Quedan, brotes del esfuerzo,
los pies descalzos, diana de sueños,
misteriosa salva del lejano
polvo de la juventud,
asomando bajo la manta
del frío que te escinde en pétalos
las uñas pintadas a media asta
estandartes alegres
de rubicundas luciérnagas.
Venida de brasas donde sometida
a la patente de Corso del Engaño.
Consentida destrucción tantas
veces sin dulzura. Encerrada a tientas
en la niebla de los ruidos por un reglamento
que no descifra el mundo sino que lo azuza
hacia la posesión de tus dones abstractos
y el sometimiento de tus dones abstractos.
Tu forma de cerrar y abrir el mundo
es desfigurándolo hasta la bondad
de lo que debiera ser y no fue nunca
y en el transmonte de tu esencia
la ecuación única de las mil incógnitas.
Y en la versión de los hechos
según el hombre ciego que llevamos dentro
serás tan perversa cítara
como libre de pecado
fragua. Apocalipsis de la noche
tan culpable tanto como inocente
cítara tan perversa.
A lo que añado diciendo que eres
el anónimo lugar de la cumbre
donde se perpetra el inicio de todo deshielo.1
(1) del libro Amapolas en las roderas y cigüeñas
en los campanarios.