucha gente, estaba medio vacío, por lo que no tuvieron problema en escoger mesa. Nico, el amigo y dueño del local, les puso en una cerca de la ventana. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse y daba aspecto de misterio. Trajo unas velas y flores para adornar la mesa, y unos aperitivos mientras se hacía la cena, que previamente había seleccionado Antonio.
Isabel se dejó llevar.
—¿Te gusta este sitio? —preguntó, cogiendo su mano.
—Sí.
—¿Damos un paseo a la luz de la luna? —Sí.
El sonido del móvil les despertó de su ensimismamiento. Era Rafael. Isabel vio el nombre reflejado en la pantalla del móvil y dijo:
—Es del trabajo, el lunes lo atenderé —y lo guardó en el bolso.
—Puede ser algo importante —contestó.
—No hay nada más importante en estos momentos que tú y yo.
—Me parece bien, pero no me importa que atiendas el teléfono delante de mí.
—Te lo agradezco, pero si acostumbro a los compañeros a que me llamen en cualquier hora, nunca tendré tiempo libre —mintió.
Sabía que no era de trabajo, pero la creyó. Aún no conocía nada de su vida, nada de sus amigos, nada de su trabajo, nada de Rafael.
Isabel no quería estropear el día tan maravilloso que estaba pasando. Rafael había decidido quitar de su vida a toda aquella persona dispuesta a ayudarle. Tenía razón, no era su problema.
—¿Qué piensas? —preguntó Antonio.
—Nada, cosas mías —respondió Isabel.
—¿No las puedes compartir conmigo?
—Te aburriría.
—Prueba.
—Mejor en otro momento.
Llegaron a casa despacio, sin prisas. Isabel seguía pensando en Rafael; le vino a la mente la idea de que probablemente habría recaído, que estaba peor. No pudo esperar más tiempo y dijo:
—Perdona, tengo que hacer una llamada.
—Claro, no importa.
Marcó el número de rellamada. Rafael cogió el móvil enseguida. Era como si intuyera que Isabel antes del lunes llamaría.
—Isa, menos mal, llevo todo el día llamándote. Te he dejado recados en el buzón de voz.
—Quería saber cómo estás. Pensé por las llamadas que estabas peor.
—No, solo quería pedir perdón por como me comporté ayer, lo que te dije.
—Tienes razón, no tengo derecho a meterme a organizar tu vida; apenas nos conocemos. He querido comportarme como si fuese de tu familia. Te deseo lo mejor, que la terapia te haga efecto, pero es preferible que me mantenga al margen de todo esto. Además, tienes de nuevo razón, me van a terminar despidiendo y no es que ande muy bien de dinero como para estar sin trabajo.
—Lo siento, Isabel. ¿Quedamos mañana y lo hablamos?
—No puedo. He quedado con un amigo a pasar el fin de semana. No estoy en Madrid hasta el lunes —mintió—. Supongo nos veremos en la oficina.
—Espera, no cuelgues.
—Lo siento, pero me está esperando mi acompañante. Buen fin de semana —y colgó.
Volvió enseguida al lado de Antonio. Este no quiso hacer preguntas y solo la besó en los labios.
—Es.
—No me tienes que dar explicaciones.
—Te lo quiero contar.
—Pues entonces soy todo oído. Conozco un sitio en el que hacen un café extraordinario, con unos bollitos de chocolate y crema.
—Genial. Será una buena compañía.
Llegaron al sitio, se sentaron y trajeron en una bandeja los cafés con una buena ración de bollos de chocolate y crema. Isabel dio un sorbo del café y se metió en la boca un bollo. Antonio la miraba entretenido, no tenía prisa, hasta que inició la conversación:
—Es un compañero del trabajo, se llama Rafael.
—¿Quería quedar contigo?
—Sí, pero no por nada de trabajo. Está enfermo.
—Deberías haber ido con él. Si está enfermo y te necesita.
