El sueño de toda su vida había sido subir
al alto de la Torre Eiffel y por fin iba a conseguirlo. A
sus 66 años, justo siete meses después de jubilarse,
Filippo había ahorrado lo suficiente como para permitirse
una semana en París. Y lo primero que hizo fue acercarse
al Champ de Mars en metro.
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Tuvo mucho cuidado de no pasarse de estación en el
metro, aquella Bir Hakeim de sospechosa apariencia arábiga.
Corrió casi como un chaval por el borde del Sena, a
lo largo del Quai Branly, en dirección a la torre,
dando codazos a todos los que se le interponían por
el camino, evitando a jóvenes negros que intentaban
venderle réplicas en miniatura de la torre.
Hasta que alcanzó la explanada. Se la quedó
mirando unos minutos en silencio desde abajo. Por un momento,
creyó que se le rompería el cuello de tanto
forzarlo a mirar hacia arriba. Echó a caminar hacia
la taquilla del pilar este, al tiempo que el corazón
de Filippo aún se aceleraba más porque estaba
a punto de cumplir su sueño de toda la vida. Los latidos
de su corazón se le salían por la boca. Cerró
los ojos y pensó:
— Sono l'uomo più felice del mondo...
Volvió a abrir los ojos. Se sentía mejor que
nunca. Se sentía ligero como un chaval de quince años.
Y entonces se dio cuenta que en la taquilla no se daban cuenta
de su presencia. Mejor, así no pagaría. Se dirigió
directamente a las escaleras. Él mismo se sorprendió
de su agilidad. Subía aquellos tramos de escaleras
como un crío, adelantaba a todos, sin excepción.
Llegó enseguida al primer piso, pero no quiso detenerse
demasiado allí, quería seguir hasta el segundo.
Aún así, las vistas desde allí eran sorprendentes,
se observaba París en la distancia. Siempre había
querido verlo así.
Decidió proseguir hacia el segundo piso. Se dirigió
hacia las escaleras, nuevamente con una agilidad pasmosa,
parecía que ni siquiera sentía los escalones
a sus pies a causa de aquella emoción almacenada durante
toda una vida. Y ya estaba a punto de alcanzar el segundo
piso, cuando sintió algo muy extraño. Duró
décimas de segundo, en las cuales entendió que
nunca llegaría a aquel segundo piso, de modo que su
sueño no iba a ser completo.
Y de repente se vio tumbado en el suelo al pie de la torre,
allí donde había sentido su corazón saltarle
locamente.
— Monsieur, ça va mieux? Combien de doigts est-ce
que vous voyez ici? —un médico lo atendía
en el suelo. Alrededor un corrillo de gente lo contemplaba
curiosa—. Vous avez eu un infarctus, monsieur, et on
a dû vous faire une réanimation. Votre coeur
s'est fermé pendant des minutes, vous me comprennez?(1)
Filippo asintió con la cabeza. Entonces comprendió
que había subido a la torre con el alma, mientras el
cuerpo se le había quedado abajo. Por eso, le hizo
un gesto al médico que lo atendía y le susurró:
— S'il vous plaît, arrêtez-moi le coeur
encore deux ou trois minutes... Il ne me reste presque rien
pour arriver au deuxième étage de la tour. Puis,
faites ce que vous voulez... (2) |