UN
MAL EJEMPLO PARA LOS NIÑOS
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Clarearon días por siete veces, así
transcurrió otra semana. Juanjo no platicó mucho
con Montse, al menos fueron unos días calmados y sosegados
aunque opacos ya que no maduró ninguna decisión
del matrimonio. ¿Qué diría Juanjo a Fidel?
La opinión de Montse era un arroyo, su marido estaba
dispuesto a abandonar temporalmente el negocio o a rebajar
el ritmo de ventas, nada de nada, Montse exigía la
celestial hambruna económica antes de la espumosa vida
de un traficante vulgar de un barrio como la Florida. ¿Qué
enseñanza daban a sus hijos? ¿Es ético
ganar dinero a toda costa? Claro que no diría Montse
con unas convicciones hondas o eso creía ella, Juanjo,
por su parte, no respondería delante de su esposa porque
era otro actor de la pantomima que vivimos los seres humanos.
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Pero Juanjo ya había advertido a Montse que sería
penoso tener únicamente barro para comer ¿qué
era peor: la enseñanza del padre o la elección
de la madre de la hambruna familiar antes de actuar a cualquier
precio moral? A caso no era un acto cruel encaminar a los
niños por un infierno a causa del orgullo maternal.
Unas preguntas secas y duras con respuestas diferentes según
la persona. Montse nunca creyó que pasarían
hambre, antes les condenarían por la hipoteca o por
las facturas, ahora bien, mientras ella trabajase no faltaría
comida. Montse le recordaba que existían los bancos
de alimento, los cuales ayudaban a los más necesitados,
no era una cura porque la generosidad se había quedado
corta por el aumento de la pobreza en la población,
al menos calmaba el hambre. Para Juanjo acudir a un banco
de alimentos sería reconocer que estaban empobrecidos
miserablemente, opinaba que estaba en edad de trabajar, entonces
actuaría en cualquier actividad mientras él
tuviese fuerzas. Cierto era que Montse tenía que colaborar
con la familia política, ellos le salvaron en sus días
bucólicos, lo cual ella siempre les estaría
agradecida pero no estaba dispuesta a aliviar las horas purpúreas
de varios jóvenes del barrio o de donde fuesen. Esta
era una de las verdaderas cuestiones, a Montse le tostaba
que su marido utilizase a los niños para cubrir a su
familia. Ella se sentía culpable consigo misma en muchas
ocasiones, sentía que tascaba a la familia de su marido
¡claro que quería repuntar su situación!
Aunque no con el negocio de la cocaína, la cual no
tenía nada de mágico ni atrayente, únicamente
arraigaba problemas y penas penitenciarias, e aquí
el último miedo de Montse.
Es cierto que Juanjo se inició en tal negocio a
través de Fidel, Montse nunca tragó al camarero,
veía en él una persona crujida de sinceridad
y afecto, desleal hasta con su madre que le desplumó
cuando enviudó de todo euro para acabar enviándole
a su hermana para que le cuidase una vez arruinada. Juanjo
y él se conocían de muchos años aunque
nunca intimaron como dos verdaderos amigos, realmente nadie
intimaba mucho con Fidel, estaban con él por interés.
Era cierta la clandestinidad nocturna del bar, allí
se reunían clientes y traficantes elegidos por el
dueño, la policía no molestaba, todos imaginaban
el porqué pero solo Juanjo se lo preguntó.
Éste había estado tan sólo una noche,
no volvió porque tenía que buscar sus clientes
y tenía miedo de esa competencia feroz.
Se vistió otro lunes de discusiones, Juanjo atacó
a Montse por su hipocresía, ella no lo hacía
por los niños, sino por quedarse sola con ellos,
no tenía convicciones hondas, todo era más
simple y egoísta. A Montse no le dio tiempo de contestar,
Carmen picó en el interfono, el matrimonio se extrañó
ya que eran las tres de la tarde y tendría que estar
trabajando. La vieron preocupada, se sentó y empezó
a hablar.
- ¡Hermano! ¡Hermano! ¡Estamos perdidos!
- ¡¿Qué pasa Carmen?! ¡No me asustes!
- ¡Dios!
Carmen no paraba de moverse como una hoja abandonada en
el suelo y golpeada por el viento, Montse la intentó
serenar, no fue posible. La preparó una tila, Carmen
se sentó con su hermano, esperó la bebida
y reconstruyó sus palabras.
- He estado pensando desde hace días como deciros
la trágica noticia, he conseguido únicamente
orinar desorden en mis palabras porque no sé qué
hacer…
- ¡Dinos de una vez que coño pasa! ¡Estoy
al borde de un ataque de ansiedad!
- Perdona, Juanjo… lo siento mucho, me han cerrado
el bar. Estuvimos teñidos de deudas pero ahora estamos
embarnizados de perdidas.
- ¡Es imposible! No lo entiendo.
- Montse, yo tampoco entiendo nada. El miércoles
pasado tuve una inspección de sanidad por una denuncia
de una tercera persona, quizá algún cliente
que no le gustó lo que vio.
- ¿Eso existe?
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| - Mi
sorpresa fue mayúscula, Juanjo. Hace unos meses que
pasé la de rigor, es cierto que el lavabo no era un
vergel… ¡cómo tantos otros bares! Lo pasé
porque por la misma lógica el inspector tendría
que cerrar mil bares, sin embargo, el perro de la semana pasada
tiranizó su autoridad, me increpó y comentó
que en esos retretes nadie podía poner a salvo su salud.
No me lo podía creer, le argumenté que nunca
había ocurrido nada contra la seguridad de los clientes,
que todo funcionaba correctamente, etcétera. Nada de
nada…
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- ¿Pero por algo así no tendría que
cerrar el bar temporalmente hasta que lo arregles?