—Yo le estaba cuidando hasta ayer, que vino a comer y me trató mal. Dijo que él solo podía con todo. Me sentí una intrusa en esa casa, así es que me fui. Quizás tiene la razón, no soy quién para llegar a su vida y hacerle el planning semanal con lo que debe o no debe hacer. Me lo tengo bien merecido por querer ser la madre de todos los hombres que rodean mi vida.
—Pero no es malo cuidar de una persona. A mí me encantaría que una mujer como tú me cuidara.
—No estoy de broma. La enfermedad que tiene es muy seria.
—No lo dudo. ¿Y qué quería, que fueses a su casa?
—No. Quería pedirme disculpas por cómo me habló y quedar mañana.
—Bien, pues si quieres te acerco a casa y mañana quedas con él.
—No, le he dicho que estoy con un amigo fuera de Madrid. ¿No es eso lo que él quería, que hiciera mi vida? Pues la estoy haciendo. Este fin de semana es nuestro. El lunes se habrá apaciguado más, charlaré con él, pero nada ni nadie me va a fastidiar estos 2 días juntos, ¿o es que ya te has cansado de mí?
—Noooo —exclamó sonriente Antonio.
—¿Terminamos el café y vamos a casa?
—No es mala idea —contestó Isabel—, me parece bien.
Rafael estaba arrepentido realmente por cómo habló a su amiga. Nadie va a una sala de espera ni a un hospital porque no sabe dónde ir, sino porque alguien muy querido está ahí. No durmió bien, daba vueltas en la cama, pensaba en Isabel. Habrían pasado el fin de semana juntos, pero por su estupidez estaba solo. Cogió de nuevo el móvil, pero era muy tarde para llamar a sus padres; se asustarían de ver la llamada. Apagó el móvil y se acurrucó en las mantas intentando dormir.
Isabel y Antonio llegaron a casa y encendieron la ca-lefacción. Aún hacía frío para estar sin ella. Todavía les quedaba un largo rato para acostarse.
—¿Pongo la tele? —preguntó Isabel.
—Vale, a ver qué echan.
—¿Quieres tomar algo más? —preguntó.
—No. Si acaso un vaso de leche antes de dormir.
"Chucho" apareció y se metió entre los pies de Isabel. Quería jugar como horas antes con su nueva amiga.
—¿Este perro no duerme nunca?
Sonrió la broma y dijo:
—Como nosotros.
—Pues nada, que se quede aquí. El comedor es grande, cabemos todos.
—¿Estás más tranquila? —dijo mirando a los ojos de Isabel.
—Sí, porque estás a mi lado —y lo besó.
En la televisión no echaban gran cosa como para perder el tiempo en el sofá, por lo que minutos más tarde Isabel se fue a la cama, siguió sus pasos y "Chucho" se quedó dormido a los pies del sofá.
Al llegar al dormitorio Isabel se acurrucó entre los brazos de Antonio, pensando qué estaría haciendo ahora Rafael.
Al día siguiente fue domingo y no se trabajaba. Sonó el móvil de Antonio:
—Dígame.
—¿Estás aún en la cama?
—Sí, ahora me iba a levantar y sacar al perro.
—¿Qué hiciste ayer?
—Nada de particular: estuve en casa y salí por la tarde a pasear.
—Te dejo, me llaman por megafonía. Hasta luego.
—Adiós.
Isabel se despertó y preguntó con quién estaba hablando y él respondió que con "una persona equivocada" y se volvió a dormir.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntó.
—Dormir, que mañana madrugo.
—No pensarás estar todo el día en la cama, dormilona.
—No, ahora me levanto, preparo el desayuno y luego sacamos al perro.
—Vale. Voy a la ducha primero.
Volvió a sonar el móvil. Isabel no sabía qué hacer y le dijo:
—Te suena el móvil.
—Déjale sonar, que deje el recado.
—Vale.
"Bueno", pensó, "no será tan importante". Se adormeció mientras se duchaba y al salir fue a ver quién le había llamado. Era la misma persona de antes. Prefirió no contestar y apagó totalmente el teléfono. Dijo a Isabel:
—No quiero que nadie me estropee el día.
—Genial. El día para nosotros. Espera, que apago el mío.
Se fue a duchar, y mientras Antonio preparó café.
