
LOS POETAS COMEMOS
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Me dijo que quería transmitirme
todo lo que sabía antes de morir.
Por supuesto, no pudo, creo que aunque hubiera vivido cien
años no podría, porque era increíblemente
inteligente. Dulce, siempre de buen humor, como buen asturiano
amaba los chistes, la sidra y el queso de afuegar
el pitu.
Un infarto se lo llevó y con él mi esperanza
de crecer en la literatura. Ojalá hoy estuviera a
mi lado, leyendo mis poemas. Me hago la ilusión de
que lo hace. Mi primer libro se lo dediqué, él
se llamaba Manuel Lozano Fuego, estos son los apellidos
que empleo en la poesía, es un homenaje, así
que ya basta de los chistes sobre la poetisa de fuego y
lo caliente que soy, porque no es un seudónimo. Es
mi sangre. En cada verso le siento, en cada palabra quiero
tocar su frente, allí donde esté. Y sí,
creo que está en alguna parte. Que puede sentirme.
Yo le siento.
Cuando en un cole privado y pijo sufrí bullying
por llevar gafas, aparato y ser una chapona, me salvaron
las redacciones, la literatura me cobijaba y los profes
empezaron a decirme que colaborase en la revista.
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Las patadas en los vestuarios cesaron y los compañeros
empezaron a mirarme con más respeto. Porque sabía
escribir.
Gané algún pequeño premio simbólico,
me daba igual ya que me quisieran o me detestaran, me
era indiferente ser gordita o tener la nariz grande o
no gustarle al más chulo de clase. Yo escribía.
Los recreos me los pasaba inventando nuevas historias,
algún poema, fantasías.
Durante el instituto me quité el uniforme y los
estigmas, hice amigas de todos los colores y condiciones,
me puse vestidos hippies y escondí a mi amada en
un cajón. La literatura seguía ahí,
aguardando, como una amiga fiel que no te abandona aunque
cambies de bando, aunque la vendas, aunque la postergues.
Su fidelidad me conmovía y escribí algunas
cosas para la revista, hacía redacciones y debates,
hubo un profesor amable que me dio oportunidad de aprender
que la palabra era un arma poderosa.
Pero ya no la necesitaba como antes. Porque vivía
la realidad y no me hacía tanta falta.
Fui una perra desagradecida durante la carrera.
Estudiar Psicología y salir a tomar cañas
me llenaba suficiente, los novietes
y las chorradas ocupaban ese cajón, y sin darme
cuenta, la perdí.
Me faltaba algo y no sabía el qué, durante
el paroxismo juvenil no entendía qué fallaba
y por qué a pesar de conocer mi lugar en el mundo,
o parecerlo, seguí sintiéndome una extraña.
Hice la tesina, oposité y estudiaba tanto que no
me daba tiempo a escribir, ni a leer.
Con los exámenes tipo test perdí la facilidad
de redactar.
Pensé que todo eso había acabado.
Me hice un pequeño blog y escribía pequeñas
cosas, cosas egocentristas y cerriles que se basaban en
lo mucho que sufría por amor y en lo especial que
era.
Escribía siempre en bucle, siempre de lo mismo.
Patético, ¿verdad? pero no la entendía,
por entonces, no la amaba. Me amaba solo a mí.
Un bache anímico provocó que durante dos
años mi mente estuviera parada, era un ser que
vegetaba por casa del salón a la cama y de la cama
al salón. Mi cabeza no funcionaba y no era capaz
de leer una letra. No encontraba trabajo y el amor no
me sonreía. Y ella, tampoco, la había matado
tanto que ya no quería estar conmigo.
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