- Montse, tales palabras fueron mi última suplica
que acabaron pedregadas por la malicia de ese cabrón,
el bar quedó cerrado en ese mismo momento y me han
multado, seis mil euros. Me he pasado el resto de la semana
encerrada con las niñas y los papas, dándoles
vueltas a la cabeza para solucionar el problema, siento
no haberos dicho nada, no sabíamos que hacer…
no sabemos que hacer. Me han comentado los vecinos que la
policía pasa de vez en cuando para asegurarse que
el bar está cerrado.
- ¡No tiene sentido! ¡No tiene sentido! –Juanjo
se levantó a causa de la incertidumbre- ¡Es
una injusticia! Iremos a un abogado, seguro que ganaríamos
si fuésemos a un juicio.
- Tal vez nos darían uno de oficio pero ya sabéis
que fama tienen –comentó Carmen sin fuerza.
- ¡No todos son iguales!
- Tal vez hermano, ni tú ni yo los elegimos, van
a sorteo. Aún no me lo puedo creer lo que nos ha
pasado, esa barra era todo lo que tenía, me tronqué
en ese bar de tantas horas que me pasaba trabajando. No
sentí la aurora de las ganancias aunque al menos
no escuchaba los quejidos del banco y del estomago. Lo que
me preocupa, Juanjo, son los papas, ellos también
pueden perder el piso si no pago mi hipoteca, bastante tienen
con pagarme la comida y las facturas con su baja pensión.
No tengo derecho al paro, lo he perdido todo por ese negocio,
habrá que escoger entre la comida y el banco, está
claro que mis hijas no pasarán hambre. Y no nos olvidemos
de nuestro Quique, no tiene dinero ni para comprarse un
billete de vuelta ¿cómo hemos tenido tan mala
cabeza?
- No te fustigues ahora.
- Gracias, Montse.
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- Por una parte te entiendo, amigo, pero por otra creo que
no has pulido tu opinión. El miedo de tu mujer te ha
fletado a un viaje frustrante que tú llevabas controlado
o eso comentabas hace dos semanas. Fuiste tú quien
viniste a mí a pedir auxilio, yo fui el faro que te
ilumino para no estrellarte contra un peñasco. Me aseguraste
que podrías aguantar más de un año, yo
no te pedí más, llevas únicamente cinco
meses, reflexiona, ¿cuánto dinero has ganado?
Y eso que has trabajado poco comparado con otros del barrio,
yo nunca te he presionado, es más, te he conseguido
calidad, has navegado a tu ritmo y yo he sido una brisa suave
que nunca te ha soplado fuerte para que fueses más
rápido.
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- Escucha Carmen –Montse se acercó a Carmen para
intimar y conquistar confianza-. Debemos estar unidos como
siempre hemos estado, Juanjo ha tenido una buena idea con
ir a un abogado. Además deberíamos hacer que
nos lean en los periódicos, nos escuchen en las radios
y nos vean en las televisiones, que nuestro caso salga a la
luz pública. Pero lo más importante es contactar
con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, hasta el día
de hoy esa gente han ayudado a muchas personas.
- ¿Tú crees que funcionará?
- Hay que intentarlo, Carmen. Vete a casa, mañana cuando
salga de trabajar iremos a contactar con esa gente, lo miraré
por Internet más tarde, ahora mismo estoy demasiado
nerviosa, miraré también el banco de alimentos
para que os ayuden. Vete a casa, esta noche tendrás
noticias nuestras.
Juanjo y Montse hablaron sin argentar sus comentarios una
vez se fue Carmen. Ambos estaban preocupados, él era
consciente que podrían acabar todos viviendo en su
piso, ella reflexionaba para adargar su familia contra el
cohorte de banqueros e inspectores.
- Montse, no confío como tú en la Plataforma,
no diga que vayan de buena fe pero cómo luchar contra
el poder, es imposible.
- Eso crees tú que no estás informado.
- Escúchame bien, ya estoy harto de dar vueltas al
tarro y no encontrar ninguna solución. Volveré
a trapichear, no nos queda otra, es lo que hay ¡aguántate!
Y nada de vender a cuatro chalados como Ángel, tengo
que dedicarme a ello más, no puedo hacer nada, se acabó
el filosofar si hago bien o mal, estamos sobreviviendo y no
podemos dejar de comer o de dormir bajo un techo ¡es
lo que hay!
- Prefiero que los hombrees se ondeen conmigo antes de vender
cocaína.
- ¿Qué?
- Lo que has escuchado. Encuentro más honrado rizar
el disfrute que caponar la salud.
- ¿Cómo te atreves a insinuar algo así?
A tu edad ¡estás loca!
- Antes me has dicho que no quiero que trapichees por no quedarme
sola, entonces te iba a proponer mi idea, no me gusta nada
aunque lo encuentro más benigno.
- ¿A dónde vas a ir? ¿Y tu salud no importa?
¡Estoy asombrado de escucharte tantas barbaridades!
- ¡No alces tanto la voz! No hace falta trabajar en
la calle, lo vi en un reportaje de la televisión. Hay
pisos, no son chulos, se quedan el cincuenta por ciento pero
te repito que no son chulos. Hay mucha higiene en esos pisos.
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-
¡No me lo creo! Además en ese mundo también
hay mucha droga.
- No será en todos ¿y tú cómo
sabes eso?
- Por los comentarios de mis antiguos compañeros
de trabajo.
- ¡Juanjo! Necesitamos dinero, no es dinero elegante
ni el tuyo ni el mío, tu familia necesita nuestra
ayuda, soy la primera repugnada aunque más me desespera
tu negocio.
-
Es un mal ejemplo para los niños.
- JAJA ¿Y tú no?
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