—¿Qué te apetece hacer hoy? —le preguntó a Isabel.
—Sacar a "Chucho", comprar la prensa, el pan y fruta, que no hay.
—Vale, tú mandas.
Desayunaron entre besos y caricias. Antonio preguntó por qué había que comprar pan y fruta si apenas estaba en casa. Comía fuera porque no le daba tiempo para venir a casa desde el trabajo. Isabel le aclaró que "es un básico de la cocina".
Salieron con "Chucho" a pasear, compraron la prensa, pan y naranjas, piñas, plátanos y toda clase de frutas, pasearon por el mismo parque donde el día anterior se conocieron y revivieron los momentos pasados. "Chucho" correteaba con un palo que había cogido en el camino, y los tres eran la imagen de la felicidad.
Rafael se fue a comer fuera. Pensó que estar en casa no solucionaba nada. Isabel no iría hasta el día siguiente, así que para qué esperar más. No le llamaría porque "estaba con un amigo pasando el fin de semana". Se sentó en un parque a leer el ebook. El frío y la lluvia habían calmado y daba gusto pasear; el fresco de la mañana le sentaría bien. No se acordaba de su situación. Ver pasar a parejas besándose, niños corriendo, perros, y por un momento se olvidó de su cáncer. Leyó un rato más, sin prisa, y se fue a comer a un restaurante; no tenía gana de guisar.
Antonio e Isabel también decidieron comer fuera.
Estaba cerca Semana Santa y Rafael pediría toda la semana libre. El mismo viernes anterior a la Semana Santa, el de Dolores, iría a ver al gerente y le explicaría que necesitaba huir de Madrid o que tenía cosas pendientes que hacer, o aprovecharía para irse a casa de sus padres, esa pequeña que tenía en la playa donde iba en verano cuando era niño al acabar el curso. Su padre le llevaba a pasar el verano entero. Era todo recuerdos lo que se agolpaba en su mente. Esos amigos de chico con los que estaba hasta tarde en la playa riendo, con los que miraba de reojo alguna chica al pasar o con los que se intercambió cartas el resto del año.
Sí, lo necesitaba. Al día siguiente, lunes, iría a ver a su jefe. Seguro que lo entendería. Le diría que vale, que se fuera unos días, que no le importaba. Dejaría solucionados todos los temas, concertadas citas para la semana siguiente porque la mayor parte de sus clientes se irían de vacaciones.
La tarde se terminó, igual que la noche, que dio paso a otro día, lunes.
Otra semana que comenzaba. Perezosa se levantó Isabel, se duchó, dejando caer el agua por su cuerpo desnudo, sin prisa. Después se vistió sin prestar atención. Parecía que no la importaba nada. El lunes era el día que más temía Isabel, pero había que animarse. Isabel, de actitud positiva, no podía dejarse vencer por eso. Al revés. Decidida a pasar un buen día, sonrió delante del espejo.
El móvil sonó. Era Antonio.
—Hola —contestó Isabel rápidamente.
—Hola cariño. ¿Cómo has amanecido hoy? —preguntó.
—Dormida, como todos los lunes. Es que no me gusta madrugar.
—Bueno, quizás puedo arreglarlo. Había pensado en ir a recogerte, tomar café juntos y llevarte al trabajo.
—Genial. Así da gusto empezar el lunes. Enseguida estoy lista. ¿Podrías venir en media hora?
—¿Te dará tiempo a llegar a tiempo al trabajo? —preguntó preocupado.
—Sí, no te preocupes, que me levanto siempre con tiempo de sobra.
—Bueno, en media hora estoy en tu portal.
Y colgó.
"Borde", pensó Isabel. No le dejó tiempo para despedirse de él.
Media hora más tarde, Isabel estaba en el portal. No veía el coche de Antonio. Quizás para trabajar usaba el metro o el autobús. Hasta que de lejos lo vio llegar. Vestía un traje negro elegante. Su estilizada figura hacía que aún le quedara mejor. Isabel pensaba, sin saber por qué, en la llamada misteriosa que recibió Antonio cuando estuvo en su casa pasando el fin de semana.
