En el fondo, después de haber matado a su marido Alfredo,
Eloísa hubo de reconocer que malo del todo no era,
pese a haber sido un maltratador y un delincuente de la peor
calaña. |
Después
de muerto y rodeado de sus amigos, en su marido aún
se podía reconocer algo bueno.
Tal vez fuera la salsa al limón que tan bien le salía
a la propia Eloísa, o, quién sabe, acaso la
carne de Alfredo con albahaca e hinojo era lo que hacía
que Alfredo tuviese valor, al menos en su carne. En cualquier
caso, Eloísa estaba contenta de que los colegas criminales
de Alfredo también encontrasen algo bueno en su amigo,
algo tan difícil mientras estuvo vivo, aquel cabrón.
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