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Ya
no escuchaba los pájaros por la mañana, el
sol dejó de acariciar mi cuerpo. La sonrisa de mis
labios había desaparecido y en la escasa luz de mis
ojos, se dibujaba la ansiedad. Sudores y temblores recorrían
todo mi cuerpo en cada despertar, tras una horrible pesadilla.
En mi deseo cabía soñar despierto, arrancarle
el final al sueño y convertirlo en eterno. Un sueño
jamás soñado, pero sí deseado, que
me ayudara a liberarme y conseguir la paz.
De entre mis delirios, vi alejarse a mi
voluntad junto a mi autoestima. No había buenas perspectivas
de que fueran aparecer y eso no era un sueño. Ocupaba
todo mi tiempo en conseguir la sangre que mi ajetreado corazón
necesita para seguir latiendo, imprescindible para poder
seguir adelante y hacer desaparecer ese dolor que recorre
mis entrañas y parece partirme en dos mis huesos.
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