—Buenos días —dijo Antonio.
—Hola. Estaba mirando cómo llegabas hasta mí.
Caminando se pasó el tiempo rápido. Isabel miró el reloj apurada, diciendo:
—Lo siento. Tendremos que dejar ese café para otro momento; se me hace tarde para llegar al trabajo. Espero que no te moleste.
—No —mintió —. Mañana, o esta tarde, o quizás podría invitarte a comer.
—Vale —contestó Isabel—. Te llamo.
Al llegar a la oficina Rafael ya había llegado. Estaba revisando la agenda, apuntando algunas direcciones, teléfonos y contactos para dejar todo preparado si es que pedía la semana siguiente de vacaciones. No se lo iba a decir a Isabel porque creyó injustamente que su decisión le molestaría y no le dejaría ir. Sin poderse concentrar miró el móvil por si había alguna llamada. Nada.
Isabel entró deprisa y se sentó en su puesto de teleoperadora sin casi saludar a nadie. Rafael vio cómo pasó deprisa, por delante de él, sin interesarse por cómo había pasado el fin de semana, y le dolió. Definitivamente, no le comentaría nada de sus planes a Isabel, que iba a pasar fuera, de viaje una semana, que no le vería porque estaría lejos. Distanciarse le vendría bien para aclararse las ideas, aunque todavía quedaba la semana entera por pasar, los días de terapia yendo a la radioterapia diariamente, viendo las mismas caras, estando con las mismas personas y pensando que al salir una vez acabada la sesión de ese día ya le faltaba uno menos para terminar.
Se concentró en su trabajo como le dijo el oncólogo. Es mejor hacer la vida diaria, la rutina y los quehaceres a los que estaba acostumbrado a pensar en que tenía cáncer.
Llegó Semana Santa. A Rafael le concedieron toda la semana libre, pero no se preocupó Isabel de llamarle. Estaba pensando en otras cosas. A decir verdad, ¿a quién le interesa estar pendiente de alguien que tiene cáncer? Comprendía que no tenía derecho a "atar" a Isabel a su enfermedad, pero no pudo evitar sentirse abandonado por su amiga al no recibir ninguna llamada.
Los días pasaron deprisa. El miércoles por la tarde Antonio quedó en recoger a Isabel en su trabajo e irse directamente de viaje. Isabel estuvo todo el día mirando el reloj; las horas no pasaban y cuando lo hacían, parecían eternas.
Llegó puntual a recogerla. Salió del trabajo corriendo, de nuevo sin despedirse de nadie. Cuando vio su coche y se subió, tiró la maleta en el asiento de atrás y le dio un leve beso en la mejilla.
—No pasaban las horas, ¡que horror! Es el día más largo de mi vida —comentó Isabel.
—Yo no. En perfilar las cosas para la semana que viene se me ha ido el día volando. Ni siquiera he comido.
—Pobrecito —sonrió Isabel—. ¿Y solo tienes hambre de comida? —preguntó maliciosa.
—No, también de otras cosas.
Siguieron conduciendo hasta llegar al destino. Isabel le ayudó a bajar las bolsas y a colocar la ropa y la comida. Pensaban estar tiempo en casa, pues estar toda la semana fuera hacían propicios estos días para descansar.
Cuando terminaron de colocar todo se dieron un baño y después, ya en la habitación, Antonio quitó el albornoz que cubría el cuerpo de Isabel y empezó a besarla el cuello. Bajó por los pechos, que a la vez acarició suavemente, logrando sacar de sus labios un gemido de placer. Después la tendió en la cama y con mimo empezó a besar el resto del cuerpo. Abrió los muslos y con los dedos penetró dentro de Isabel, que agarrada a su brazo soltó otro gemido, esta vez más breve pero intenso. Isabel se dejaba llevar entre sus brazos. Por su parte, Isabel también acariciaba a Antonio, con mimo, despacio, sin prisa, como queriendo disfrutar de aquellos momentos.
Y sonó el teléfono de Antonio. Obviamente lo ignoraron.
Después de terminar lo que estaban haciendo, relajados en la cama:
—¿Y estos días van a ser todos así? —preguntó Isabel.
—Eso espero.
—Por cierto, antes te sonó el teléfono. Quizás deberías llamar. ¿No vas a mirar quién es? —preguntó Isabel.
—No, luego lo hago.
—Podría ser importante.
—No. ¿Quién me va a llamar importante estos días? Luego llamo. Por cierto, ¿qué te apetece hacer mañana?
Isabel se quedó pensativa en la propuesta y le dijo:
—Quedarnos en casa todo el día.
—No, podemos ir a algún lado, salir fuera a comer, pasear,.
—¿Ver alguna cofradía? —sugirió Isabel.
—¿Te gusta ver cofradías?
—Sí. Una vez fui de viaje a Sevilla, iba a estar 4 días, pero al final se convirtieron en diez. Me vi todos los pasos.
—Ya será menos.
—No, todas las tardes iba a sentarme a una silla en "carrera oficial"; por allí pasan todos los pasos de la Semana Santa, sea el día que sea.
—No sé si aquí habrá procesiones.
—Es una broma, pero si nos encontramos algún paso, lo vemos.
Así llegó la noche, y cansados enseguida se fueron a dormir.
Al día siguiente era Jueves Santo. Tenían 4 días para disfrutar el uno del otro. Isabel, mientras se duchaba, no se acordaba de Rafael porque llenaba su vida ahora otra persona. Pensó que cuando llegara a Madrid se lo diría a Rafael, que conoció a un hombre y que había empezado una relación con él. Al salir de ducharse fue a la cama con el desayuno para Antonio, que la esperó mientras veía las llamadas del móvil. Isabel vio cómo escondía el teléfono al aparecer con la bandeja del desayuno en la cama, pero no le dio mucha importancia. Pensó que al verla venir a la cama no era muy educado estar más pendiente de un simple teléfono que de ella.
Desayunaron riendo mientras planeaban los días que iban a estar juntos. Había oído que cerca del pueblo había una escuela hípica, y le sugirió a Isabel ver los caballos y montar un rato, pero Isabel se disculpó diciendo que tenía miedo.
Al día siguiente era Viernes Santo. Antonio estaba en la ducha cuando sonó el teléfono. Isabel pensó que podía ser urgente y lo atendió:
—Dígame.
—¿Está Antonio por ahí? —preguntó una voz femenina.
—Se está duchando.
—Vale, cuando salga dígale que le llama su mujer.
Antonio salió del baño ajeno a lo que iba a pasar
—¿Me das una coca-cola?
—Cógela tú. O mejor vamos a llamar a tu esposa y que te la dé ella.
—¿De qué estas hablando?
—Que te ha llamado tu mujer.
—¿Me has cogido el teléfono? ¿Tú quien te crees que eres?
—Estaba sonando, tú no lo oías y pensé que era importante.
—¿Quién coño te crees tú para cogerme el teléfono?
—¿Y tu por qué no me has dicho que estabas casado?
—No te hagas la tonta. Tú sabías muy bien lo que había.
—¿Y se puede saber cómo? He pasado el fin de semana contigo, nos vamos de vacaciones,.
—Pues eso que has salido ganando. No te quejes tanto, que tampoco te ha ido tan mal.
—Tenías que habérmelo dicho desde el primer momento.
—¿Me estas diciendo que no lo sabías?
—No.
—Claro. ¿Qué nivel cultural puede tener una teleope-radora? Creí que eras más avispada.
—Y tú menos cabrón.
—¿Te vas a ir? A ver cómo vas a Madrid.
—No te preocupes, no me faltan amigos que me ayuden.
—Ya. Como el Rafael ese de los cojones, que no te hace ni puto caso.
—Ni le nombres. Tú no le llegas a él ni por asomo. Rafael jamás me mentiría, y menos en una cosa así.
De un portazo cerró la puerta y se fue.
Al salir llorando de la casa, Isabel pensó cómo podría regresar a Madrid. No se le ocurrió otra forma que llamar a Rafael. Marcó el número de teléfono y esperó que lo cogiera, pero no fue así, por lo que Isabel dejó un recado en el contestador del buzón de voz del móvil diciendo: "Por favor, llámame. Es urgente".
Pasaba el rato y Rafael no llamaba. Isabel estaba pensando en que quizás aún estaba enfadado porque se fue corriendo de la sala de espera, pero se lo merecía. ¿O no? Tendría que haber sido más comprensiva con él. El tratamiento le estaba afectando al carácter y unos días tenía mejor humor que otros. Isabel no supo estar a la altura y se fue dejándole así.
De repente, el teléfono sonó. Era Rafael.
—Ayúdame, por favor.
—¿Qué te pasa? —contestó indiferente Rafael.
—Estoy en un pueblo y no sé cómo salir de él.
—¿Y cómo has llegado?
—Bueno, es que no viene sola. Iba a pasar estos días con un amigo, pero la cosa se torció esta mañana.
—Pues chica, mira que te duran poco los hombres.
—Rafa, por favor, no sé cómo llegar a Madrid. Sé que tienes coche. Por favor, ven a buscarme.
—No puedo. Estoy en el pueblo con mis padres. He venido a pasar estos días.
—¿Y les vas a decir tu enfermedad?
—No. Lo siento, Isabel. No puedo ir a recogerte. Pregunta en el pueblo, seguro que habrá algún medio de transporte.
—Gracias, y buen puente; o por lo menos mejor que el mío —y colgó.
"Está enfadado conmigo. Este no está en el pueblo, y menos una semana. Lo que le pasa es que aún me guarda rencor por mi huída".
Mientras caminaba Isabel vio acercarse un coche y le hizo señas de que parara. El coche se detuvo, y cuando llegó a su altura:
—Perdone, es que no sé cómo llegar a Madrid.
—Sube que te llevo. Voy cerca, pero te dejaré en una estación de autobuses desde donde salen periódicamente.
—Vale, gracias.
—¿Cómo te llamas?
—Isabel. Es verdad, no me he presentado.
—Yo soy Luis, pero aquí me llaman Rubio.
Fueron todo el camino charlando. Luis se dio cuenta de que Isabel había estaba llorando. Tenía los ojos rojos y la mirada triste, pero no se atrevía a pregunta. Isabel lo notó y se vio en la obligación de contarle lo que había pasado, a lo que Luis, después de escucharla, solo le dijo:
—Lo siento.
Llegaron a Madrid. Al final Luis decidió dejar a Isabel en la misma capital para que no tuviera que coger el autobús de línea, que quizás al ser fiesta, pasaría 2 veces al día. Allí conocía a unos amigos que tenían un hotel y se ofreció a llamarles para que esa noche, pero Isabel le contestó, dándole las gracias, que tenía casa, aunque tuviera que pasar sola esa noche.
Luis pensó que siendo días festivos habría poco tráfico y por un poco que retrasara el viaje no pasaría nada, así que le propuso pasar la noche con ella. Así, entre charlas y risas olvidaría a Antonio, pero Isabel le contestó:
—Otro día te invitaría encantada a casa. Cuando vuelvas a Madrid, dímelo con tiempo y vienes a mi casa a pasar unos días si quieres, pero hoy no soy buena compañía, de verdad.
—No insisto más. Toma mi teléfono y llámame al menos de vez en cuando.
—Así lo haré, y gracias por traerme.
—De nada, fue un placer.
Se dieron dos besos. Luis vio cómo Isabel se iba alejando de la vista, y emprendió camino de regreso; aún le quedaba toda la noche conduciendo.
Cuando Isabel llegó a casa tiró la maleta, se duchó y se puso a ver la tele. Dejó el teléfono en el bolso y se olvidó de sacarlo, ya que no esperaba que nadie se acordara de ella. Rafael estaba fuera de Madrid y Antonio, mejor que no se volviera a acordar de ella. En un momento de rabia lo sacó del bolso y borró de la lista de contactos su nombre. Después tiró el papel donde se lo dio apuntado y así evitaría la tentación de llamarle pasados unos días.
Acurrucada en el sofá, con la tele encendida, Isabel se quedó dormida.
Era fin de semana y en 2 días vería a Rafael. Centró sus ideas en pensar en él y así olvidar a Antonio. Era la única forma de tener la mente ocupada en algo. Además aprovechó esos días para ordenar los armarios, tirar ropa que no se ponía y hacer dieta porque había cogido algo de peso. Mientras estaba en estas tareas sonó el móvil. En el visor de la pantalla vio que era Rafael. Dudó si cogerlo o dejarle sonar, pero pensó que quizás era urgente.
—Dígame.
—Hola, ¿dónde estás?
—En Madrid. Concretamente, en mi casa.
—¿Quién te trajo?
—Luis.
—¿Quien es Luis?
Isabel no le quiso dar explicaciones y simplemente dijo:
—Un amigo. Cuando colgué contigo le llamé e inme-diatamente vino a recogerme.
—¿Por qué has venido tan pronto?
—Antonio está casado, su mujer le llamó y yo cogí el teléfono.
—¿Nunca te dijo nada?
—No. Él pensó que dada su edad y que a veces eludía coger el móvil, yo tenía que haber deducido que estaba casado.
—¿Tú cómo te encuentras?
—Cansada, decepcionada y por lo demás, deseando que llegue el lunes para ir a trabajar. ¿Tú cómo estás?
—Bien. Estos días en el campo con mis padres me están sentando muy bien.
—¿Se lo has dicho a tus padres?
—No.
—¿Cuándo vuelves a Madrid?
—No sé. Igual me quedo aquí hasta el lunes, madrugo y voy directo a la oficina.
—Vale. Te lo decía por si quieres quedar para tomar algo y charlar mañana por la tarde, pero si te quedas allí a dormir, ya te veo el lunes en el trabajo.
—Si decido irme mañana por la tarde, te llamo para quedar, y si tienes planes pues nada. ¿Te parece bien?
—Vale, un beso.
—Otro para ti —y colgó.
Al día siguiente era domingo y quería preparar todo para el día siguiente ir a trabajar.
Para poder estar con Rafael todas las tardes, Isabel fue a hablar con Adrián.
—Buenas tardes, ¿podría hablar contigo un momento? —dijo Isabel.
—Tengo prisa, pero si no es muy largo.
—Necesito faltar las tardes. Te pediría trabajar media jornada.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque un amigo me necesita.
—Pues ve con él al salir del trabajo.
—No me has entendido. Es necesario que falte por las tardes.
—¿Qué le pasa?
—Tiene cáncer. Está yendo a darse sesiones de radio y quimio, pero cada día está más débil y no puede ir solo.
—Pues que contrate a alguien si no puede solo, pero no puedo darte lo que me pides. Lo siento.
—Es lo que esperaba oírte decir. No me dejas más remedio que pedirte el finiquito.
—Con mucho gusto. ¿Para cuándo lo quieres?
—Si puede ser, esta tarde o mañana, lo más tardar. ¿Te viene bien?
—Sí, claro. Ahora mismo le preparo. Por supuesto, te descontaré todas las horas que has faltado.
—Me parece correcto, no quiero deber nada. Por favor, avísame cuando esté.
—No te preocupes. Si no te importa, vete a casa. No hace falta que te quedes aquí más.
—Es lo que pensaba hacer.
Ya tenía libertad para ir con su amigo sin mentir ni esconderse. Por supuesto no dijo que su amigo era Rafael porque debía mantenerlo en secreto, pues él seguía yendo a sus "viajes" y salvando los días como podía para que no le descubrieran.
Esa misma tarde antes de ir a la sesión diaria de ra-dioterapia, Isabel paró a Rafael en la puerta del hospital. Solo bastó decir:
—Me he despedido de la empresa. Ahora estoy a tu entera disposición.
Rafael no dijo nada. Solo le dio un beso.
Al día siguiente era la operación de Rafael e Isabel estaba nerviosa. La tarde anterior se quedó ingresado, y aunque Isabel le pidió que la dejara dormir con él y así atenderlo, Rafael se negó. Isabel no quiso insistir y cuando le dejó todo colocado, se fue.
A la mañana siguiente hacía sol. Eran las 7 de la mañana de un 7 de septiembre. Isabel no quería llegar tarde, por lo se levantó con antelación y llamó a Daniel, que se brindó a recogerla para ir juntos al hospital. Se vistió de forma informar pero cómoda, y no desayunó porque se la cerró el estómago de los nervios.
Llegaron al hospital justo a tiempo de despedirse de Rafael, al que en breve bajarían al quirófano. Con un beso en los labios se despidió Isabel, hasta 5 horas más tarde que llegó el cirujano con la noticia que estaban esperando:
—La operación ha sido un éxito. Le hemos quitado un trozo del intestino y le hemos puesto un tubo para empalmar ambas partes porque había que juntarlas. Ahora le subirán a observación y en un rato podréis verle un poco.
Isabel estaba llorando, mientras Daniel daba las gracias al médico.
Al cabo de la hora la enfermera les indicó que podían subir a ver al paciente, pero 5 minutos. Estaba aún sedado y no los podía ver ni oír.
Al día siguiente le subieron a planta. Pidió que llamaran a Isabel porque se había llevado todas sus cosas, y de paso comunicarle dónde estaba ahora. Isabel le confirmó que iría en cuanto terminara de arreglarse.
9 meses más tarde:
—Estás curado. —Gracias, doctor. —¿Cómo te encuentras? —Cansado, pero bien. —¿Qué tal pasó este año?
—Tuve días de desánimo en los que pensé que era mejor morirme para evitar ver cómo la gente que me quiere sufría.
—Pero la gente que te quiere no dejó que lo hicieras.
—No. Quiero agradecerle que haya confiado en mí, que me haya ayudado y curado y, sobre todo, porque me dio el ánimo que necesitaba.
—Tendrás que volver a revisiones cada 6 meses.
—No lo dude. Haré lo que me pida.
—Por mi parte, creo que no tengo más que decirte. Poco a poco recuperarás peso y el pelo, pero con un poco más de paciencia verás como todo volverá a ser como hace un año.
—No se preocupe, le haré caso en todo.
—Tienes que recuperar tu vida, hazme caso. Pensar que no te ha pasado esto es inevitable, pero a la vez, esta experiencia te ha hecho sacar de ti algo que desconocías: tu fortaleza. Tendrás que olvidar los malos momentos y seguir adelante, pero lo difícil ya lo has superado.
—Gracias y adiós, doctor.
—Adiós.

Lección de vida, novela de  María Isabel Martínez Gilaranz

EPÍLOGO
Al año siguiente todo había pasado. El oncólogo le dijo que había superado el cáncer y que debía hacer revisiones rutinarias cada 6 meses. Isabel seguía con él y lo acompañaba a los médicos. Compartían ahora la vida juntos, proyectos e ilusiones.
Un día estaban sentados en el sofá con los padres de Rafael en Orusco y preguntó a Isabel:
—¿Te acuerdas cuando hace más de un año llamaste a mi madre desde el hospital? Fue el día que me mareé en la calle; no sé si te acuerdas.
—Sí, claro. Cómo lo voy a olvidar.
—Bien —prosiguió—. ¿Y qué fue lo que dijiste a mis padres en esa conversación?
—Que tenías cáncer y que yo te cuidaría y los mantendría informados. Y que por favor, si hablaban contigo, que no lo mencionaran.
—Os quiero a todos.
—Y nosotros a ti —contestó su madre—. Jamás dejé de verte, de saber de ti, de cuidarte. Isabel me decía dónde estabas en cada momento con mensajes en el teléfono. Yo estaba al tanto de cuándo esperabas un taxi para ir al médico, de cuándo estabas en la quimio, de cuándo salías.

FIN
NOVELA de María Isabel Martínez Gilaranz:
Un día cualquiera ~ : ~ LECCIÓN DE VIDA- FIN
NOVELA de María Isabel Martínez Gilaranz:

CAYETANA



Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras